Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

Triunfo del indomable

Hay cosas que me desesperan y mira que soy una persona tranquila, que no me acelero por nada, pero es que esta nimiedad me puede, y ya ves tú la importancia que tiene, pero no puedo, no lo soporto, pues nada, que por mucho que me empeñe no tiene remedio, que el mechón dice que va por ahí y va por ahí, que le da lo mismo si me atuso a cada momento, como si me quiero bañar en fijador o poner un rulo toda la noche que corte la respiración y estiraje todo el cuero cabelludo… no hay caso… una vez lo corté y fue peor, el remolino se transformó en tsunami y a ver quién dominaba aquella onda del demonio. He resuelto el tema usando siempre una horquilla, y no mirarme, si no la llevo, en los espejos. Aun así siento cuando lo suelto cómo tiende a volver a su sitio, como un resorte poderoso que no se doblega ante nada. Apuesto el cuello a que en caso de calvicie ese mechón ondeará como bandera reclamando ese territorio conquistado. Y solo pensarlo me enfurece, qué le hago, no puedo evitarlo.

76. Fuente de niños

La Aurori se quedó en estado por la fuente nueva. La fuente, que es como una copa de champán color azul columpio, está en medio de la plaza. No hay que apretar nada para que salga agua. Te asomas y el chorrito te da en la cara, hasta que tú lo encuentras con la boca. Pero se ve que, si bebes cuando oscurece, que es cuando ya deberías estar en casa, pero aún no has llegado, te quedas embarazada. Yo antes no lo sabía.
Pero, me acuerdo cuando se llevaron a la Aurori, tan seria, en la parte de atrás del coche. Miraba como si fuera ciega. O como si no oyera nada. Y luego, cuando se enteró el Eduardo, que es como su novio, pero sin serlo aún, salió de su casa llamándola a gritos: Aurori, Aurori. Y, como ya se habían ido, se puso a patear la fuente, de la rabia, a lo burro. La golpeaba encorajado por hacer que se preñara y se la llevasen. Y acabó arrodillado llorando, abrazado a ella, a la fuente, pero insultándola bajito. Hasta que su madre vino a llevárselo, casi en brazos. Como si fuera otra vez pequeño.

75. La Mesa Puesta

Sabía que él volvería hoy. Llevábamos más de un año sin vernos, aunque parecía que nunca se hubiera marchado. En casa seguía siendo el centro de todas las conversaciones, el nombre que siempre salía antes que el mío.

Mi hermano era el hijo perfecto: el mejor expediente, el más querido, el que siempre hacía lo correcto. Yo era el otro, el que aprendía a vivir en su sombra.

Aquel día de Navidad todos estaban felices de volver a verlo. Yo no.

La puerta se abrió antes de que nadie pudiera reaccionar. Él entró sonriendo, con esa calma suya que siempre parecía superior. Todos se levantaron a abrazarlo.

Yo fui el último.

Me acerqué, le di la mano. Un apretón corto. Correcto. Medido.

Y entonces vi la mesa.

Estaba puesta como si nada hubiera cambiado. Como si yo siguiera siendo invisible.

Entré un momento en la cocina. Al volver, dejé un sobre junto al plato de mi hermano y ocupé mi asiento.

Él lo reconoció al instante.

La sonrisa se le fue borrando poco a poco mientras bajaba la mirada.

Y comprendió que, por primera vez, su ángel de la guarda ya no estaba sentado a su lado.

74. Despedidas

«Nadie como un hijo para contarle tus cosas», se dice Aniceto mientras sube la cuesta del cementerio. Le gusta sentarse frente al nicho y mirar la foto en silencio, hasta que las palabras van saliendo solas. En dos años hay tiempo para hablar de mucho, y hasta para repetirse más de una vez, pero a su hijo eso parece no importarle. Lo escucha siempre, diríase que atento, con una expresión que lo mismo vale para asentir o poner en duda que para mostrar comprensión o discrepancia —según corresponda en cada caso—, con esos ojos suyos, nobles y hermosos, esos ojos que aún mantenía abiertos cuando fue hallado al pie del precipicio.

