Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

INCERTIDUMBRE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA INCERTIDUMBRE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA INCERTIDUMBRE. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

23 Si Dios quiere

Desde hace un tiempo, sor Dorotea del Espíritu Santo se revuelve inquieta en su jergón las pocas horas que transcurren entre completas y laudes. ¡Ella, que en sus más de treinta años de profesa ha disfrutado de una paz bendecida! Según su cuenta, ya lleva más de veinte días de retraso.  Si pudiera conseguir una de esas pruebas que venden en las farmacias, saldría de una vez de dudas, pero prefiere no despertar el recelo de las demás hermanas. Ellas solo salen de dos en dos. Alivia la larga espera rezando con toda su fe. Sabe que es difícil, pero los milagros existen. Al fin y al cabo, en este asunto hay al menos un precedente. Ella tampoco ha conocido varón, pero ¡sería tan feliz acunando al bebé en su regazo!

 

Relato fuera de concurso.

22. CADA AÑO UNO

Por San Ginés, el pueblo espera impaciente. En las casas permanece la lumbre encendida. A los niños se les permite jugar y quedarse despiertos unas horas más, pero siempre dentro. Nadie se atreve a salir esa noche. Nunca se sabe quién será el que regrese.

Durante el día se escuchan comentarios en los corrillos de la plaza:

—Que no sea Sebastián, al que colgaron hace dos años por matar a la Marieta.

—Esperemos que el turno no le haya llegado a Engracia, que fue mala mujer hasta para morirse.

Y así van repasando, uno a uno, todos los muertos del pueblo.

Pasadas las doce, entre asustados y curiosos, se asoman a las ventanas por ver si el revivido llega. Esa noche, la  figura de una mujer avanzaba despacio por el camino del río. Al alcanzar la casa de Antonia, la huevera, rodeó la fachada y se metió por el gallinero.

En la casa de al lado, extrañados, comentaron la aparición.

—Pues va a ser que la ausencia de Antonia no era porque hubiera abandonado al canalla de su marido.

21. El albacea

Maurits Cornelis se pasó sus últimos años proyectando planos de lugares imaginarios. «Para cuando te extravíes», solía decir.

Se apagó una madrugada cualquiera, de la misma manera que se pierde un camino bajo la niebla. Entre la plétora de sus creaciones encontré un puñado de mapas: calles sin bautizar, afluentes que no llegaban a desaguar, pintorescas poblaciones coronadas con un interrogante…

Los conservo todos. No sé si son fruto del delirio de un ser abismado en su propio arte o valiosas instrucciones que aún no comprendo.

A veces, me pongo a prueba. Despliego uno al azar y empiezo a caminar, tan solo para ver adónde no me lleva.

20. La certeza de que nada cambia

Aquella mañana, mientras Miguel desayunaba, su mujer le llamó Pedro. De inmediato pensó en una infidelidad, pero sus hijos respaldaron a su madre: papá se llamaba Pedro.

Marchó al trabajo convencido de que se trataba de una broma muy elaborada. Sin embargo, al llegar a la oficina descubrió que también era Pedro para todos sus compañeros. Su correo electrónico lo confirmaba.

Atónito, fotografió su DNI.

Al día siguiente se llamaba Juan. Luego José. Después Antonio. Las fotos de su DNI y su dirección de correo cambiaban con él cada día.

Los psiquiatras hablaron de trastornos de memoria, pero los neurólogos no encontraron anomalías. Estaba al borde de la locura. Dormía poco, obsesionado con averiguar cuál sería su siguiente nombre.

Una tarde, en la sala de espera de la clínica, un anciano se sentó a su lado.

—Hola, Miguel.

Por primera vez, alguien lo reconocía. El anciano le contó que había pasado por lo mismo.

—¿Y cómo lo superó? —preguntó Miguel.

—Comprendiendo que lo único que cambia es tu nombre —sonrió el anciano.

Aquella noche durmió plácidamente. Los nombres siguieron rotando —hasta los de los reyes godos—, pero algo en él dejó de hacerlo: la necesidad de encontrar una explicación.

19. La última

Al hombre de tez cetrina y ojos enramados le tiembla el pulso, no acierta a meter la llave en la cerradura del piso. Con la del portal tampoco pudo, menos mal que le abrió un vecino. Se enerva, blasfema con voz pastosa, da un puñetazo, después un alarido. Pega el dedo al timbre hasta que oye los pasos de Angelines, que descorre el cerrojo y, sin lamentos ni reproches, regresa a la cocina.

A gatas se arrastra hasta el salón, vocifera «¡Angelines, la cena!», pero enseguida cae rendido sobre la alfombra. Los párpados le pesan, le corre la baba por la mejilla. Su respiración entrecortada se va acompasando, haciendo más ruidosa y profunda, hasta quedar inconsciente, sumido en una bruma de ronquidos.

Cuando despierta, la quietud de la casa le desconcierta. El tictac del reloj de pared, el zumbido del refrigerador, una mosca que choca contra la ventana, la tarima de madera que cruje bajo su peso. Extrañado, aguza los sentidos, intentando oler un guiso, escuchar el cacharreo de la mujer, un cajón que se cierra, un suspiro. Entonces brama «¡Angelines, ven aquí!», hasta quedarse ronco, para terminar susurrando lloroso, bañado en un sudor frío, «no tienes huevos de irte».

