Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

INCERTIDUMBRE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA INCERTIDUMBRE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA INCERTIDUMBRE. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

59. El principio de incertidumbre de Heisenberg (Fuera de concurso)

Si observamos con detenimiento, comprobaremos que tiene los ojos abiertos, que mira el mundo a pesar de no saber lo que es el mundo. Aún tiene una visión limitada, desvirtuada y parcial. Mueve la mano intentando capturar el aire o un objeto cualquiera. Si accedemos al interior de su fresco e inmaduro cerebro en este preciso instante, vemos la exuberancia sináptica, la velocidad a la que se establecen las conexiones neuronales, la excitación producida por el glutamato, las proteínas, la mielina, las ondas gigantes despolarizantes: un pequeño universo bioquímico y eléctrico. ¡Cuidado con esa dendrita! Decimos adiós a la coreografía molecular masiva y abandonamos el cráneo justo cuando su pie golpea nada y emite un sonido gutural. En el cuarto contiguo, otros dos seres, de tamaño y edad superiores, escuchan ese sonido mientras pierden conexiones neuronales a la vez que planifican mentalmente la vida del otro ser: banquero, piloto de carreras, periodista de fama, capitán, notario… Un ruido. Otro, como de chasquidos. Otro. Volvemos rápidamente a la primera habitación. Desde arriba observamos al pequeño Heisenberg en su cuna. Tiene su chupete, pero no entiende dónde estaba en el momento anterior ni cómo ha llegado a su boca.

58. FORMAS DE MATAR AL AMOR

Me asombra cada día que me preguntas cómo estoy, yo, ser minúsculo e inmerecido. Adoro tu mirada, expectante. Y, entonces, exagero. Mucho. Compongo mis respuestas buscando tu atención. Hasta límites que no sospechas. Te manipulo y ni te das cuenta.

Es emocionante cuando vuelves: pareces preocupado, inquieto, conmovido, aunque lo niegues sé que es así. Estoy segura de que me amas, aunque no uses las expresiones concretas, las correctas. Aunque parezca que me odies.

Hoy tampoco has vuelto, hace días que te espero. Anhelo volver a asombrarme, a tenerte ahí, en ese filo al que necesito que te asomes, conmigo. Mi abismo, mi adicción, mi perdición.

Quizás ya no me has creído, quizás ha sido demasiada la bajeza hasta para ser yo, ese yo que evita los espejos, que se embadurna de desesperación y complejos, que se araña y se daña, que grita y llora, y lo hace tan bien que igual ya no lo soportas.

Y aquí estoy, esperando… Si acaso un mensaje o una llamada o tu mirada. Algo que evite que sepas que soy capaz de sonreír. Y de matarme, todo a la vez. En cualquier momento. Quizás, incluso, en este mismo instante.

 

57. La indecisa (Rosy Val)

Vaya un día que llevo. A ver si decido ya qué me pongo. Si el conjunto de raso o el vestido de seda. ¿Cómo estaré más guapa? Quisiera estar presentable en un momento tan especial. Mis hijos no creo que lleguen a tiempo, ¡menos mal!, viven a miles de kilómetros. Mis ex, igual ni se molestan. 

No se lo he contado a nadie. ¡Quita, quita!, qué vergüenza, para que luego se rían de mí o mucho peor, me llamen tonta o loca. Tampoco tengo claro, si con el gas o en la bañera. He leído que la primera opción es más dulce: te quedas dormida enseguida. La segunda, aunque más sensacionalista, me imagino que con el agua bien calentita, apenas note nada. Vaya un quebradero de cabeza. Y todo desde que he descubierto, casualmente y por la tele, que ese hombre tan encantador con el que llevo chateando cinco meses y medio, es el «Estafador del Amor».

56. El nido del cuco

No reconoció a aquellos que le comentaron que su devoción a una tal Virgen del Carmen le había salvado la vida. Le aseguraron que ella misma completaría el milagro devolviéndole la memoria perdida tras ese más que incierto accidente.

Por si le ayudaba, le hicieron saber que su vida eran sus deberes parroquiales y su extraordinaria afición ornitológica.

Ahora, en su anodina cotidianidad, lo único que hace es bajar al parque cuando bulle la chiquillería. De tan habitual, y sabiendo quién es, muchos padres le encomiendan la vigilancia de los pequeños.

Impulsivamente se levanta del banco y habla con una criatura que se aferra a su mano para emprender camino. Nadie se extraña.

Durante el trayecto, por primera vez, reconoce un ave. Es un mirlo, pero algo le dice que debería saber si es macho o hembra.

Un tirón en el brazo le saca de su largo ensimismamiento. Ahí está la niña mirándole a los ojos. No recuerda dónde iban y la devuelve a los columpios.

