Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

INCERTIDUMBRE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA INCERTIDUMBRE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA INCERTIDUMBRE. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

55. Me quiere, no me quiere

Por supuesto que la margarita era su flor preferida, eso lo podía asegurar con rotundidad, quizás lo único en su vida que contenía certeza absoluta. Hasta tal punto que si algún día tuviera una hija, cosa muy, pero que muy improbable, y no vamos a entrar aquí en detalles y aclaraciones porque se nos acabaría el tiempo, el nombre elegido sería ese, Margarita.

Deshojar pétalo a pétalo la flor le producía un cosquilleo en el estomago y en la entrepierna de tal dimensión, que sin ningún género de dudas se podía calificar de orgasmo.

Había cometido la imprudencia de comenzar a cruzar la ancha avenida cuando el semáforo le recomendaba permanecer en el refugio de la acera. Ahora, en mitad de la calle, con los coches acosándole por ambos lados, aturdido con los estridentes cláxones y mareado con los humos de los tubos de escape, deseaba con todas sus fuerzas consultar el oráculo de la margarita para saber si continuar hacia adelante o volver hacia atrás. Un autobús de la linea 113 le despejó todas las dudas.

54. Invisible

No quería mirar el móvil, pero lo sacaba del bolsillo cada dos minutos para consultar la hora, comprobar que no había señal y que la batería se agotaba deprisa. Apagó la pantalla y la volvió a encender, porque aquel veintinueve por ciento y la oscuridad le provocaban una ansiedad incontrolable.

Siempre pensó que las llamadas al 112 podían hacerse incluso sin cobertura, aunque ese ascensor debía de ser la entrada al infierno. Hacía más de cuatro horas que se había detenido entre el octavo y el noveno. Lamentó su mala suerte: medio piso más y hubiera llegado; maldijo su pereza: si hubiera subido por la escalera no se encontraría ahora en esta tesitura, y se fustigó por ser tan antipático: si hubiera devuelto el saludo a la señora que entró en el tercero, quizá ella no hubiese dicho a los bomberos cuando la rescataron que no quedaba nadie dentro.

Cada vez que pulsaba el botón de emergencia y oía pasos o voces se ilusionaba, pero cuando escuchó que hasta el lunes por la mañana no vendrían los técnicos a arreglar la avería, se despejaron sus dudas: el fin de semana iba a ser muy largo y nunca llegaría el lunes.

53. Dos vidas en un instante. (Nuria Rodríguez Fernández)

Acepté el trabajo en el extranjero.
La noche antes de marcharme, él me abrazó como si pudiera retenerme con los brazos. Lloramos. Nos prometimos esperarnos.
No lo hicimos.
Han pasado veinte años. Tengo un apartamento frente al mar, un trabajo que me gusta y una vida que construí lejos de todo aquello.
Pero a veces pienso en la versión de mí que se quedó.
En unas manos pequeñas rodeando mis piernas, un perro viejo golpeando el suelo con la cola, una voz llamándome desde la cocina. Me imagino preparando desayunos, contando cuentos antes de dormir, inventando finales, compartiendo domingos, curando pequeñas heridas. Envejeciendo junto a él.
Y, por un instante, aquella vida parece también mía.
Al otro lado de esa decisión, quizá la versión de mí que se quedó mira por la ventana y piensa en la que se fue.
En el avión. En el mar. En una vida distinta. En todo lo que pudo haber ocurrido al elegir el camino contrario.
Dos vidas separadas por una decisión.
Dos felicidades posibles.
Y ninguna certeza.
Porque la incertidumbre no pregunta si eres feliz.
Pregunta si podrías haberlo sido más.
Y la duda es insoportable.

52. Sentadito me quedé

En el corro de la patata, se daban la mano con tanta fuerza que a ella se le clavaba el anillo de plástico rosa chiclé. Luego, en el pillapilla, él corría a ritmo suave para dejarse atrapar. Después llegó el escondite… Y, más adelante, la carretilla humana. Y la cebolla. Y siempre juntos, como en la guerra de pañuelos. O, con los años, en el tute y en la brisca. Hasta que, sin darse cuenta, adelantaban casillas en el Monopoly, acertaban preguntas del Trivial y descubrían al asesino en el Cluedo sin necesitarse. Ahora, cada uno en su sofá, rellena sudokus o juega un solitario en la pantalla del móvil, preguntándose si el otro ha visto el like que acaba de darle en Instagram.

