Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

PERTENENCIA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA PERTENENCIA

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA PERTENENCIA en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE AGOSTO

Relatos

43. La Inapropiable, siempre

Jugamos con mis hermanos bajo la mirada protectora de mi abuela. Mi padre me reclama y acudo enseguida al salón. Lo acompaña, de pie, un señor alto con barba negra. «Tiene todavía once años, pero madurará. Es obediente y aprende rápido. Ya verá, no se arrepentirá». El hombre me abre la boca, me aprieta los brazos y me desnuda con su mirada. Le entrega un puñado de billetes a mi padre, que se los mete en el bolsillo. «Prometo ir a verte en cuanto pueda», me asegura mi padre, tras darme un beso. Atravieso la puerta agarrada a una enorme mano desconocida.

Desde entonces, un muro infranqueable se ha levantado entre mi familia y yo. En la superficie, veo escrita con mi sangre fresca la secuencia repetida hasta el infinito: «Eres mía», «Me perteneces», «Soy tu dueño».

Una mañana, no se da cuenta de que le preparo un té especial para su desayuno. Se va a trabajar. Llega la noche y no regresa. Cargo la mula y camino hacia las montañas, el lugar al que temen ir todos los propietarios. Creo que a mi padre se le olvidó decirle al barbudo que la abuela era una experta en plantas medicinales.

42. MAMÁ

Todas las noches se dormía pensando: «Será solo mía». Hasta que consiguió ser hijo único.

41. PERTENECERNOS

Cierro los ojos y te veo. Los abro y te sigo viendo. Vuelvo a cerrarlos. Y tu voz me alcanza. Desde algún lugar. Eres tú. Ese inconfundible tú. Tú que ya no estás. Tú que permaneces. Permaneces en mis recuerdos y en el deseo que encuentro cuando traspaso el tiempo. Cuando tú eras mi lugar. Cuando éramos «nosotros».

Y, entonces, te fuiste. Y se quedó el tiempo suspendido. Y yo con él. El tiempo y yo. Suspendidos en algún punto, como aferrados a un hilo que cae hacia un precipicio. Un precipicio del que no se ve el fondo. Como un agujero o un pozo o un túnel negro, muy negro.

Y hubo otros. Muchos. O pocos. (Los he olvidado a todos). Pero seguía aferrada al hilo. Y me ahogaba. Porque ya no pertenecía. Porque ya no estabas. Porque ya no tenía un lugar a donde llegar.

Ahora cierro los ojos y te veo. Los abro y te sigo viendo. Vuelvo a cerrarlos. Y tu voz me alcanza. Eres tú. Tú que permaneces. Tú que estás. Y, entonces, volvemos a ser. A pertenecernos. A ser «nosotros».

Y ya no los vuelvo a abrir.

40. LA PLAYA, otra vez

Los niños, cuatro, tenían ocho años, tal vez diez. Eran delgados, fibrosos, llenos de energía. Estaban en aquella pequeña playa que se formaba milagrosamente en el litoral rocoso, salvaje, al norte de la ciudad.

La marea estaba subiendo y había unas olas que superaban claramente la estatura de cualquiera de ellos. ¡La diversión estaba asegurada! Unas las buceaban, otras las pasaban por arriba con un nadar todavía pendiente de mejorar, las menos las surfeaban con su cuerpo sin saber que dentro de poco necesitarían una tabla que les ayudase en la “navegación”. Como no podía ser de otra manera, alguna que otra ola les daba un buen revolcón durante unos breves segundos en los que se veían sus piernas emergiendo en medio de la espuma. Las risas, después del susto, estaban garantizadas.

Solamente muchos años después se darían cuenta de lo felices que habían sido domesticando la vida en aquella playa que, en exclusiva, les pertenecía.

39. La ciudad que llevas dentro

Le recuerdo desde niño. Camiseta de tirantes, blanca entonces, ahora grisácea por el paso del tiempo, pantalones de camuflaje y grandes botas militares. Me lo encontraba por el barrio, iba solo, con las mismas pintas en cualquier estación del año y sus cicatrices en la cara y en los brazos. Se paraba y me clavaba los ojos, luego me hacía un guiño y seguía su camino.

Su encuentro no me dejaba indiferente, y menos cuando empecé a asociar su presencia con acontecimientos importantes en mi vida, tanto en los buenos como en los malos momentos siempre aparecía. Pregunté por él a la gente del barrio, en las tiendas, incluso en el cuartel, pero nadie lo conocía.

Es la primera vez que salgo de mi ciudad natal. Este viaje a Dresde, aunque sea por motivos laborales, ha llegado en un momento en el que necesitaba marcharme. Siempre es bueno cambiar de aires, dicen, y yo llegué a creerlo. Hasta que, esta tarde, mientras tomaba café en una terraza lo vi. Desde la mesa de enfrente me guiñó un ojo y soltó una carcajada. Aún escucho su voz: «no puedes huir, perteneces al lugar donde yo existo».