Mientras observa fijamente sus faldillas al vuelo, le parece escuchar un carbonero garrapinos y un herrerillo capuchino, pero no está seguro de querer que sea cierto.

 

 

55. Me quiere, no me quiere

Por supuesto que la margarita era su flor preferida, eso lo podía asegurar con rotundidad, quizás lo único en su vida que contenía certeza absoluta. Hasta tal punto que si algún día tuviera una hija, cosa muy, pero que muy improbable, y no vamos a entrar aquí en detalles y aclaraciones porque se nos acabaría el tiempo, el nombre elegido sería ese, Margarita.

Deshojar pétalo a pétalo la flor le producía un cosquilleo en el estomago y en la entrepierna de tal dimensión, que sin ningún género de dudas se podía calificar de orgasmo.

Había cometido la imprudencia de comenzar a cruzar la ancha avenida cuando el semáforo le recomendaba permanecer en el refugio de la acera. Ahora, en mitad de la calle, con los coches acosándole por ambos lados, aturdido con los estridentes cláxones y mareado con los humos de los tubos de escape, deseaba con todas sus fuerzas consultar el oráculo de la margarita para saber si continuar hacia adelante o volver hacia atrás. Un autobús de la linea 113 le despejó todas las dudas.

54. Invisible

No quería mirar el móvil, pero lo sacaba del bolsillo cada dos minutos para consultar la hora, comprobar que no había señal y que la batería se agotaba deprisa. Apagó la pantalla y la volvió a encender, porque aquel veintinueve por ciento y la oscuridad le provocaban una ansiedad incontrolable.

Siempre pensó que las llamadas al 112 podían hacerse incluso sin cobertura, aunque ese ascensor debía de ser la entrada al infierno. Hacía más de cuatro horas que se había detenido entre el octavo y el noveno. Lamentó su mala suerte: medio piso más y hubiera llegado; maldijo su pereza: si hubiera subido por la escalera no se encontraría ahora en esta tesitura, y se fustigó por ser tan antipático: si hubiera devuelto el saludo a la señora que entró en el tercero, quizá ella no hubiese dicho a los bomberos cuando la rescataron que no quedaba nadie dentro.

Cada vez que pulsaba el botón de emergencia y oía pasos o voces se ilusionaba, pero cuando escuchó que hasta el lunes por la mañana no vendrían los técnicos a arreglar la avería, se despejaron sus dudas: el fin de semana iba a ser muy largo y nunca llegaría el lunes.

53. Dos vidas en un instante. (Nuria Rodríguez Fernández)

Acepté el trabajo en el extranjero.
La noche antes de marcharme, él me abrazó como si pudiera retenerme con los brazos. Lloramos. Nos prometimos esperarnos.
No lo hicimos.
Han pasado veinte años. Tengo un apartamento frente al mar, un trabajo que me gusta y una vida que construí lejos de todo aquello.
Pero a veces pienso en la versión de mí que se quedó.
En unas manos pequeñas rodeando mis piernas, un perro viejo golpeando el suelo con la cola, una voz llamándome desde la cocina. Me imagino preparando desayunos, contando cuentos antes de dormir, inventando finales, compartiendo domingos, curando pequeñas heridas. Envejeciendo junto a él.
Y, por un instante, aquella vida parece también mía.
Al otro lado de esa decisión, quizá la versión de mí que se quedó mira por la ventana y piensa en la que se fue.
En el avión. En el mar. En una vida distinta. En todo lo que pudo haber ocurrido al elegir el camino contrario.
Dos vidas separadas por una decisión.
Dos felicidades posibles.
Y ninguna certeza.
Porque la incertidumbre no pregunta si eres feliz.
Pregunta si podrías haberlo sido más.
Y la duda es insoportable.

52. Sentadito me quedé

En el corro de la patata, se daban la mano con tanta fuerza que a ella se le clavaba el anillo de plástico rosa chiclé. Luego, en el pillapilla, él corría a ritmo suave para dejarse atrapar. Después llegó el escondite… Y, más adelante, la carretilla humana. Y la cebolla. Y siempre juntos, como en la guerra de pañuelos. O, con los años, en el tute y en la brisca. Hasta que, sin darse cuenta, adelantaban casillas en el Monopoly, acertaban preguntas del Trivial y descubrían al asesino en el Cluedo sin necesitarse. Ahora, cada uno en su sofá, rellena sudokus o juega un solitario en la pantalla del móvil, preguntándose si el otro ha visto el like que acaba de darle en Instagram.

51. Prelavado

A las siete, ella hace café cuando escucha girar la cerradura.

