Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

LA CULPA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA CULPA

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA CULPA. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE NOVIEMBRE

Relatos

21. El arte del silencio

—¿Quién ha sido? —preguntó nuestra madre aquella primera vez al descubrir la bailarina de Lladró hecha pedazos en mitad de la entrada.
Ninguno de los dos dijo nada, ni entonces ni más adelante; nunca lo hicimos, a pesar de las amenazas, los gritos, los azotes en las nalgas y los castigos cada vez más grandes. Él hacía la trastada y yo callaba.
Crecimos y con el tiempo sus travesuras se hicieron más graves, aunque quizás hubiese sido lo correcto llamarlas de otro modo y haber abierto la boca antes, al menos cuando nos metieron en la cárcel. Afortunadamente, ese no fue su único error de cálculo: él la emprendió con uno de los presos y yo callé que su víctima era el amante del matón que dominaba aquellos lares.
Hoy, tras perder a mi hermano cosido a navajazos, habiendo salido de la cárcel por buen comportamiento unos años antes, he de confesar que me aburro, me siento solo y quizás, de vez en cuando, algo culpable.

20. Me llaman el querulante (Jesús Alfonso Redondo Lavín)

Sr. Presidente:

Con su acostumbrada contumacia, de nuevo hoy a las 9-20, la joven rubia del perrito blanco, ese adorable bichón-maltés, atravesaba el jardín de la finca en dirección a las pistas de pádel. Se distraía en los pantallazos de su celular. Tras ella, el faldero, suelto a distancia apreciable, gozaba con su hocico del frescor del rocío con que los aspersores habían emperlado las hierbas del césped. De pronto, me fijé desde mi terraza, el chucho cabrioló sobre sí mismo hasta orientarse norte-sur, encorvó su espinazo y su peristáltica dejo como huella un simpático zurullito, que quebró la fila de unas hacendosas hormigas.

El perrito, ya descargado, corrió hacia su dueña. La joven de cabellos dorados siguió impertérrita, ajena a cualquier culpa, desapareciendo tras los arbustos, dejando abandonado, secándose al sol, el canino regalo para el cortacésped del jardinero.

Bajé para verificar lo que vi desde la altura. Efectivamente, a primera vista, el cilíndrico residuo era de consistencia media, ni dura ni blanda, segmentado, sin signos de parásitos intestinales y de color marrón-chocolate, características que indicaban la buena salud del pequeño blanco maltés.

Ruego actúe en consecuencia.

Adjunto al documento la foto del excremento.

19/9/2026

El vecino del sexto.

19. ALEGATO ( Fernando García del Carrizo)

Aquestamos reuñidos todes por malinfundia, acusado el menda de plagiario. Declarome inocente y aculpado.

Así como ilustroso caballeril manchego tornose chaladesco tras compulsión lectora de muchismos libretos de andantes caballerosos, en mi particularia, solosque una obra generió esta trastornada. Tras lecta de la inmensa “ Rayuela”, un relamparrayo fundió mis pienses, altercando mis palabros expresivos a esta jerga raril que escapa de mi oralidad. Mal del glíglico llamose. Mi entraña seseril volviose hipnoabducida, siendo esta la porqué de la mímesis de mis leteretas con las cortazarianas. Recoñozco uso y abuso de “clémiso”, “ incopelusas” y “orfelunios”. Mea culpa. Remediarios busco con rezalias, pocimillas y doctos sin satisfactorios resultas.

Sean usteves magistratarios de la más altísma tribunalia, sapientísimos y ecuánimes, alejados de toda parcialidad o totalidad escriteril y entanto decisorios de mi desatino futuresco, aquellos que han de evalidar y juiciar mis obrados noveliascos. Clemenciaria apelo a sus excelencias que inocente sepo y asín me declaren y poda continuar como escribidor. Ameno.

18. CUENTAS PENDIENTES

Es su primer día; se nota en cómo duda y consulta a un compañero, que le susurra:
—Avisa al encargado.
—Perdone, debí decirle antes que soy socio —le digo, y le enseño un carné caducado hace años.
Me aparto para que no se sienta presionado mientras llama. El chico vuelve, me pide disculpas y me trae una copa y un puro con las manos temblorosas.
Salgo antes de que llegue el encargado. Esta noche la caja no cuadrará y mañana habrá otro novato en su puesto.
Algún día alguien reconocerá mi voz al otro lado del teléfono.
Mientras tanto, duermo bien. Es lo único que me inquieta.

