Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

DAME UN RESPIRO (Ana María Abad)

Una gorra de béisbol, restos de comida, ropas tiradas por el suelo y un chicle pegado en el borde de la mesita de café eran los únicos indicios que me había dejado de su presencia.

Con un mohín de resignación, procedí a limpiar y ordenar aquel desaguisado hasta que el apartamento volvió a tener una apariencia de normalidad, y me fui a la cama. Pero sabía de sobra que, a la mañana siguiente, todo volvería a estar exactamente igual: la misma gorra dejada al descuido en el taburete de la entrada, la caja de pizza a medio comer y los vasos de cerveza sin terminar sobre la mesa de la cocina, su traje y mi vestido formando hilera entre la puerta del salón y el sofá, y aquel chicle de menta que se sacó de la boca justo antes del infarto.

Llevamos así dos meses largos y ya no puedo más: mañana mismo me compro una ouija, a ver si le convenzo de que pase una temporada alborotándole la casa a su madre, que siempre anda protestando de que le echa mucho de menos.

26. Teoría

Siempre me había parecido fascinante la caja de la costura, sus bobinas deshechas y embrolladas, los recortes de puntillas de encaje, botones de todos los tamaños y colores, el acerico lleno de alfileres… hasta que un día caí dentro… no preguntéis cómo, pero sucedió, y entonces me vi en una situación terrible y complicada. Aquella maraña de texturas se convirtió en una trampa, en una jungla espesa y agobiante de la que no podía salir, era yo sola ante semejante embrollo. No me paré a pensar, no quise saber cómo había llegado hasta allí, busqué la cinta métrica, que era lo que necesitaba, tiré de ella, como quien extiende una hermosa alfombra, la agarré con fuerza y salí. Cerré los ojos, cerré la caja y al día siguiente me enfrenté a lo que era inevitable si no quería sucumbir al desastre, volqué todo el contenido sobre la mesa, recorté nudos, enrollé los hilos en cada bobina, metí los botones en bolsitas… vamos, que lo que era selva lo convertí en oasis… y en ese instante descubrí, con mucho gusto, que era absolutamente posible poner en orden el caos.

25. YO PRÓFUGO (Jesús Alfonso Redondo Lavín)

Un taxi de Tremp me dejó ante la barrera del campamento militar del Talarn. Eran las tres de la madrugada, miércoles 4 de agosto de 1971. No lo sabía, pero había sido declarado prófugo.

Sí, claro que me presenté el sábado, según norma, a la guardia civil en la Salve de Bilbao para dar pruebas del fallecimiento de mi padre. No me atendieron. Los tres asesinatos, atribuidos a ETA hasta esa fecha, ocupaban la atención de la benemérita.

El jueves anterior los altavoces del campamento me reclamaron. El telegrama era escueto: “TU PADRE MAL, VEN”. Al día siguiente tomé el descacharrado autobús que llevaba directamente a Bilbao a los reclutas para el fin de semana.

Un fulminante ictus había terminado con la vida de mi padre a sus 49 años. Lo enterramos en Orejo.

Un camión de gallinas al matadero se ofreció a llevarme el martes hasta Mollerusa. La policía nacional hurgó pruebas en casa de mi asustada madre.

El jueves, mil reclutas en ropa de gimnasia formábamos en la esplanada cuando desde el altavoz escuché mi nombre. Me presenté. No pasó nada. El rompan filas desencadenó un desorden en el que sentí profunda soledad. Mi capitán dejó de hablarme.

24. El mensaje de mamá

Y llegó un momento en el que ya no pude más, así que, sin dramas, busqué el lugar adecuado para despedirme.

Escarbé en mi enloquecida mente y comencé una labor de desbrozo entre los recuerdos de mi padre matando a mi madre, de las casas de acogida, de las detenciones, de los abusos… No fue tarea fácil, para qué engañarte, pero de pronto algo se asomó tenue y frágil como una rara flor y, en consecuencia, me agarré a ello. Tan sólo fue una estancia fugaz en un enmarañado bosque, pero muy real. Te cuento: imagina el esqueleto de un gigantesco árbol. Yo sentado delante. Bebiendo, tal vez durmiendo… Cuando desperté, un millar de luces navegaban ante mí creando universos oníricos. Pensé que alucinaba, pero Pablo rio y exclamó divertido que eran luciérnagas.

