Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

INCERTIDUMBRE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA INCERTIDUMBRE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA INCERTIDUMBRE. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

36. Por si acaso (Rosa Gómez)

Al principio fueron las nubes. Caían en forma de girones, pero no se deshacían en agua. Agotadas, vimos que el cielo lucía como pintura cuarteada. Después la bóveda celeste se desprendió a trozos. Las autoridades pidieron que buscáramos refugio. Pese a todo, muchos murieron.

Ya ha cesado la lluvia, nos ha quedado un cielo negro, sin luna ni estrellas. El día ha desaparecido. Los gobiernos aconsejan empaquetar nuestros enseres, hacer testamento y apuntarnos a cursillos acelerados de religión.

No es cuestión de que nos pille desprevenidos.

35. Experto en lenguas amazónicas

João, nuestro intérprete, vuelve a girarse hacia nosotros, aunque incapaz esta vez de mantenernos la mirada. Le tiemblan los labios y, más que hablar, balbucea:

—Dice que el gallo anciano ni canta ni come grano, o que, si guardas demasiado grano, para mayo estará vano. No estoy seguro.

Tiene la cara sudorosa y llena de picotazos, y sus ojillos suplican comprensión tras las gafas empañadas. Yo le muestro una contenida perplejidad —como cuando ha explicado que nuestro interlocutor elogiaba la Bauhaus—, y él agacha la cabeza. Plantado mientras tanto ante su cabaña, Raoni, único integrante de su tribu, espera digno e impasible más preguntas. Se trata de una costosa expedición, al corazón de la selva, y podría quedar deslucida por un currículum hinchado. Repaso mis anotaciones y, llenándome de paciencia, ofrezco un pañuelo a João. La tarde cambia de repente. El aire se espesa, y oscurece deprisa. Algunos monos empiezan a aullar en los árboles, mientras otros, que gritaban, se callan.

—A esto le llaman crepúsculo amazónico —apunta João.

—¿Podría llover? —le pregunta el cámara, y él responde encogiéndose de hombros.

Parece más tranquilo. Me acerco a él.

—Oye —le susurro—, ¿por qué no haces como Raoni, y finges entender?

34. La Musa

La llamada anónima, que se repitió durante ciento veinte días, al principio le produjo inquietud, pero acabó convirtiéndose en una agradable rutina. Comenzaba con: “Musa, estoy aquí para escucharte” y después, silencio. Aurora colgaba el teléfono al oír la voz, hasta que una tarde de soledad y tristeza se animó a hablar. El último encuentro que conoció por Tinder había resultado decepcionante. ¿Qué os pasa a los tíos? preguntó sin obtener respuesta. A partir de entonces se acostumbró a contar sus vivencias, reflexiones y recuerdos a ese desconocido que la atendía. Cuando las llamadas cesaron, Aurora tuvo que reconocer su desilusión otra más por el final de esa extraña relación.

Pasado unos meses compró una novela que ocupaba los expositores de todas las librerías. Pertenecía a un escritor o escritora que, según revelaba la editorial, se escondía bajo un pseudónimo. Fue leyendo su propia historia con una mezcla de orgullo y estupor. El autor dotaba de interés y misterio a una vulgar biografía. Intrigada, quiso conocer su destino en las últimas páginas. Tal como se contaba, una tarde de invierno alguien llamó a su puerta.

33. Día D

La organista mira al párroco. El párroco mira al novio. El novio mira a la madre. La madre mira al fotógrafo. El fotógrafo mira a la puerta. La puerta mira a poniente.

32. Esos fantasmas

Estaba seguro de que ella lo había reconocido. Había transcurrido mucho tiempo, pero hay cosas que no se olvidan. Ahora el pasado volvía de la forma más insospechada. Como suele ocurrir. Un maldito accidente, una cama de hospital, el cambio de turno. Y la víctima de entonces apareció frente a él. Todo encajaba. Esa gamberrada de adolescentes estaba a punto de ser vengada. Creyó llegado su momento al ver a la enfermera con una jeringuilla en las manos. Cuando tuvo la oportunidad de haber dado la cara y pedir perdón, prefirió no hacerlo y ahora lo reclamaban en la pista para el último baile. Lo sentía por su abnegada Mercedes que no lo dejaba a solas ni un instante.

