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Un día, de niño, imaginé que tenía una bicicleta. Aquella misma tarde, el vecino llamó a la puerta y dejó la de su hijo. Dijo que ya no iba a necesitarla. No entendí por qué mis padres tardaron tanto en dejarme montarla, ni a qué venían los cuchicheos sobre la silla de ruedas del niño de al lado.
Después vino más. Fantaseé con ganar el concurso de dibujo y unas goteras arruinaron la cartulina de un compañero. Imaginé una tormenta para no ir a clase y el sótano donde vivía el conserje amaneció inundado. Hasta que pensé cómo sería si mi madre pasara más tiempo conmigo; volvió a casa con los ojos rojos y su planta de la oficina.
Desde entonces, me enseñaron a no soñar. No seas egoísta, repetían. Mi madre lo compensaba celebrando lo que ella llamaba pequeñas victorias: la habitación ordenada, las buenas notas, la cama bien hecha.
Ahora la miro en la cama, entre la mascarilla, los tubos y el pitido de la máquina. Mi padre me suplica; yo cierro los ojos con fuerza e imagino. Veo la cama vacía, hecha sin una arruga. Y siento que, por fin, hago algo bien.
La pareja rival inaugura el contador. «¡Vaya!»
Segunda bola. Edu se confunde con el movimiento de muñeca y marca gol en propia puerta. «Perdona», susurra. «Nada, ¡seguimos!», la respuesta.
Otra bola. Se concentra en el partido. Bueno, lo intenta. No lo consigue. Se imagina que son pequeños, como las figuras del futbolín, así se podrían esconder en cualquier parte.
Con el cuarto tanto en contra, sigue fantaseando. Se fija en dos jugadores de la línea central. Ve como se sueltan de la barra y, a la carrera, se cuelan bajo la portería cogidos de la mano. Esquivan al portero, más preocupado por evitar un gol que por los desertores, y pasan a la base del futbolín. Al principio oyen de fondo los gritos de sus compañeros de equipo, reclamando que vuelvan a sus posiciones; luego nada más escuchan el latido desatado que los gobierna. Mientras se quitan camiseta y pantalón corto, llega otro gol. Ponen la ropa en el hueco para que los balones no les molesten. Ese rato es solo para ellos.
Acabada la partida, irá con sus amigos a la bolera donde imaginará que, tanto él como Santi, son bolos rodando juntos por la pista tras un pleno.
Crecí feliz en un entorno en el que me sentía seguro. Cuenta la leyenda que un militar gallego había fallecido meses antes de que yo naciera, y las primeras palabras que escuché a mi alrededor fueron «transición» y «democracia». No entendía nada, pero percibía bastante alegría en la atmósfera.
A mi vecino, nostálgico de los pantanos, le llamaban trasnochado, y al tendero que decoraba su escaparate con un ave en la bandera le apodaban el rancio. Nadie en mi barrio se planteaba la idea de volver a ese periodo del que decían que habíamos conseguido escapar. Cierto es que se trataba de un barrio obrero, y «humilde» e «iluso» aún suelen ir de la mano.
Se pusieron de moda términos controvertidos como «divorcio», «aborto» y «eutanasia» —que siempre me recordaba a una abuela de mi pueblo— y desde mi candidez me resultó curioso observar que los que más los criticaban fueron los primeros en abrazarlos.
Daba por hecho que todos compartíamos una voluntad de evolución, ideologías aparte, y todas mis etapas vitales se sustentaron en esa realidad.
Pero ahora resulta que cumplo los cincuenta y descubro que esas certezas tan solo fueron imaginaciones mías.
Desempolvaré el rosario.
Cien palabras, en forma de pájaros, diferentes, exóticos, con dos alas para volar y escapar de nosotros. Tal vez insectos, también diversos, de increíbles y llamativas formas, extraños muchos a nuestra insustancial imaginación, que se esconden por nuestro inverosímil comportamiento. Peces, reptiles, o mamíferos como nosotros, todos mirándonos de reojo y sin entender el que seamos tan altaneros, egoístas, que todavía sigamos creyéndonos que somos los únicos seres racionales. Hoy tengo, de nuevo, mínimo unas cien razones para querer convertirme en cualquiera de esos seres y con todos ellos reconquistar la Tierra, para que vuelva a ser lo que era.