17. El infierno

No le importa levantarse antes, lleva días sin pegar ojo del bochorno que hace. Anoche le llamó su jefe: que llegaría tarde, que fuese abriendo el local, que encendiera la cafetera y la plancha, atendiese a los repartidores, llenara el botellero, ayudase a Mirta a pelar patatas. «Ufff, espero no olvidar nada», piensa, enjugándose el sudor de la cara.

Se despide de Julia, coge con delicadeza a Alba para no despertarla, sale sin desayunar, arranca el coche. Parece que se derritiera el asfalto, que los neumáticos rodasen más despacio. Le atormenta el recital de bocinazos, el no avanzar, el ver los minutos pasar atrapado en mitad de ese atasco. Suena el teléfono, es el jefe: que compre hielo en alguna gasolinera, que la máquina ayer se trababa.

Cuando por fin llega, aparca el coche arriba, no da tiempo a entrar al garaje subterráneo del centro comercial. Abre el bar, es un no parar hasta las cuatro, hora de marcharse.

Sale fuera, cuarenta grados, enciende el móvil. Un mensaje de la guardería, preguntando por Alba. Recuerda recostarla en su sillita, abrazada a su muñeca, durmiendo tan plácida.

Se abre el suelo bajo sus pies. Cae. Siente el lametazo de las llamas.

 

16. SALDO

En la caja cuatro, la única donde todavía atendemos personas, doña Pilar deposita cada martes lo mismo: tres yogures, un bote de habichuelas en conserva —con el que dice que come tres días—, dos o tres tomates y tres barras de pan. A veces añade algo de embutido o patatas fritas. Siempre trae un monedero gastado y me pide que le cuente yo las monedas porque no ve bien. La gente en la cola resopla mientras yo saco las monedas una a uno, pero a mí no me importa tardar.
Hoy hizo lo de siempre. Cuando se fue con su bolsa, Ernesto, el encargado, bajó de la oficina y se puso a mi lado. Dejó dos billetes de cincuenta euros junto al teclado, sin mirarme, y dijo: «Que no te vuelva a faltar dinero al cerrar la caja». Luego se dio la vuelta y se marchó.

15. Psycho killer

La doctora entra en la habitación con ese caminar suyo, tan suave y sofisticado, que apenas desplaza las sombras.

Intercambiamos una mirada: interrogante la suya; expectante la mía.

En ese duelo desigual se me atropellan las preguntas en la garganta, pero me obligo a permanecer sereno, como si la cosa no fuese conmigo. Es algo que se me da bien. Eso, y levantar una ceja sardónica que, creo, me hace bastante interesante.

Ella interpreta su papel, impecable y fría como una serpiente. Observa mis constantes y toma notas, pero sé que, al igual que yo, se muere por iniciar una conversación. Y también sé que no quiere ser ella la primera en hablar.

Sonrío para mí y permanezco inmóvil.

Al final ella cede, como de costumbre, y, con cierta displicencia, entona:

—¿Qué ha sentido?

Me humedece los ojos con solución acuosa a la vez que evita mi inquisitiva mirada.

Simula entereza; yo finjo todo lo demás, así que le contesto:

—Mucha culpa, doctora, mucha culpa…

 

14. SISTEMA DE SEGURIDAD (Mariángeles Abelli Bonardi)

Por culpa del chirrido de la puerta, mi padre, el reverendo Austen, no puede concentrarse al preparar sus sermones, y mi madre, la señora Austen, sufre de frecuentes jaquecas.

Ni siquiera Cassandra, mi hermana mayor, entiende mi rotunda negativa.

– ¿Por qué arreglarla – le digo -, si está perfecta como está?

A falta de mi propio estudio, la vieja puerta es mi aliada. En este momento acaba de chirriar, anunciando a las visitas, y me ha dado el tiempo suficiente de ocultar lo que estaba haciendo.

Mientras finjo coser y seguir la charla, pienso en el título perfecto… ¿»Primeras impresiones»? … No, no me convence… Mejor, «Orgullo y prejuicio».

 

13. (In)cívica

Los botes de cristal de las verduras, los pimientos y los espárragos, al de la tapa verde. Cartones y papel, al azul. Los briks y el resto de envases, al amarillo.