51. Prelavado

A las siete, ella hace café cuando escucha girar la cerradura.

—¿Mamá, otra vez madrugando un sábado?

Él deja llaves, mechero y cartera en la entrada. Se va a la ducha. La ropa tirada en el pasillo. Ella la recoge. La camiseta hecha una bola, solo huele a kalimotxo. Sacude el pantalón, no cae nada. Revisa los bolsillos por si acaso: vacíos. Coge la cartera. Saca las tarjetas. Una a una. Un golpecito contra la mesa. DNI: nada. La de crédito tampoco. El bonobús: limpio. Los billetes. Planos, ni doblados ni enrollados. Los alisa despacio en la palma de la mano. Siguen planos. Guarda todo. Coge las llaves, pasa el dedo por los dientes. Ni una mota. Solo metal. El mechero no lo toca. Él sigue en la ducha. Cuando sale, lleva un pijama largo. La ventana está abierta de par en par.

—Hoy viene calor.

—Estoy destemplado —dice, y se estira un poco las mangas.

Lleva el pelo húmedo, pegado a la sien.

—Descansa.

—Tú también.

La madre mete la ropa en la lavadora. Gira la rueda desde «prendas delicadas», pasando por «sintético» y «oscuro», hasta detenerse en «tejidos resistentes». Después aprieta con fuerza la tecla «sin centrifugado».

50. ¡QUÉ NERVIOS!

¡Qué nerviosa estoy! El nuevo compañero de contabilidad está a punto de llegar y quiero que me vea radiante de guapa. Es que está muy bueno. ¡Joder, he olvidado alisarme el pelo! Claro, como últimamente me recojo el pelo en una coleta. ¡Hostias! Ya me he vuelto a manchar con el café de la máquina. Calma, es una mancha pequeñita; lo mismo no la ve. ¿Se fijará en mí? Seguro que en la primera que lo hace es en la lagartona de facturas, siempre luciendo, ceñida, su cuerpo de gimnasio. ¡Eso es! Mañana traeré los zapatos de tacón para parecer más esbelta.
¡Qué nervios! Ya ha llegado y avanza por el pasillo. Me siento sobre la mesa con el mismo cruce de piernas que Sofía Loren. El chico llega hasta mi posición y le dedico la mejor de mis sonrisas. Me devuelve un corto y avergonzado saludo mientras hunde los ojos hacia abajo, y yo no sé si está mirando la línea sexual de mis piernas o la carrera que adorna la media.
Es que eso es la incertidumbre: la puñetera manía que tiene el cerebro de iluminar nuestros defectos cotidianos en los momentos menos apropiados.

49. Familias (Juana María Igarreta)

Los papás llevan días desaparecidos. No están en la casa, ni tampoco en la autocaravana. Alaia lo expresa con su lengua de trapo, sentada en el suelo con las manos abiertas y un triste desconcierto en la mirada. La pequeña se ha estrenado en incertidumbre, pero ella todavía no sabe que existe esa palabra tan rara y difícil de pronunciar.

Asier, el hermano de Alaia, afirma haberlos visto hace poco, pero igual es que lo ha soñado. Intenta animar a su hermana diciéndole que la operación de búsqueda acabará siendo un éxito, pero en el fondo no descarta un final desafortunado. No es la primera vez que sufren una pérdida que acaba siendo una desaparición definitiva.

Mientras continúan las pesquisas para localizar a los papás, a las que se han sumado también tíos, primos y abuelos, Alaia ha decidido que no se separará de Peppa y George hasta que aparezcan.

Ajenos al revuelo que están generando, Papá Pig y Mamá Pig, tras haber conseguido zafarse de las fauces glotonas del aspirador gracias a sus orondas figuras, disfrutan de una apacible estancia en los últimos confines del salón.

