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Iba a decirle a Flori que si quería entrar, que había hecho galletas de canela, agradecida por subirle hasta la buhardilla lo de la farmacia y sacarle la basura. Pero al verla tan derrotada y triste no se ha atrevido.
Flori regresa a la portería. Vive ahí, en ese cuartucho. Hay un hueco con inodoro y lavabo, una camita plegable, unas baldas con bayetas, botellas de amoníaco y algo de ropa. Junto a la fregona, unos paquetes de Amazon para el del cuarto izquierda, que nunca está. Llena un cubo con agua y jabón y lo vierte en los meados de la fachada.
Después entra y corre el cerrojo. Enciende el hornillo, pone leche a calentar, se sienta en la banqueta. Relee la carta certificada que llegó hace unas semanas. Está arrugada, de tanto manosearla. Habla de la instalación del ascensor, del hueco de la escalera, del plazo para irse. Machaca uno a uno los treinta ansiolíticos que cogió a la vecina. Los echa al tazón.
Da un sorbo, arruga la nariz, añade azúcar. Las manos no dejan de temblarle mientras remueve con la cucharilla.
Solloza en silencio, se traga las lágrimas, ahoga los hipidos.
Se queda fría la bebida.
Tiemblo, un nudo en la garganta ahoga las palabras, el cuerpo agarrotado. Apenas pude dormir. Aparece Faraón, altivo, sereno, de ojos negros dulces y severos, color azabache.
El momento señalado ha llegado. Acaricio a Faraón y él gira la cabeza. Me suben en él. Siento que pierdo el equilibrio, la vista se emborrona. No puedo.
Entonces, respiro hondo y con arrojo, agarro las riendas y comenzamos a cabalgar despacio. Dejo de temblar. Veo cómo se aleja la silla, la que es mi traba y, a la vez, mi refugio.
El viento acaricia la cara, el bosque se va acercando mientras cabalgamos. Un estallido de placer me anega, me has conquistado. La sirena sobre el centauro, una quimera hecha realidad. Nos fundimos en un galope sereno. Los ojos se llenan de lágrimas.
¿Qué es el coraje? Sentir las crines al viento rozando el rostro. Es abandonar la silla de ruedas y apreciar el movimiento en cada salto. Percibo el latido de la tierra. Logro la seguridad que me faltaba y extirpo el miedo.
Y en ese instante, el mundo deja de ser un obstáculo para convertirse en un trote eterno.
Cuando el pelele voló por los aires se sintió completo, enorme, poderoso. Se encaró con los que vociferaban y se preparó para lo que, inevitablemente, vendría después.
Desde pequeño estuvo unido a la naturaleza. Era feliz cuando paseaba por el campo, rodeado de plantas y árboles. Nada le proporcionaba más placer que dormir en la intemperie contando las estrellas y con la luna ejerciendo de guardiana de su sueño. Esa sensación de libertad no tenía parangón con nada que él conociera.
No soportaba estar entre cuatro paredes, incapaz de sentir el viento en la piel. Suponía una cárcel insufrible. La situación empeoró cuando la prisión comenzó a moverse. Pasó horas mareado, vomitando y añorando su hogar.
Se negó, tajante, a obedecer las tareas que le ordenaban, tan solo cedió cuando recurrieron a la violencia. En ese momento, tomó conciencia de que su destino estaba marcado en negro y que nada volvería a ser como antes.
Por eso, cuando abrieron el portón, le obligaron a salir, y le vio arrodillado esperándole, lo tuvo claro. Hinchó sus pulmones y lanzó sus quinientos kilos hacia adelante. El impacto fue tremendo, el pelele aterrizó a sus pies después de volar por los aires.
En medio de la penumbra y el silencio, estuve un buen rato paralizada. Sentía que las piernas me flaqueaban y el temblor me impedía continuar. La sed era acuciante pero era incapaz de llegar al grifo.