18. Abisal ( Paz Monserrat)

De niña se iba a dormir agarrando con fuerza un billete de diez euros. Necesitaba saber que podría telefonear a sus papás si un día despertara en otro país. Solo así se deslizaba tranquila hacia la inconsciencia. Al bajar por ese tobogán, mientras arrugaba el billete contra su barriga, ponía en fila todos sus miedos y los desactivaba uno a uno. Si temía —por ejemplo— que su mamá fuera atacada por un cocodrilo, recreaba la escena. Justo antes de que entrase en el río africano le advertía de que no llevaba gafas. Ella se las ponía, miraba, y la cola del reptil desaparecía en un remolino rabioso y marrón.

Cuando la abuela supo que dormía con el puño apretado, le cosió un bolsillo en el centro del pijama para guardar el dinero. A partir de ese momento pudo descansar confiada, y los diez euros permanecieron tersos y sin uso.

Anoche se soñó buceando entre dos azules. Nadaba con delfines y otros seres más oscuros. La apnea la ha despertado en una habitación extraña. Tras una tremenda bocanada de aire se palpa la zona donde estuvo el marsupio del pijama. Y sólo encuentra un océano rebosando el cuenco de su ombligo.

16. LACTANCIA (Mariángeles Abelli Bonardi)

Me lavo concienzudamente: desde las manos hasta los codos.

Me saco leche de los pechos, la coloco en la jeringa, e inserto la jeringa en la sonda nasogástrica: aunque no haya nada en tu boca, ya tienes el reflejo de mamar…

Pañal, gorro, escarpines… Todo es diminuto.

Cada día, una conquista. Cada gramo, un desafío.

El amor me da fuerzas y el temor, el gran temor me atenaza… ¿Sobrevivirás?

15. CORTAR

No tenía claro si le gustaba más ella o su hermano. Las circunstancias lo llevaron a proponerle salir a ella, y con el trato, se dio cuenta de que había rasgos en su carácter que era un privilegio disfrutar, mientras que otros aspectos le chocaban hasta el punto de hacerle dudar de que podría soportar una relación a largo plazo. Pensaba que lo mejor sería romper cuanto antes, pero no sabía cómo decírselo sin herirla.

La veía un día ilusionada y, al siguiente, hastiada. La verdad es que sus locuras eran, a veces, divertidísimas; sin embargo, en otras ocasiones resultaban turbadoras. El día de su cumpleaños, ella le envió un regalo por mensajería. Cuando recibió el paquete, lo encontró envuelto de manera exquisita. Mientras, a tijeretazos, rompía el papel satinado y las cintas que cubrían la sorpresa final, comenzó a replantearse su decisión de terminar la relación; quizás ella merecía otra oportunidad así que no cortaría.

Al desenvolver el paquete, se quedó pensativo mirando el regalo: un reloj de sobremesa. Solo tenía veinte segundos para decidir si cortaba el cable rojo o el azul.

14. BUSCANDO RESPUESTAS

BUSCANDO RESPUESTAS (Gema Herráez)

Ese día Andrea y sus amigos iban a tirarse en paracaídas.

La verdad es que necesitaba salir, relacionarse y volver a tener una experiencia que la devolviera a la vida social. Una larga recuperación y meses de terapia psicológica la habían mantenido alejada. Después decidió invernar voluntariamente y pensar en lo que le pasó. Tuvo un grave accidente de automóvil y estuvo muerta durante dos minutos hasta que consiguieron reanimarla. No le ha dicho nada a nadie, ni a su marido Jaime, ni a sus amigos, ni a la psicóloga. Nunca fue creyente y era firme defensora de un empirismo radical, pero lo que experimentó la seguía obsesionando.

Observa el increíble paisaje desde el cielo mientras siente cómo flota liviana en el aire.  De pronto, aunque siente miedo, es más fuerte la necesidad de respuestas, tanto que decide no abrir su paracaídas.

13. ¿ ?

¿Escribo el relato o no lo escribo?

¿Veinte palabras son pocas o son muchas?

¿Lo envío o no lo envío?…

12. ECOS ( Fernando García del Carrizo)

Nódulo en el cuadrante superior de la mama derecha.

¿Nódulo en el cuadrante superior de la mama derecha?

Sí , como una mancha, una sombra en la parte de arriba.

¿Una mancha?, ¿Una sombra?

Ahora tenemos que planificar los procedimientos diagnósticos, incluyendo estudios de extensión y con la confirmación de la biopsia decidiremos el mejor tratamiento para incrementar las posibilidades de éxito.

¿Procedimientos diagnósticos?, ¿Extensión? ,¿Biopsia?, ¿Tratamiento?, ¿Éxito?

Su caso será presentado en la próxima sesión del comité de tumores y con las decisiones tomadas le informaré puntualmente.

¿Comité de tumores?

Usted, tranquila. Está en buenas manos. Afortunadamente ha cambiado mucho el pronóstico y ahora disponemos de un arsenal de fármacos altamente efectivos.

¿Pronóstico?, ¿Fármacos altamente efectivos?…¿Otra vez?

¿Otra vez?

Mi madre tuvo lo mismo y pasó por todo eso. Yo ya era mayor, pero ¿Quién se hará cargo de mi hija pequeña?

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