‒Siempre igual, Aurelio, tú y tu terror a las agujas. No sé en qué estarás pensando, pero ten el brazo quieto para que te encuentren la vena, hombre. Y deja de mirar a la enfermera, que parece que hayas visto un fantasma. Oye, no estarás otra vez dándole vueltas a ese cuento que dices que vas a escribir, ¿verdad?

31. Tutankamon

Sentado en su trono observó con curiosidad la entrada de la pieza. Estaba cubierta por un tafetán bordado en oro y fue conducida a la sala a hombros de una docena de esclavos. Cuando cesó la música de la fanfarria quiso descender majestuoso para ser él mismo quien desvelara lo que se ocultaba bajo los paños,

Las lisonjas de sus cortesanos fueron las habituales en lo que parecía la entrega de un nuevo obsequio. Le cautivó de inmediato el acabado de los relieves y la suavidad del tapizado interior en seda carmesí, que le invitó a acomodarse en aquel espacio un tanto exiguo, pero muy confortable.

Ahora es incapaz de alejar de la mente las palabras insistentes del visir para que su real persona comprobara que el sellado era hermético y la insonorización perfecta. Sobre todo, no deja de preguntarse por qué tardan tanto en abrir de nuevo la tapa dorada del sarcófago.

30. Crónica marciana

Aterrizo sobre la superficie árida y fría. Regreso justo un año después de haber despegado con mi nave espacial, un tiempo equivalente a unos tres mil años para los terrícolas. Me reciben con aplausos, curiosos y desbordantes de preguntas.

¿Qué has visto?

¿Cómo es aquello?

¿Hay vida?

Es muy hermoso. Infinidad de seres vivos diferentes a nosotros pueblan ese planeta —respondo, emocionada.

¿Saben que existimos?

¡Qué va! Todavía buscan respuestas a preguntas básicas.

¿Como cuáles?

Unos se paran en el borde de un acantilado y empiezan a gritar al horizonte: «¿Hay alguien más allá?». Están convencidos de que su planeta es plano.

¿No creen en la ciencia?

Algunos parece que no. Otros dudan sobre la autenticidad del primer hombre que pisó la Luna.

¿No hay pruebas?

Dicen que están trucadas, que fue una puesta en escena.

O sea, que no son peligrosos.

Solo entre ellos y su entorno.

¿Y si los conquistamos? —propone Orion-99, el jefe de la comunidad.

No vale la pena. No aprenderemos nada de ellos. Mejor esperemos a que se acaben de aniquilar, que con el paso que llevan, no tardarán. Cuando ya no quede nadie, nos mudamos a ese extraordinario planeta azul.

29. Tricobezoares

Margarita vigila la entrada desde el sofá mientras despoja toda su ropa de botones. Son como caramelos. El silencio del teléfono mantiene cristalino el aire de la estancia y la impulsa a mordisquearse las uñas de pulgares, índices, anulares, corazones y meñiques. Por la ventana asoman rayos de sol, asoman las estrellas, asoman pájaros y gente  que no le interesa. Con un ojo en el buzón, juguetea con su trenza: la hace, la deshace, se  arranca mechones, los mastica.

Su abuela le da manzanilla, le dibuja príncipes, joyas, castillos y hasta un cohete para ir a la luna, le coloca al gato sobre la tripa para darle calor y se lo quita si comienza a lamerlo. Sus profesores la aconsejan, el cura la exorciza, sus padres tratan de guiarla. El médico diagnostica ese dolor intenso de  sus entrañas, le receta aceite, le receta un bozal, le receta que salga al mundo a encontrarse con la vida.

Pero el desasosiego deshoja poco a poco a Margarita, que vomita bolas y suspiros mientras aguarda inmóvil que el futuro soñado llame por fin a su puerta. Cuando acude la ambulancia, porque, verdosa y escuálida, apenas respira, abraza esperanzada al primer camillero que llega.

28. El peso de una mirada

El Juicio Final ya estaba escrito. Dios Padre designó a Jesús como juez supremo.

Su nombre era Simón, pero Jesús lo acuñó como Petros, «la roca sobre la cual edificó su iglesia».

Las virtudes del apóstol hicieron que el fiel de la balanza se inclinara con la brusquedad de la certeza. Jesús lo miró con amor y recordó su vida terrenal junto a él.

«Ay, Pedro, qué impulsivo eras; tu boca siempre adelantaba a tus pensamientos.

Muchas veces corregías mis palabras.