Pero este día es diferente. Aniceto llega jadeante y con la mirada enrojecida. Tras pasear nervioso delante de la tumba, saca un papel del bolsillo y se lo muestra temblando. Le exige entre lágrimas una explicación, y luego, con gesto de rabia, lo hace añicos y se marcha mascullando un dolorido adiós. El viento juega con los papelitos durante toda la tarde por las calles del camposanto. En uno de ellos se puede apreciar su firma, y en otro, una fecha, la misma que hay esculpida en la piedra.

73. DEMASIADO TARDE

Lucia salió corriendo del hospital cuando supo que a su abuelo no le quedaba mucho tiempo. Entró en un estudio de tatuajes con un electrocardiograma del abuelo en la mano. Él era toda su familia y quería llevarlo en la piel, que su pulso viejo latiera bajo su dermis joven, como un hilo invisible entre el adiós y la memoria.

Volvió justo a tiempo. El abuelo le pidió la mano. Al ver el tatuaje acarició su brazo con dedos temblorosos y sonrió.

—Gracias… pero hay algo —susurró— que tengo que decirte y que nadie sabe.

Lucía se acercó.

—Durante la guerra… yo fui el brazo, el que ejecutaba las órdenes. Los nombres escritos con lápiz en el cuaderno del alcalde. —Tragó saliva—. Vecinos, familiares, amigos… Yo no juzgaba, solo apretaba el gatillo.

Lucía sintió que el tatuaje le ardía.

Pide perdón por mí —suplicó el abuelo—. A los hijos de los que no volvieron. A los nietos que no saben por qué sus casas se quedaron en silencio.

Después cerró los ojos.

Lucía miró la línea negra sobre su piel. No era un latido. Era una trinchera que debía cruzar para cerrar las heridas abiertas.

72 EL TERCER DESEO (Belén Sáenz)

Con la primera tentativa, la asertividad, se atrevió a pedirle a su marido que fueran a cenar a un restaurante los dos solos algún sábado y a empujarle suavemente para que se girara en la cama cuando roncaba y no le dejaba dormir. El balance fue un labio partido y tres semanas oculta tras unas gafas de sol. Volvió a intentarlo, confiada, con la valentía, consejo que siempre mencionaban su hermano y su mejor amiga, Aura. Ensayó una mirada franca, se secó las manos sudorosas en el delantal y le planteó a Tomás la posibilidad de buscar un trabajo fuera de casa. Acabó en un rincón con la carne y el alma magulladas, pues él ni siquiera necesitaba de la fuerza bruta para derribarla.

Según le advirtió el genio de la lámpara, ya solo le quedaba un deseo y debía elegir bien. No dudó cuando volvió a frotar aquel artefacto de metal con brillo tenue y vibrante. Pidió que le concediera coraje. Nada más pronunciar la palabra ―correcta, definitiva― notó cómo se le afilaba la mirada, se le encallecían los nudillos y, encaramando a sus hijos sobre sus formidables espaldas, cruzó el umbral sin preocuparse de dejar preparada la cena.

71. Coraje

Aferrado a las barandillas levanta el pie derecho. Lo arrastra con dificultad. Carga el paso sobre él, adelanta las manos y recomienza, ahora con el izquierdo, como si atravesara un puente colgante sobre un río, aunque la caída será inevitable. Tan distintos estos pasos a aquellos primeros que dio de la mano de su madre y que ella celebraría orgullosa, pese a su torpeza. En su lugar, al final del recorrido, lo espera una joven de bata blanca con un aro plateado en la nariz.

—Un poquito más. Ya casi estás, cariño.

¡Cariño!

A él, que para su mujer siempre fue Federico, a quien sus alumnos de la facultad nunca retiraron el don.

Por un instante se yergue, respira hondo y da tres nuevos pasos antes de vencerse tembloroso sobre el pasamanos.

70. LE SOUFFLE AU COEUR (Toribios)

Le arruinaron la infancia, y por ende la vida, cuando aquel pediatra anunció su mal. Que no corra, que no se fatigue, que no coja frío, señora. Así lo sentenció el galeno, fonendo al viento y gafas en la punta de la napia, con el orgullo de quien hace un descubrimiento capital. Y la madre, ay dios mío, menos mal que este sabio me ha salvado al hijo. Así estuvo un tiempo, llevando vida de planta de interior.