¿Levantarse para beber agua y seguir allí, con la boca seca, timorata como un pasmarote? La oscuridad de la madrugada parecía amparar mis defensas a la par que amenazaba la definición de las formas, pero aquello era inconfundible. Estaba conturbada, ¿no iba a reaccionar? Abrí bien los ojos, apreté los dientes y cerré fuerte los puños. Me descalcé del pie derecho, me agaché despacio y agarré la zapatilla con sigilo y, por primera vez en mi vida, con una decisión inusitada y un arrojo desconocido, me cargué la cucaracha. Luego, orgullosa y aún excitada, desperté a mi marido y le conté lo que había hecho.
Acoso, zancadillas, burlas: la escuela es un campo minado. Mi rabia bulle, pero llegado el momento, me veo incapaz de reaccionar. Los tics aumentan, me retraigo más: no es fácil vivir ni ser el antónimo de mi propio nombre.
Autista: mi persona se reduce a una etiqueta. Mi memoria fija sin esfuerzo todo lo que estudio, y mi boca recita, sin darme siquiera un respiro, todo lo que aprendo.
Acoso, zancadillas, burlas: a diario se repite, incesante, el mismo patrón. Pero ese día, ella rompe el ciclo. «Metéte con alguien de tu tamaño», le dice a mi acosador de turno, devolviéndole el coscorrón. La acaban de sentar conmigo en el último banco y no se parece en nada a mí: pelo rosa, postura erguida, mira a los ojos. «Gracias», le digo, apenas sosteniendo la mirada. Ella responde, simplemente, «Me llamo Victoria».
Me cuidaba y alimentaba, me mantuvo calentito y protegido del enemigo. Nada en mi experiencia me preparó para el día en que me empujó del nido.
Volvió cuando el mar le insistía, con un rumor terco, que por aquellas tierras, su nombre ya no tenía un sitio donde reposar.
Había ensayado ese regreso miles de veces, amontonando coraje y cosiendo retales de excusas que se le deshacían. Ninguna alcanzaba hasta la noche en que zarpó sin despedirse.
El puerto seguía en su sitio —percibió el olor a madera repintada; allí seguían los noráis oxidados y las redes, amontonadas, secándose—, como si aún le permitiera llegar hasta allí. No más lejos.
Nadie aguardaba en el muelle. Ni una sombra. Tampoco él habría sabido a quién buscar.
Ni a los suyos.
Ni a ella. Ni siquiera su nombre encajaba en su voz.
Se quedó mirando la línea de casitas bajas, apenas insinuadas tras la bruma del amanecer. Cada fibra de su cuerpo quería avanzar pero sus pies no dieron un paso.
Escupió al suelo, como si aún llevara dentro aquella despedida que no ocurrió. Entonces rió, seco, y negó con la cabeza.
El mar tenía razón.
El único nombre que le quedaba le llenó la boca de sal.
Nací en una familia cofrade. Aunque de pequeña desfilé de nazarena, quería algo más duro. Cuando alcancé la edad necesaria, enredé a las mujeres de la hermandad para que apoyaran mi candidatura a un puesto en la cuadrilla de porteadores. El Hermano Mayor lo desaprobaba más por ser mujer que por mi fragilidad manifiesta. Pero cedió ante la presión. Ocupé un puesto irrelevante y decidieron ignorarme. Aprendí los rudimentos del oficio sin faltar a ningún ensayo. Llegó el gran día y la procesión discurrió sin contratiempos, hasta que un obstáculo inesperado, situado por debajo del palio, frenó la marcha. El capataz enmudeció. Ante la inacción, tomé el mando. Grité en dos tiempos para que todos nos arrodilláramos. Luego, nos arrastramos para superar el estorbo. Y con otro grito a la voz de «¡arriba!», reanudamos el paso entre el aplauso contenido del público.
Hoy soy capitana de un barco mercante. Es lo mismo, pero más grande.
Acudir a la manifestación no había sido buena idea, su cabeza tenía precio. Mientras huía, pensaba cómo un ser tan despreciable había podido alzarse con el poder. Un nudo gordiano le estranguló las tripas y se vio obligado a aliviarse allí mismo, en aquel callejón, demasiado cerca de una instalación de alta tensión. Pensó que fuera del perímetro delimitado por una valla no había peligro, la urgencia le impedía buscar lugar mejor. Una paloma que se posó sobre el cercado fue alcanzada por un arco eléctrico que, al atravesarla, le impactó de lleno. Consciente de lo sucedido, alucinó de no estar frito. Sin explicación y encontrándose en posición tan deshonrosa, regresó a su quehacer mundano. Se percató entonces de que no tenía con qué limpiarse y reparó en un periódico tirado. La foto del tirano aparecía en portada. Justicia poética, pensó. La sorpresa vino cuando al contacto con sus restos fecales la imagen del malvado pareció disolverse en ácido sulfúrico.