—¿Mamá, otra vez madrugando un sábado?

Él deja llaves, mechero y cartera en la entrada. Se va a la ducha. La ropa tirada en el pasillo. Ella la recoge. La camiseta hecha una bola, solo huele a kalimotxo. Sacude el pantalón, no cae nada. Revisa los bolsillos por si acaso: vacíos. Coge la cartera. Saca las tarjetas. Una a una. Un golpecito contra la mesa. DNI: nada. La de crédito tampoco. El bonobús: limpio. Los billetes. Planos, ni doblados ni enrollados. Los alisa despacio en la palma de la mano. Siguen planos. Guarda todo. Coge las llaves, pasa el dedo por los dientes. Ni una mota. Solo metal. El mechero no lo toca. Él sigue en la ducha. Cuando sale, lleva un pijama largo. La ventana está abierta de par en par.

—Hoy viene calor.

—Estoy destemplado —dice, y se estira un poco las mangas.

Lleva el pelo húmedo, pegado a la sien.

—Descansa.

—Tú también.

La madre mete la ropa en la lavadora. Gira la rueda desde «prendas delicadas», pasando por «sintético» y «oscuro», hasta detenerse en «tejidos resistentes». Después aprieta con fuerza la tecla «sin centrifugado».

50. ¡QUÉ NERVIOS!

¡Qué nerviosa estoy! El nuevo compañero de contabilidad está a punto de llegar y quiero que me vea radiante de guapa. Es que está muy bueno. ¡Joder, he olvidado alisarme el pelo! Claro, como últimamente me recojo el pelo en una coleta. ¡Hostias! Ya me he vuelto a manchar con el café de la máquina. Calma, es una mancha pequeñita; lo mismo no la ve. ¿Se fijará en mí? Seguro que en la primera que lo hace es en la lagartona de facturas, siempre luciendo, ceñida, su cuerpo de gimnasio. ¡Eso es! Mañana traeré los zapatos de tacón para parecer más esbelta.
¡Qué nervios! Ya ha llegado y avanza por el pasillo. Me siento sobre la mesa con el mismo cruce de piernas que Sofía Loren. El chico llega hasta mi posición y le dedico la mejor de mis sonrisas. Me devuelve un corto y avergonzado saludo mientras hunde los ojos hacia abajo, y yo no sé si está mirando la línea sexual de mis piernas o la carrera que adorna la media.
Es que eso es la incertidumbre: la puñetera manía que tiene el cerebro de iluminar nuestros defectos cotidianos en los momentos menos apropiados.

49. Familias (Juana María Igarreta)

Los papás llevan días desaparecidos. No están en la casa, ni tampoco en la autocaravana. Alaia lo expresa con su lengua de trapo, sentada en el suelo con las manos abiertas y un triste desconcierto en la mirada. La pequeña se ha estrenado en incertidumbre, pero ella todavía no sabe que existe esa palabra tan rara y difícil de pronunciar.

Asier, el hermano de Alaia, afirma haberlos visto hace poco, pero igual es que lo ha soñado. Intenta animar a su hermana diciéndole que la operación de búsqueda acabará siendo un éxito, pero en el fondo no descarta un final desafortunado. No es la primera vez que sufren una pérdida que acaba siendo una desaparición definitiva.

Mientras continúan las pesquisas para localizar a los papás, a las que se han sumado también tíos, primos y abuelos, Alaia ha decidido que no se separará de Peppa y George hasta que aparezcan.

Ajenos al revuelo que están generando, Papá Pig y Mamá Pig, tras haber conseguido zafarse de las fauces glotonas del aspirador gracias a sus orondas figuras, disfrutan de una apacible estancia en los últimos confines del salón.

48. VISITA A DOMICILIO (Ana María Abad)

El médico me ha diagnosticado dislexia. Dice que por eso confundo la izquierda con la derecha, hago cócteles extraños con las palabras, y se me escurre el tiempo entre los dedos. Sin embargo, no encuentra explicación para las violentas palpitaciones que me acometen en cuanto traspongo el umbral de su consulta, ni para los sudores fríos, los temblores de manos, la respiración agitada o los balbuceos incoherentes.

Está empeñado en derivarme al cadiólogo pero yo me niego: sé de sobra que no es un marcapasos lo que mi corazón necesita y, mientras observo arrobada cómo sus dedos largos y elegantes garabatean el nombre de un calmante cualquiera en una receta, me pregunto si rogarle que me ausculte más a fondo o si es mejor que le invite a tomar una copa fuera de la clínica. Cuando alza los ojos y veo que naufragan en los míos, las dudas salen volando por la ventana y empiezo a desabrocharme la blusa.

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