Por eso estoy aquí. Para volver a verlas y llevarme esa imagen al ultramundo.

La noche cae y los mágicos insectos comienzan su danza. La pistola pesa, enfría mi mano, y yo sonrío.

Los bichos siguen con su espectáculo lumínico. Se encienden y apagan sin patrón aparente. Hasta que algo sucede de pronto. Se están coordinando. Rompen el desorden configurando una única y luminosa frase: continúa, hijo.

23. Infidelidad

Hoy se cumplen dos meses de la fatídica noche en la que Dedos reunieron el valor para desbloquear el maldito móvil. En un abrir y cerrar nuestro, la pequeña grieta que había nacido en Confianza se extendió a toda velocidad y terminó de resquebrajarla, reduciéndola a un triste y vacío montón de añicos. Corazón se declaró en huelga y desde entonces solo bombea en piloto automático, aunque se activa ligeramente cuando Cerebro, estresado por ser el único al mando, localiza una peli romántica en la tele. Pulmones tienen agujetas de suspirar a todas horas y nosotros sufrimos repentinas inundaciones que opacan nuestro habitual brillo. Oídos nos repiten una y otra vez que es cuestión de tiempo, que todos volveremos a funcionar a la perfección, pero nos cuesta creerles. Y menos hoy, que acabamos de detectar un nuevo estropicio: el causado por Estómago a Abdomen y Glúteos debido a los intempestivos atracones de chocolate y helado.

22. Poeta

—No la molestes, que otra vez está vaciando armarios, estanterías, cajones y baúles como loca.

—¿Qué se le perdió ahora?

—Un adjetivo.

21 Hay días que no es el día

Cuando abrió la boca descubrió un Potosí. ¿Cuántas piezas tendría en su sitio? A simple vista como mucho cuatro o cinco. Una exploración detallada le confirmó su acertado juicio: cinco. Iba a llevar tiempo corregir el desaguisado de la naturaleza. Y dinero, aunque este iría directamente a su bolsillo.

-¿Está muy mal, doctor? -Preguntó el padre como si nunca se hubiera fijado en la sonrisa de su retoño. Aunque tal vez, la pobre criatura nunca se atrevía a despegar los labios.

-He visto cosas peores. No se preocupe, Marcelo va a estar irreconocible y en menos tiempo del que piensa -mintió permitiendo que el embaucador esmalte de sus dientes iluminara la consulta.

Sin dilación desplegó el instrumental sobre la mesa, creando confusión en el padre de Marcelo que no sabía si se trataba de herramientas de un taller mecánico o el equipo de tortura de un inquisidor.

Después de una hora la boca del jovencito parecía una chatarrería. Padre e hijo salieron de la consulta obnubilados con la esperanza de un futuro mejor. Cruzaron la calle sin mirar el semáforo, el conductor iba leyendo los mensajes del móvil y el asfalto se inundó de dientes, alambres, pelo y masa cerebral.

20 Therian

Todo comenzó cuando adoptamos a Yaki, que pasó a ser uno más en ese proyecto de familia que pensábamos formar. Cuando quedábamos con nuestros amigos, casi todos padres primerizos, nos mostraban a sus bebés. Nosotros, a falta de niños, presumíamos de nuestro cánido como si de un hijo se tratara.

Tras la llegada de Daniel, nuestro primer hijo, todo se desordenó en nuestro universo familiar. A partir de ese momento Yaki pasó de perrhijo único a ser el mayor de los hermanos, con el consiguiente síndrome de príncipe destronado. Daniel, por el contrario, desde su más tierna infancia, creció compartiendo miradas, cuidados y atenciones con su perrihermano mayor. Cuando tuvo uso de razón y se percató que aquello no era normal, comenzaron sus reinvindicaciones. Él no tenía hermanos, él era el primogénito y único vástago, y pelearía por el lugar que por derecho merecía. Nada cambió, y sus demandas  y exigencias cayeron en saco roto.