Recuerdo la oreja de Malco, el sirviente, caer sobre la arena.

Me negaste, no una vez, ni dos, sino tres, Pedro; fueron tres.

Edificaste la iglesia, pero la revestiste de oro y riquezas».

La aguja de la balanza se zarandeaba como un sauce mecido por el viento. Mas la indecisión no tenía lugar en su corazón. Acogería a Pedro en su reino, a su derecha. Fue entonces, como un relámpago en su mente, que recordó el brillo en los ojos del apóstol sobre María Magdalena. Fue el tiempo de un instante, pero lo vio.

Simón, el pescador, comenzó a sudar y no sabía si era el terror que empezaba a abrazarlo o el calor que llamaba a su piel.

27. NACHITO O NACHITA

El bello niño de ocho años Nachito encendió el televisor en el salón para ver su espacio de vídeos musicales favorito. Se vistió una camiseta de lunares veraniega de manga corta en la cabeza a modo de peluca y comenzó a bailar con sus canciones preferidas. Siempre, le había atraído la idea de ser un artista de la música. Adoraba a Encarnita Polo, Nino Bravo, Salomé, Los Brincos…Pero, sobre todo, a las divas, como Karina, Massiel o Jeannette. Ansiaba ser una más y se prometía que, algún día, lo conseguiría porque cantaba notablemente bien. Por eso, comenzó a estudiar Solfeo en la parroquia y sus padres, campesinos emigrantes a la gran ciudad en búsqueda de trabajo, no dieron crédito a sus ojos. No sabían qué pensar del chaval, cuyo hermano mayor era el típico machito obnubilado por el fútbol y las chicas teñidas de rubio. Pero a él las niñas le traían al pairo . Y eso que tampoco se fijaba en los chicos…de momento… ¡Qué incertidumbre! Su físico era masculino, pero su mente, claramente femenina. ¡Y una inesperada noche, ya adulto, apareció operado y con un caro traje de lentejuelas en el más famoso cabaret de la ciudad!

26. VACÍO EN LA OSCURIDAD RUIDOSA

El hombre despertó con los gritos de su hijo de siete años llamándole en mitad de la noche, como tantas veces. Como tantas veces, se levantó de la cama y se dirigió a consolarlo con la casa a oscuras, flotando con torpeza y con los ojos apenas abiertos, intentando que el sopor no le abandonase. Chocando con alguna pared y algún marco de puerta llegó a la habitación del niño. La lamparita que permanecía encendida durante la noche para que pudiese dormir sin la amenaza de la oscuridad estaba apagada. La encendió y vio que su hijo no estaba. La cama lucia perfectamente hecha sin arrugas en su edredón. Después de un desconcierto fugaz despertó por completo y entró de lleno en la pesadilla. Fue consciente de que su hijo desapareció de esa habitación hacía tres meses. En esa cama le deseaba dulces sueños una noche y a la mañana siguiente no estaba. Se rompió al recordar con nitidez su voz llamándole hacía sólo un momento.

A la mujer la despertaron los sollozos de su marido. Era la primera noche que dormía durante horas gracias a la medicación, pero regresó del descanso imposible al vacío en la oscuridad ruidosa.

25. El extraño juego

Al poco de salir papá y mamá llegó el novio de Malú, Pablo. Cenamos pizza en la cocina. Él le tiraba del pelo y ella se reía y le daba pellizcos que debían de doler un montón, pero ninguno se enfadaba. Entonces yo pellizqué a Malú y ella me dio un bofetón. 

Luego vimos una peli. Bueno, yo, porque Pablo mordía a Malú en el cuello como un vampiro y ella tenía los ojos en blanco. Pensé que le hacía daño, así que me acerqué por detrás con mi bate de béisbol y le golpeé en la cabeza. La soltó, pero empezaron a insultarme muy enfadados, encima de que la salvé. Me metieron en el dormitorio y cerraron con llave.

Afuera hacían mucho ruido de carreras y gritos. Pensé que estaban peleando, pero entonces se escucharon risas. Luego respiraban muy fuerte, como cuando haces gimnasia y te cansas. Malú chilló. Luego gruñó Pablo. ¡Qué juego tan raro!

Por la mañana, Malú me hizo un gesto de “calla o te corto el cuello”, así que no pregunté nada.

Otro día cuando venga Pablo, les espiaré desde detrás de la cortina del salón y averiguaré cuál es ese juego tan peligroso.

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