Aquel suceso supuso una increíble transformación que le otorgó un poder nada convencional. Desde entonces, villanos y corruptos miran hacia las nubes con desasosiego, temerosos de que en cualquier momento les caiga del cielo la justicia implacable de Palominoman.
Requisaron el Château de Bourgueil. La cocinera explicó al oficial que hablaba francés que los condes habían escapado a Londres.
Plenamente acomodado el cuartel general de Rommel, Madame Ratatouille les preparaba guisos exquisitos. Demostraba no entender palabra de alemán y ellos se explayaban con tranquilidad.
Cada noche en el sótano detrás de la bodega de extraordinarios caldos de Champagne y Bourgogne existía un tictictic.
El desembarco de Normandía tenía alterados a los nazis.
Esa noche el tictictic informó en morse que el Mariscal viajaría a las 9h en coche a París por la carretera secundaria de Évreux. Los cazas Spitfire remataron la tarea. Soldados histéricos arribaron al château vaciándolo, aullando que habían cazado al Zorro del Desierto. Desaparecieron.
Madame Ratatouille sonrió. Subió al desván. Del arcón sacó el precioso vestido turquesa y el collar regalo de su difunto marido, el conde. Así engalanada disfrutó del excelente cognac en el sofá del salón. La Comtesse de Bourgueil dominaba el alemán por sus estudios en Munich. Utilizando la estación secreta de espionaje instalada por paracaidistas ingleses enviaba diariamente información crítica sobre las divisiones acorazadas alemanas y provocado el fin del Mariscal Rommel.
Plenamente satisfecha, con los ojos entrecerrados, degustó otro sorbo.
De todos los visitantes que acudían al parque este joven solitario me llamó la atención. Creí reconocer en él el espíritu que tanto añoraba. Sentado en una esquina del ventanal y un cuaderno sobre los muslos, miraba al león. Un grueso cristal los separaba. La fiera bostezaba adormilada lejos de su hábitat, mientras el aprendiz lo retaba imaginando correrías por la sabana desplegada como una página en blanco. Unas pisadas me obligaron a desplazarme con rapidez y resguardarme de un impacto sobre mi delicado cuerpo. Me había perdido el momento culminante. Servidumbres de mi condición. Cuando recuperé la compostura, pude comprobar cómo la ambulancia recogía un cuerpo. Al otro lado del cristal me pareció ver a la criatura estremecerse.
Dicen que escribir buenos relatos requiere capacidad de observación, inspiración, mundo interior… Sí, también. Pero lo que los hace perdurables es la transformación. Y hay que tener valor para afrontarla. Kafka lo sabía. Otros perecieron en el intento. Yo doy fe de que él sobrevivió.
Se ha dicho de mí que soy impasible, lacónico, melancólico, un profeta de la inacción. Se han escrito ensayos sobre mi particular rebeldía y sobre mi falta de compromiso con otra cosa que no sea mi obcecada determinación. Sin embargo, nadie ha llegado a conocerme, a comprender el motivo de mi pasiva insolencia. Por eso, decidí atravesar el tiempo, cambiar de lengua, de país, renunciar a mi padre y buscar otro que me diera una oportunidad. Así recalé en Argel donde comenzaron a llamarme “el extranjero” . Qué mejor apodo para alguien que se siente ajeno al mundo. Allí murió mi madre y tuve trato con una mujer y algún amigo. Allí cambié la pluma por un arma de fuego decidido a reescribir mi historia. Fue en la playa donde tuve la oportunidad. El sol que martilleaba mis sienes me dio el coraje necesario. El sol y un árabe con un cuchillo en la mano. Preferiría no hacerlo, dije antes de apretar el gatillo.
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