Una mañana se levantó ladrando, cosa normal en la pre-adolescencia. Y tras relamer el plato del desayuno, le confesó a su padres que se sentía perro, un pastor belga concretamente. Sus padres emocionados, le abrazaron compresivos. Yaki levantó sus orejas. Desde entonces ambos son inseparables.

 

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19. Diógenes sin querer

El olor era insoportable. A duras penas avanzaban los bomberos por aquel mar de desperdicios e inmundicias. Hemos recibido una queja por parte de sus vecinos, informaba, a través de la mascarilla, el funcionario que encabezaba la expedición. He sido yo quien ha llamado, aclaraba un anciano con pintas de náufrago. Estoy harto. Me dejan su basura y ya no sé cómo decirles que no soy el conserje, que tan solo me apellido portero.

18. La doncella

A veces, mientras sirve la mesa, tiene que reprimir Betsy una carcajada al imaginar los fideos, higadillos y trocitos de zanahoria del consomé deslizándose por la pared, después de estampar contra ella la sopera, hasta formar un charco ―parecido a vómito de gato― sobre la alfombra persa. Pero más gracioso aún, piensa con regodeo, sería estrellar la salsera en el suelo de mármol, descascarillándolo un poco y llenando de añicos de porcelana todo el comedor. ¡Qué cómico ver al bulldog resbalarse sobre la salsa bordelesa, cortándose con la loza rota y poniéndolo todo perdido de sangre y pringue! Aunque lo más hilarante tenía que ser, sin duda, llenar de Château Beychevelle hasta el borde las copas del señor y la señora Wellington, para a continuación volcarlas de un manotazo sobre el mantel.

―Betsssy, traiga la carne ―sisea la señora, agitando la mano, haciendo tintinear las monedas de oro de sus pulseras―. Y quite esa sonrisita, haga el favor, que parece usted tonta del bote.

―Sí, señora ―se sobresalta Betsy, como recién despertada de un sueño, recomponiendo como puede el gesto y ahogándose de risa al imaginarse derramando la fuente de perdices estofadas sobre su vestido de encaje y terciopelo.

17. El antídoto de los naufragios

Roído por una relampagueante negrura que lo fue acorralando, el cielo se desplomó en picado sobre el mar. La agresiva tormenta sacudía las olas en vaivenes imposibles que lograron doblegar la estabilidad de la embarcación. Finalmente, los sucesivos embistes la desmenuzaron.

El único aventurero que viajaba en ella pasó las siguientes semanas sobre restos desvencijados, apenas algunos tablones y unos pocos aparejos, pero su cabeza permaneció aferrada a las palabras que flotan en los naufragios, a versos silvestres capaces de descomponer la pegajosa bruma de la desesperanza.

Imaginaba guiños de sal acunando la larga estela que los tronchados maderos trazaban en el agua. Hilvanaba en el tejido del viento los etéreos colores del crepúsculo que tendía hacia horizontes de hogar. Alzaba metáforas de espuma que remolcaban su balsa perdida.

Contó que a su suerte la ayudaron el pescado crudo y la lluvia. A él, el mágico desorden de la poesía.

16. ( Fernando García del Carrizo)

Me escondí en el armario al oír las llaves. Recordé que también lo hacía cuando estaba viva. “No sé si matarla y que su fantasma le atormente o que él muera en un inesperado accidente”. Sutilmente me fue aislando hasta quedarme sola. Se casó enamorada pero pronto descubrió su error. “Espera, si lo estaba escribiendo en primera persona”. Mi espíritu le acompañará, “no”, le perseguirá, “no”, le atormentará, “así mejor”, hasta el fin de sus días. Al quedarse en paro volcó su frustración sobre mí, convirtiéndome en su saco de boxeo. “Creo que esta imagen es potente”. Consciente de sus terrores, me reencarnaré en todo aquello que odia. “Y en cada aparición hago que ella se presente con distintas formas hasta que a él le dé un infarto o se tire por el balcón”. Mis padres, alarmados por la situación, quisieron ayudar, pero lo impedí. “No sé si quitar lo de los padres”. Pensaba que en el fondo era bueno y cambiaría. “Nananá, tututú, nananá…, me encanta esta canción”. Cuando le vi por primera vez, quedé cautivada por su sonrisa. “¡Anda! , si se me ha olvidado el título”.

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