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Amed miró con recelo al hombre que le ofrecía comida. El muchacho tenía hambre y sed, pero tenía aún más amor propio y no aceptó. Sus ojos eran dos pupilas inmensas y oscuras que se abrían paso a través del polvo de sus pestañas. Y acusaban en silencio. Le tentaba alargar la mano sudorosa y escoger algo de fruta y harina de ñame para que su madre —que tenía el pecho seco y estaba maldita— volviera a ser mirada con amor. Sin embargo, rehusó de nuevo y dio las gracias en francés. Luego, antes de trepar hasta el agujero de la mina y reanudar la búsqueda del oro y mientras le ahogaba una tos persistente, accedió con un gesto discreto a ser fotografiado.
Aunque, a menudo, se sentía impotente y avergonzado, el hombre de la cámara hizo lo que tenía que hacer y, preparado el objetivo, capturó la historia escrita en la mirada de Amed. Después, perseguido por un zumbido de mosquitos, caminó despacio sobre las cicatrices de un sendero yermo y se dirigió a la escuela del poblado, aquel lugar extrañamente silencioso donde los niños, antes de salir a jugar con la muerte, aprendían a rezar.
Salió de la comisaría limpiándose los lagrimones. ¿Iría al infierno, a la cárcel?
Moño, chaqueta de punto, falda de cuadros, zapatos de tacón bajo. Jamás se hubiera imaginado a sí misma en un lugar como ese. La Policía, ¡por todos los santos! De dónde había sacado la valentía para contarlo era algo que solo Dios podía explicar. Él era como su propio padre. Mejor incluso, más presente. Un hombro en el que llorar, alguien en quien confiar. Años hacía que lo intuía, pero jamás imaginó que pecaba. Un hombre tan bueno solo podía hacer cosas buenas. Hasta que la oyó sollozar. A la pequeña. Tan bonita, tan temblorosa. ¿Había sido una desagradecida o lo había salvado concediéndole la oportunidad de arrepentirse? Siempre invisible, como una sombra. Limpiando hasta en los rincones más oscuros, oculta a los ojos de todos menos a los de Dios.
No regresó a la iglesia hasta que todo hubo acabado, hasta que las luces se hubieron alejado, hasta que no quedó nadie más. Se arrodilló y rezó. Anhelaba de todo corazón su perdón. Él, todopoderoso, sabría reconocer lo bueno que, estaba segura, todavía quedaba en él.
Sentada en el suelo del refugio con las rodillas abrazadas, observa cómo la maestra canta con sus alumnos la tabla de multiplicar: dos por tres, seis; dos por cuatro, ocho… Admira la normalidad que transmite a los pequeños. Las explosiones cesan y, terminada la clase, los críos suben a jugar entre las ruinas. Como ellos, se ha acostumbrado a imágenes que resultan insoportables para los espectadores que pueden seguir el horror desde sus salones, a miles de kilómetros. Está vacunada contra todo, salvo el miedo. El dolor por los compañeros muertos en un ataque a su convoy se le aferra al cuello, al pecho, al estómago. La paraliza, pero consigue dominarse. Para no entrar en pánico sigue el ejemplo de la maestra. Los niños viven la guerra de manera diferente, protegidos por su envidiable resiliencia infantil. Todos han perdido algún familiar bajo los mismos escombros sobre los que buscan un balón perdido. Se ajusta el casco con la acreditación PRESS y el chaleco antibalas. Cámara al hombro y micrófono en mano, aprieta los dientes y sale a la calle a desempeñar su labor un día más.
El zumbido del misil sobre su cabeza es lo último que escucha.
I- El instinto
Aunque de forma inconsciente, tuvo que sentir, con esa vaga sensación de irrealidad ante las expectativas que se abren, que allí estaba toda la felicidad posible, todas las emociones por disfrutar, todos los deseos y los sueños, todos los sentimientos, anhelos y ambiciones con sus infinitas posibilidades. Todo. Todo por descubrir desde la oscuridad conocida hasta la luz que era su meta. Tenía que ser el instinto. Miles de generaciones no podían equivocarse. Y cuando llegó el momento, se colocó en la posición adecuada. Había acabado la eterna espera. Nada, nada iba a impedir que disfrutase del tiempo regalado, y si tuviera que luchar, lo haría con cualquier arma disponible para que nadie pudiera arrebatárselo.
II- La vida
«Es otra hembra, mi señor», dijo con voz ahogada la partera.
«Maldito vientre estéril», se le oyó susurrar entre dientes en el silencio embotado que se había adueñado de la alcoba de la reina. Y salió desesperado dando un portazo que retumbó con rabia e impotencia en todos los confines del reino.
En ese momento, la recién nacida rompió a llorar.
¿Cómo iba a esperar Amalia, tras recorrer medio mundo como fotógrafa de guerra, que el mayor conflicto al que enfrentarse le sorprendería en el confort de su casa?
Ha pasado muchos años empuñando su cámara como arma de denuncia, plasmando en cada imagen la injusticia y el sufrimiento humanos, capturando el desgarro en la mirada de quienes lo han perdido todo. Pero hasta ahora, por muy empática que se mostrara con los que eran objeto de su observación, el dolor siempre se quedaba al otro lado de la cámara.
El colapso llegó sin avisar, robándole la luz de un día primaveral y de muchos de los que vendrían después. Se adueñó de su forma de moverse, de sus palabras, de su vida. Y de pronto se sintió conjugando los verbos en pasado: “Yo andaba bien, yo hablaba bien, yo estaba bien”. Esa cotidianidad truncada que tantas veces reflejaban sus fotografías, ahora la sufría en sus propias carnes.