El comisario no lograba entenderlo, tampoco los bomberos ni los médicos. Al preguntarle si se encontraba bien, cerró el puño y levantó el pulgar. Al indagar sobre la edad, mostró los cinco dedos de una mano y dos de la otra. Tras entregarle al niño una botella de agua, este les narró lo sucedido.
—Me desperté con mucha tos. Tenía la boca seca, igual que SuperMika en el desierto de Egipto. —Subió las cejas—. Grité, pero ninguno me oyó. —Me bajé de la cama, entré en el salón y vi humo. —Se estiró la cara—. Los dos dormían en el sofá y no se despertaban. Abrí la puerta de casa. Coloqué la manta en el suelo, empujé a mi mamá y con mi superfuerza la saqué al jardín. —Flexionó el codo—. Luego a mi papá y, como tenía mucha sed, llamé al timbre de mi amiga Pili.
—¿De dónde te vino la idea de salvarlos con una manta? —preguntó un sanitario.
El niño redondeó los ojos y soltó:
—Tienes que leer a SuperMika.
Tercera:
El rey del planeta maneja la bola del mundo: la hace girar más y más deprisa, a veces la saca de su guía y siempre la patea. Cada vez queda menos aire.
Segunda:
La idea de honor sin muerte y victoria sin ruina caló profundamente en la sociedad durante mucho tiempo. Así, los soldados se convirtieron en nuevos reyes; estos multiplicaron sus riquezas y la población obtuvo su dosis de gloria y sangre.
Primera:
Los generales deseaban luchar y auguraban victoria; los contables garantizaban reservas para sufragar los gastos; incluso el pueblo se había contagiado del odio y clamaba venganza. Solo Melius, el más anciano y sabio de los consejeros, permanecía callado. El rey le instó a que opinara.
—La única forma de ganar una guerra es que esta no exista.
—Pero los asaltos en la frontera son continuos —clamaron los militares.
—Y los costes asociados van en aumento —apostillaron los ministros.
—Y el pueblo necesita resarcirse —añadió el soberano.
—Invitemos a todos los reinos; os prometo combates, ingresos y revancha —sonrió Melius mientras observaba por el ventanal a unos niños, en el patio de armas, correr tras una pelota.
Las teclas del Steinway blanco estaban perezosas aquel verano del 71, pero la inspiración no espera. Llevaba diez minutos descalzo, intentando convencer al mundo de que se olvidara de las posesiones materiales mientras miraba de reojo su inmensa mansión desordenada.
“Imagina que no hay paraíso ni infierno, que no hay países…” Tarareó una melodía tan absurdamente simple que temió que pudiera ser tachada de infantil. Su esposa, asomó la cabeza por la puerta para invitarle a compartir unas caladas de aquella nueva sustancia, interrumpiendo su trance utópico.
—¡Ya casi lo tengo! —exclamó, exhalando pura psicodelia envuelta en humo—. Un himno de paz mundial.
Ella, en un gesto cariñoso, le recolocó las icónicas gafas redondas sobre la nariz y, con un guiño, le dijo:
—Himno no lo sé, pero destronarás a Paul de todas las listas de éxitos.
He aprendido a dibujar una realidad distinta sobre las heridas de mi casa.
Cuando mi padre regresa con la noche fermentando en la boca, yo saco los lápices y corrijo el mundo. Donde él deja un golpe, nace un árbol. Donde el miedo cierra una ventana, yo abro un claro. Sobre los moratones de mi madre dibujo pequeñas constelaciones para que el dolor no olvide el camino de la luz.
Con el tiempo, la casa empieza a llenarse de cosas que nadie más ve. El aire huele a lluvia incluso en verano. A veces despierto con una hoja dorada entre los dedos y una semilla cerrada en el puño.
Ahora sé que algunos dibujos no son solo dibujos.
Son puertas.
Esta noche trazo una en el suelo de mi habitación.
Y la cruzo.
Oigo a mi madre llamarme hasta quedarse sin voz. Veo a mi padre, sobrio de golpe, mirando el suelo sin comprender. Llegan la policía, las linternas, los vecinos.