38. Gol sur, fila siete

Llevábamos años sentándonos juntos en la grada sin dirigirnos la palabra. Por eso me sorprendió que se acercara al terminar el último partido, en el que nos libramos del descenso.

—Me acaban de dejar en paro, la próxima temporada no podré seguir pagando dos carnés de socio —dijo señalando con la mirada la urna cubierta con la bufanda verdiblanca—. ¿Le importaría a usted ser quien traiga a mi padre?

No fui capaz de negarme. Me lo entrega, domingo sí, domingo no, a la puerta del estadio y nos despide con un entusiasta ¡viva el Betis!, al que yo correspondo con un ¡manque pierda! El caso es que me he acostumbrado a ver los partidos con el viejo. Las veces que la cosa pinta mal, se queda como ensimismado; en cambio, cuando jugamos bien, siento sus cenizas revolverse y, si cantamos gol, me parece que intenta gritar con una pasión muda. Para hacerlo participar en la celebración, decidí arrojar un puñadito de cenizas al césped cada vez que metemos uno.

Este año nos está yendo tan bien que la urna ha empezado a perder peso. El hijo lo notará pronto, pero creo que no le resultará difícil comprendernos.

37. Desorbitado

El aula tiene un orden cósmico. Los empollones ocupan la primera fila mientras que los revoltosos os sentais al final. Desde tu posición puedes lanzar una lluvia de meteoros de papel con el canuto del boli. Hoy, en la clase de manualidades, había que traer un planeta. Miras al repelente de Vicente como presume de anillos de Saturno. Seguro que le ha ayudado su padre. Como medida desesperada, recoges de la papelera la bola de aluminio del bocadillo, todavía con aroma a chorizo. Cuando llega tu turno, lo presentas como Plutón. Con las risitas de Vicentito de fondo, el maestro te recuerda que lo han excluido como planeta y que, de seguir por ese camino, no vas a pasar de curso con el resto de tus compañeros.

36. Amarre (Nuria Rodríguez Fernández)

Te amé mal desde el principio.
Guardé tus uñas, un cabello, el hilo suelto de tu abrigo. Con todo hice un cuerpo pequeño y torpe. Le cosí tu nombre donde otros guardan el corazón y lo escondí bajo mi almohada.
Cuando faltabas, la casa entera crujía de hambre.

Al principio fueron pequeños descuidos: extraviaste las llaves, perdiste el sueño tranquilo, olvidaste alguna cita. Después empezaste a regresar con cualquier excusa: un libro, una chaqueta, las gafas. Pensé que eran casualidades.
Mi obsesión era un animal paciente.
Anoche me dijiste que mañana te irías para siempre.
No respondí.
Esperé a que te durmieras. Saqué el muñeco de debajo de la almohada y lo apreté en el puño hasta que las costuras se me clavaron en la piel.
Esta mañana sigues aquí, con mi nombre entre los dientes y ninguna puerta en tu memoria.

35. CORAZÓN APÁTRIDA

Tengo una grieta en el pecho que me parte en dos.

Nací en este lado de esa línea imaginaria llamada frontera, pero el color de mi piel me convierte en extranjero.

No quiero renunciar al lugar del que vinieron mis padres, pero conservo su idioma como quien esconde una carta de amor clandestino entre las páginas de un libro viejo.

Cultivo flores con raíces mestizas, pero sus tallos se enredan hasta marchitarse.

Entonces, la grieta de mi pecho se abre un poco más.

No, no pertenezco a ningún sitio.

Pero soy los dos.

34. UN CIUDADANO EJEMPLAR

“Pertenecer o no pertenecer, he ahí la cuestión”.
Pensaba que estaba delirando, pero no, estaba en sus cabales. Llegada la noche, había hecho de nuevo todo lo humanamente posible para ser y estar en la sociedad, con el resto de mortales, cumpliendo con sus deberes y acatando sus obligaciones. No importaba si recurría a alguna trampilla, siempre que no empañase sus modales ni alterase el producto de su conducta.
Al final de cuentas, mañana será otro día y, como está bien acostumbrado, volverá a ocupar el sitio que se merece. Eso sí, no cambiará de equipo por nada del mundo, aunque se juegue en la última jornada la permanencia en el grupo de los grandes.

32. Ahora es mío

Sabía que no era mío. Aun así, aprendí a quererlo. Me había cambiado la vida… No, me la había dado. Apenas sentí sus primeros latidos, supe que siempre existe una esperanza. Hoy, tras millones de latidos, es más mío que nunca. Incluso más que el día en que me hicieron el trasplante de corazón.

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