La única bolsa que no deposita es la de la basura orgánica. Esa la deja siempre sobre la acera, a los pies del contenedor.

Han pasado dos meses y sigue siendo incapaz de levantar esa tapa. Sabe que, de hacerlo, volverá a ver la bolsa, y junto a ella la toquilla y el sonajero.

Aún es muy joven, pero ya sabe que para el dolor, la culpa y el arrepentimiento no hay contenedor de reciclaje.

12. ADIOS, CARIÑO

Se fue sin pedir permiso, sin siquiera despedirse, y nos dejó con el corazón seco, sin sístoles ni diástoles, y revoloteando por la mente bandadas de pájaros negros que, de manera machacona, nos hablaban de la posibilidad de no haberlo hecho feliz. Recordamos aquellas veces que le gritamos, que le reñimos o que le aplicamos un correctivo por alguna tontería, creyendo que eso era educar. Ahora, al reflexionar, no logramos encontrar el más mínimo desliz que él cometiera y que mereciera, siquiera, una mirada de reproche. Cuántas cosas deseábamos para él que ya no serán posibles. Cuántas imágenes nos martillean el alma. Esa dolorosa sonrisa aparece entre la bruma y nos dice, con su voz: «¿Vaya que yo tenía razón y no era para tanto?» Y nosotros, agachando la cabeza, respondemos al unísono: «Sí, hijo, tenías toda la razón». Deseamos otra oportunidad para enmendar nuestros errores; la pedimos a gritos, entre lágrimas, pero el silencio nos responde que hemos llegado demasiado tarde. Solo había una oportunidad y lo sabíamos. Hemos fracasado.

11. ERROR DE CÁLCULO (Ángel Saiz Mora)

Es imposible escapar de semejante atractivo, no sentir su personalidad seductora como lanzador de cuchillos.

El primero se clava a escasos centímetros de mi pierna de ayudante.

Todo el circo conoce sus saltos mortales entre sábanas con Carlota, la trapecista.

La madera blanda absorbe el impacto del segundo estilete junto a mi cadera.

Es sonada la buena coordinación que mantiene con la contorsionista Johanna.

El tercer acero retumba cerca de mi cintura, a la distancia que tiene tan bien estudiada.

Comparte sensuales juegos de manos con Gertrudis, colaboradora del mago.

La cuarta daga casi roza mi brazo extendido.

Ni siquiera escatima visitas a la mujer barbuda.

La quinta punta se hunde con precisión entre mis dedos abiertos.

No puedo dejar de esperarlo cada amanecer en nuestra caravana. Acostumbrado a no equivocarse nunca, da por hecho que estaré siempre, que sus revoloteos no me taladran.

Con el último puñal, más difícil todavía, aumenta el riesgo, aunque nada sucedería si me atravesase el corazón, seco de quererlo demasiado.

No sospecha y nadie nota cómo desplazo un poco el cuello en el último momento.

El público grita.

Mi arteria carótida se vacía.

Su carrera termina.

Mi vida concluye.

Su remordimiento empieza.

10. Mea culpa

Dejé pasar la vida de largo. Elegí la sombra.

No me atreví a realizar el viaje contigo. Tuve miedo a equivocarme de camino.

Vi correr gente desde mi ventana. Les pilló la tormenta sin paraguas.

Preferí el refugio a las trincheras.

Tuve prejuicios al mirar con desconfianza al extraño.

Fui cobarde

Por no alzar la voz en favor de los oprimidos.

Por haber callado. No te defendí.

Miré para otro lado. No di la cara por ti.

Me culpo por no darte abrazos.

Por las charlas que nunca tuvimos.

Por no apoyarte en la lucha, en tus ideales.

Por no coger tu mano.

Por no contestar a tus llamadas.

Te dejé allí, llorando en la estación, cuando me subí al tren.

Huía de tu valentía.

Di tu afecto por sentado. Te descuide.

Me culpo de que pesara más el orgullo a un te quiero.

 

Metí el papel muy doblado dentro de una botella. Sellé el corcho con cera.

Mecida por la marea, la vi alejarse. El pasado se marchaba mar adentro.

Por primera vez en mucho tiempo las manos me pesaban poco. Estaban listas para escribir la segunda parte de mi vida.

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