Nadie me encuentra.
Todos miran la puerta dibujada en el suelo.
Todos.
Yo también.
Pero yo la miro desde dentro.
La vista a través del escáner ultracampo de 7 Tesla no deja lugar a dudas, un paciente de esa edad debería tener un frondoso árbol neuronal, no uno débil y marchito. El motivo es obvio: atrofiamiento por sedentarismo cognitivo. Lo peor es que se ha descubierto que no se trata de casos aislados, sino que el fenómeno responde a un patrón que empieza a apuntar a una involución humana generalizada.
Un grupo de investigadores, entre los que él se encuentra, ha intentado prevenir al mundo de esta peligrosa deriva. Sus advertencias, lejos de ser atendidas, han supuesto ser tachados de alarmistas, ninguneados e incluso perseguidos. Decididos a frenar el avance de lo que han acordado denominar «idiotización autoinducida», han creado una organización desde la que tratan de ayudar a todo aquel que lo desee. La prueba inicial para detectar si el sujeto ya ha resultado afectado consiste en escribir un relato original sin ayuda de inteligencia artificial. La falta de imaginación propia es un síntoma muy relevante. El escáner posterior se realiza en casos dudosos.
Vuelve a estudiar los resultados del chico que tiene delante y se lamenta, cada día son más y más jóvenes los idiotizados que llegan a «Reveld-IA».
Era hábil modelando el barro y rápidamente escaló hasta la cima de la cadena de producción. La imaginación le aguijoneaba, así que empezó a dotar a las figuras de apéndices asombrosos y colores sobrenaturales. Al Instructor le cayeron en gracia sus ocurrencias y, pese a la prohibición, decidió insuflar un hálito de vida en alguno de sus proyectos. Se autorizó al operario el acceso a otros materiales. Aunque seguía fabricando homúnculos estándar, patentó otros de mazapán que se vendían con un margen de beneficio astronómico. Las vacas con triple cuerno de oro y los jazmines pensantes se agotaron. El director de marketing le dijo que sería bueno que se especializara en esas mercaderías maravillosas. Fue entonces cuando diseñó la luna diurna, las aguas de bolsillo y su creación estrella, la Mujer. Lunes, martes, miércoles… llegaba extenuado, pero con el pecho henchido, a la pequeña buhardilla que habitaba, lo más cercano a la Vía Láctea que pudo costearse. Jueves, viernes, sábado… le aterraba el gentío que se agolpaba en su calle demandando, exigiendo. Más y mejor. El séptimo día no descansó. Huyó en una nave interestelar de segunda mano hacia un anodino planeta azul al otro lado de la galaxia.
Destruye las murallas.
Entra en el castillo.
No es una bestia.
Es la Bestia.
Y, hambrienta, se relame.
Mis soldados luchan contra ella, pero mueren como hojas en otoño.
A cientos, a miles.
Y, así, sé que he perdido la guerra.
Así.
Así imagino lo que ocurre en mi interior, mientras el cáncer me devora.
El joven que le entregó el certificado deslizó un suave acento caribeño cuando le pidió su número de identidad, instintivamente sus ojos se impregnaron del oceánico azul de los suyos. Rozó su mano al devolverle el bolígrafo con el que había firmado la entrega y su piel amenazó con desprenderse de su cuerpo. Agradeció estar recién depilada, de lo contrario el vello se hubiera convertido en alfileres. Antes de cerrar la puerta se las ingenió para observar con deleite su espalda, gozó de tiempo suficiente para declarar su trasero como Patrimonio de la Humanidad. Hubiera asegurado que la miraba con el rabillo del ojo y que incluso hizo la intención de dar la vuelta. A punto estuvo de que el corazón se le escapara por la manga de la camiseta.
Se quedó pegada a la puerta cerrada como si fuera parte de la madera con la que estaba fabricada. Cerro los ojos en un postrero intento para retenerle en su memoria y de algún modo conseguir que volviera a tocar el timbre.
Pasados varios minutos los abrió y la realidad la golpeo con su desabrida rudeza cotidiana: sus dedos sujetaban una carta del Ministerio de Hacienda.
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