Desde entonces, Amalia hace de cada jornada un acto de resistencia frente al ictus que la somete. Cada vez está más cerca de volver a conjugar su vida en presente: “Yo ando bien, yo hablo bien, yo estoy bien”.
Sí, me da coraje, entiendo que estaba de vacaciones el día que en Barrio Sésamo se educaba en “abrir y cerrar” pero ya han pasado años para madurar…En fin, me desespero cuando veo los cajones a medio cerrar y lo que es peor con un calcetín pillado.
Y ya lo de la gestión del tiempo es inenarrable, vamos a ver: “Yo necesito quince minutos para estar lista y llegar a la hora, si tú necesitas media hora tendrás que empezar antes, esto es sentido común”. A veces el tono es neutral, otras más alterado, porque indefectiblemente llegaremos tarde al evento como habitualmente.
La respuesta siempre es la misma: “Eres una maniática”. Según él utilizo el metro para cuadrar la colcha de la cama y yo me pregunto ¿cuántos años se necesitan para aprender a hacer una cama sin que te dañe la vista al entrar en la habitación?
La convivencia me ha dado el coraje de defender mis criterios, ¡no mis manías!, pero también ha aumentado mi impotencia ante tanta desidia. La única explicación que se me ocurre para sostener esta situación es que sobrevolando a mi alrededor existe una especie de entelequia que me sigue arponeando con sus flechas.
Puso los pies al borde del pretil del puente. Miró hacia abajo, al vacío, sintiendo todos los músculos en tensión. Con una profunda inspiración, cerró los ojos, abrió los brazos y se dejó caer. Durante unos instantes que le parecieron eternos, se meció en el abrazo del aire frío de la mañana, antes de entregarse a la euforia del vertiginoso descenso. Hasta que éste llegó a su fin y la cuerda elástica que le ceñía los tobillos cumplió su función, impulsándole de nuevo varios metros hacia arriba. Mientras se balanceaba a unos palmos del suelo, escuchó el griterío y los aplausos de sus compañeros, allá arriba. Al girar levemente la cabeza, vio que el siguiente ya estaba preparado: fin de la aventura. Se desató y echó pie a tierra, consciente de que esa osadía de fin de semana estaba a punto de agotarse y, dentro de unas horas, volvería a ser el chico tímido incapaz de pedirle una cita a su compañera de despacho.
Se oyó hablar del justiciero cuando el cochazo de don Ramón, el prestamista que se creía intocable, apareció cubierto por un espray de serpentinas de colores. Estaba aparcado en la zona de minusválidos y no era la primera vez. Una piruleta colocada en el parabrisas dio lugar al apodo. No hubo denuncia.
La segunda vez fue en la tienda del carnicero. Se sabía que tenía trucado el peso, pero nadie se atrevía a denunciarlo. El día en que apareció la fachada de su tienda empapelada con la palabra ladrón, también se encontró una piruleta fijada en la puerta.
Los acosadores al pobre chico de la Herminia vieron sus nombres ridiculizados en el muro del patio del colegio: Nachito el llorón, Javi el pañales y Marquitos el bollito. Junto a los nombres en color rosa chicle la firma, una enorme piruleta.
Un chico se acerca a una señora mayor y le arrebata el bolso. El coraje me sube por las venas, empiezan a sudarme las manos, aprieto los dientes…
En un gesto parecido a un tic nervioso acaricio el palito de plástico que está en mi bolsillo. Lo hago con tanta presión que pulverizo el caramelo.
El capitán miró su reloj. No se veía un alma. Apostado en aquella encrucijada dominaba cualquier posible movimiento. Se resistía a abandonar una posición obtenida con tanto esfuerzo, sin ninguna duda respecto a su estrategia, una acción temeraria que le había llevado a jugarse el todo por el todo.
Las comunicaciones previas le parecían dudosas, pero ya pasaban cuarenta minutos del momento fijado y debía tomar una decisión. Entonces, empuñó con firmeza el ramo de flores antes de arrojarlo a la papelera y regresó herido a sus cuarteles de invierno.
Manuel está allí arriba, solo.
El sol brilla en lo alto pero la lluvia ha sido casi torrencial hasta hace unos instantes y el agua corre muy rápido, allí abajo.
Manuel sabe que tiene que saltar para reencontrarse con los suyos. Mira hacia los lados, también hacia el torrente que corre bajo sus pies y, a pesar del peligro y del miedo, da un gran salto.
Feliz por la hazaña lograda corre, risueño, todo lo rápido que le permiten sus cortas piernas.
Sus padres están sorprendidos, pues la acera es muy alta.
Manuel tiene dos años.
De niño ya apuntaba maneras, un pollito sin cabeza, travieso y desobediente que derivó en una adolescencia díscola y pendenciera. En su juventud, lejos de sentar cabeza, era ya todo crápula redomado, licencioso cum laude.
Desplegó las alas de su libertinaje, ensombreciendo a padres, hermanos, mujer e hijos. Su carácter disoluto y, por ende, disipado, no tenía hartura y crecía con una demanda elástica, a razón de: más consumo, más necesidad. No cejó en su empeño hasta que sus alas fueron diluyéndose poco a poco debido a los efluvios etílicos que recorrían su cuerpo en proporción diez a uno respecto a su sangre.
Años de desintoxicación, no de recuperación, debido al daño irreversible de la mala vida, le permitieron tener, al menos, una vida anodina. Relegado a dar un paseo diario escoltado por los servicios sociales y, acompañado del desdén de su familia directa, el resto del día ¿vivía? solo y bajo llave, mientras contemplaba el mundo asomado a la reja de una ventana.
Una tarde de abril, un rayo de luz iluminó su pensamiento. Reunió el coraje suficiente para lanzarse al vacío. Al fin recupero sus alas, esas alas que tanta desgracia le causaron, le permitieron alcanzar la libertad.
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