48. VISITA A DOMICILIO (Ana María Abad)

El médico me ha diagnosticado dislexia. Dice que por eso confundo la izquierda con la derecha, hago cócteles extraños con las palabras, y se me escurre el tiempo entre los dedos. Sin embargo, no encuentra explicación para las violentas palpitaciones que me acometen en cuanto traspongo el umbral de su consulta, ni para los sudores fríos, los temblores de manos, la respiración agitada o los balbuceos incoherentes.

Está empeñado en derivarme al cadiólogo pero yo me niego: sé de sobra que no es un marcapasos lo que mi corazón necesita y, mientras observo arrobada cómo sus dedos largos y elegantes garabatean el nombre de un calmante cualquiera en una receta, me pregunto si rogarle que me ausculte más a fondo o si es mejor que le invite a tomar una copa fuera de la clínica. Cuando alza los ojos y veo que naufragan en los míos, las dudas salen volando por la ventana y empiezo a desabrocharme la blusa.

47. CUENTO DE INVIERNO (Rafa Olivares)

Por aquel entonces aún no existían las ecografías. Tampoco las casas de apuestas, lo que no era óbice para que en Stratford, una aldea al noroeste de Londres, sus habitantes se jugaran el dinero prediciendo el sexo del futuro bebé de cualquier moza con vientre prominente.

A falta de métodos más científicos, había quien se guiaba para su envite por la forma de la barriga: niño si baja y puntiaguda, niña si alta y redondeada. O bien por el tipo de antojos de la gestante: hembra si le apetecía mucho el dulce, varón si prefería las viandas saladas.

También hubo alegres comadres foráneas que apostaron sus peniques preguntando por las náuseas matutinas: muchacha si intensas, muchacho si leves. Y no faltó mercader veneciano que confió más en los movimientos de un péndulo sobre la panza: manzana si circular, plátano si lineal.

En el caso que nos ocupa, las apuestas estaban muy divididas; tanto, que sus importes subían conforme se aproximaba la fecha del parto hasta alcanzar cifras nunca antes conocidas.

Aún hoy, más de cuatrocientos años después, se comenta entre risas aquello que se convirtió en una comedia de errores.

Fueron bautizados en febrero como Judith y Hamnet.

46. El difícil arte del equilibrio

Una aplicación de móvil. Con una balanza azul, que el azul transmite serenidad y confianza, y en cuestiones de diseño hay que pensar en todo. Sobre un platillo colocas la situación, sobre el otro la reacción que te provoca, y entonces te sale un emoji que nivela la balanza o no. Por ejemplo, el semáforo cambia a verde y el conductor de delante no se entera. Tú pitas y le llamas gilipollas. Pues ahí aparecería un aspa roja, pongo por caso, y zas, platillo vencido. Sin embargo, si esperas pacientemente, saldrían unas manos aplaudiendo y platillos igualados. Cuando se lo conté a la psicóloga, me dijo que, ya que esa app no existe, quizá podría visualizar la balanza en mi cabeza cada vez que tenga dudas. Pero eso es muy difícil para mí, se me lían los emojis y no sé si logran el equilibrio, porque a ver qué quiere decir un ángel sonriente con los dos pulgares hacia abajo, o una cara ceñuda con las manos abiertas de par en par. Y hablando de manos, antes de seguir con las preguntas, ¿puede dejar que me lave la sangre de las manos, agente?

44. EL OTRO

No fue capaz de eludir la desesperación para que el tiempo dejara pasar el momento y, con ello, desapareciera del todo la duda que envolvía el ambiente. ¿Qué había hecho mal, después de todo? Repasando los fotogramas, viene a ver que titubeaba frente a ella, con la vista perdida, los brazos caídos y la respiración a todo gas. Quedaba claro que no se había aprendido el guion, o al menos eso parecía, e inventaba alguna palabra que apenas se hacía entender y, llegado el momento crucial…

No quedaba otra opción que repetir la escena, pero en principio ella no estaba dispuesta a soportar otro momento como ese. Su caché era de primer orden, una diva engreída, pero que garantizaba de entrada un más que probable éxito. Consideraba que no podía rebajarse tanto ante ese mamarracho —a pesar de que empezaba a sobresalir últimamente como revelación— que le habían puesto para que la conquistara y la besara con ardor.

Tendría que ponerse de nuevo, muy a su pesar, la máscara y convertirse en el otro.

Pero no se trataba de un baile de disfraces.

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