Pero el niño era obstinado. Parado yo… Cómo no vestir, como todos, el chándal del colegio. Cómo renunciar a ser parte del equipo. Y, erre que erre, se empeñó en desafiar mandatos y presiones. Primero fueron juegos en la calle, y luego consiguió ir a clase de gimnasia, prometiendo, eso sí, no forzarse mucho. Acabó destacando en el deporte. Hoy, mira la vitrina donde atesora los trofeos y piensa en esa vida que no fue. Una vida quizás de literato, de esos que escriben vidas de gente hiperactiva.

69. Chuck y Charles

La pareja de mercenarios navega a bordo de una lancha. Desembarcan en la orilla. Esquivan las balas que disparan sus enemigos ocultos en la selva. Abaten a todos. Corren hasta la hacienda. Saltan la muralla, acaban con los demás guardias, también con el cacique y rescatan a los rehenes.

Ya liberados, regresan a la ciudad y reciben su recompensa. Los héroes de alquiler se retiran a dormir la siesta. De pronto suena el teléfono. Los dos, temerosos, miran el número desconocido que aparece en la pantalla.

No se atreven a reponder la llamada repentina del posible spam.

68. EL MOÑO DE LOLA

Lola lucía un moño apretado donde llevaba bien sujetas con horquillas todas las penurias que había ido sorteando en su vida. Cada cana que le salía correspondía a una nueva desgracia que ocultaba con destreza entre su pelo negro. Así ocultó que Anselmo le engañaba y cuando le decía que iba a trabajar al campo, en realidad iba a calentarle la cama a la vecina. Un puñado de canas por cada hijo que tuvo que criar sola, y fueron nada menos que siete. Sacar adelante a la familia y a la granja en solitario le añadió otras pocas más. Así fue como su pelo negro ya no pudo ocultar tanta cana y se convirtió en gris. Dicen que el invierno en que cayó el alud de nieve que sepultó la vida de nueve vecinos, entre ellos su Anselmo, fue cuando el moño de Lola se volvió blanco, pero en esta ocasión no fue por pena, fue por gratitud a la nieve que la liberó de una boca más que alimentar y un problema menos de qué ocuparse.

67. En la orilla. (Alfonso Carabias)

Cuando consigue sentarse, con el esfuerzo que le exige la edad, esboza una leve sonrisa al ver a todos junto a la mesa.

Dos hijas que han sabido labrarse un porvenir junto a sus parejas, y tres nietos tan inquietos como cariñosos son, a su edad, un legado más que generoso.

Durante la cena saborea con agrado el guiso de maafe que ha preparado su hija pequeña. El sabor le transporta a su niñez, al calor de su hogar, y le reconforta saber que su receta perdurará al menos una generación más.

A su lado se sienta, como siempre, su hija mayor. El resto de la familia conoce y respeta ese vínculo que las une, y que se forjó hace años, durante su viaje a España.

Y aunque la calma reina en su ánimo en el ocaso de su vida, a veces revive esa noche, con una hija en brazos, y la otra en ciernes, en una embarcación que hacía aguas. Entonces vuelve a estremecerse ante el abrazo gélido del agua, con el empuje de las olas, y sus ojos se inundan de lágrimas al verlo morir en la orilla, ante un país que no lo pondría fácil.

66. GRANADA (Modes)

Luna de sangre.

Noche de bestias.

Le ofrezco un cigarro.

Hablamos.

He leído sus libros.

Son un bálsamo en estos tiempos convulsos.

Me da las gracias.

Aún todo puede acabar bien.

Sólo tiene que renegar de su ideología.

Me mira a los ojos.

Con coraje.

Con rabia.

«Jamás», es su respuesta.

Me despido de él.

Me acerco a mis soldados.

Les  transmito una orden.

«A este pájaro dadle triple ración de alpiste.

Por poeta, rojo y maricón».

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