Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

IMAGINACIÓN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA IMAGINACIÓN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA IMAGINACIÓN en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 de JUNIO

Relatos

61. Tortura de lunes

Contemplo sus torneados músculos, su atractivo rostro, su abundante pelo negro. Que se parezca a mi exmarido me motiva tanto que soy incapaz de decidir qué hacer ni por dónde empezar. En un alarde de valentía, me sonríe desafiante, y su alineada e inmaculada dentadura detona en mi mente una idea de lo más original e imaginativa.

Eureka. Voy a disfrutar de lo lindo.

Satisfecha, me acerco a la mesa donde mis adorados utensilios brillan bajo la tenue luz de la solitaria bombilla que cuelga del techo. Cojo los alicates con la mano derecha y las tijeras con la izquierda, y abro y cierro ambos, lentamente, acercándome a él. De repente, algo cambia: el tipo ya no sonríe y se remueve en la silla. Acelero mis pasos, pero sé que es tarde. Entre sollozos, empieza a cantar el paradero del alijo que le robó al jefe y los nombres de toda su banda. Suspiro frustrada mientras dejo mis instrumentos, tristemente impolutos, sobre la mesa. Parece que hoy la única torturada voy a ser yo, y de puro aburrimiento.

Y para colmo, es lunes.

60. EL PUEBLO ENCOGIDO

Desde mi ventana observo como mi pueblo ha encogido. Apenas logro encontrar la torre de la iglesia que antes se veía desde cualquier lugar. Las aceras se han replegado y reposan en el centro de la plaza, juntitas, abrazadas, buscando el consuelo que no encuentran.

Los árboles de mi calle también se han encogido, ahora parecen arbustos y los gorriones anidan al ras. Estos ya solo susurran, un susurro quedo y triste para no romper el silencio del lugar.

Solo las cigüeñas siguen con el elegante vuelo de siempre; qué ingenuas, quizás  no saben que Ángela ya no está, que no volverá a pasear hasta las canteras, ni a recorrer la orilla del Guadiamar. O quizás sí saben… Sí, deben saberlo porque ahora se han unido al repiqueteo de las campanas de la iglesia. Cuántas hay, cuántas vuelan, cuántas la despiden ya.

Yo no lloro, se lo dejo a los campos de girasoles, a la luz del sol que es testigo de que cómo la blancura de este pueblo se destiñe en un luto voraz.

Yo no lloro, se lo dejo a las flores mientras miro a esa pequeña cigüeña que, alzando el vuelo, se ha perdido entre las nubes.

 

A Ángela y su familia. 

A Gerena.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

59. LA PLAYA

La calle era corta y estrecha, adoquinada.

Nos dirigíamos hacia allí serenos y preparados, también un poco nerviosos. Todos éramos jóvenes, probablemente ninguno había cumplido los veinte años… La vida por delante.

Entramos en aquella calle y empezamos a levantar aquellos adoquines buscando la playa que sabíamos que estaba allí, pero que no encontrábamos. Entre todos levantamos tal vez cien, quizás doscientos, de aquellos cubos de un color gris ceniciento, el mismo  que el del uniforme de la policía que nos estaba esperando en el otro extremo, blandiendo sus porras.

Todavía no habíamos encontrado la playa, pero estábamos preparados para hacerlo. Ahora la buscábamos con la razón en nuestras manos.

58. Cuentos de la corrala

Mientras se abrían las puertas de la Feria, recordó con ternura el bautizo de Clarita: aquella lluvia de caramelos y monedas que, caída de las nubes, sorteaba tendales y relucía sobre el patio cual patrulla de luciérnagas en busca de pareja. Entre risas y empujones, reunió calderilla suficiente para comprarse algunos cromos y un tebeo; pero al llegar la noche y callarse el organillo, se escuchó el inquietante llanto de la pequeña y, al amanecer, una neblina amenazante detuvo el trajín de las galerías. Cuando preguntó por Clarita, respondieron que, como era tan linda y tan buena, se la había llevado el Ángel de la Guarda a vivir al cielo. Alarmada, añadió al ángel a su lista de temores, junto al Sacamantecas y Camuñas. Y, por si acaso, se volvió respondona y desaliñada. Hasta que se mudó a la corrala una chiquilla de mirada distraída que solía invitarla a merendar y a jugar con sus muñecas. Entonces, para no ser menos y porque no tenía más, correspondía contando historias que imaginaba, como la del bautizo de Clarita…

Un cohibido carraspeo la devolvió a la realidad y, bolígrafo en mano, se dispuso a firmar ejemplares de su último libro de cuentos.

57. RESET (Juan Manuel Pérez Torres)

Fue todo un acontecimiento. Estaba datada dos siglos antes.
Cuando abrieron aquella cápsula del tiempo, todas las cosas volvieron a ocupar su espacio. Curiosamente, de la tierra surgieron brotes verdes que poblaron de huertos los arenales. En los cielos se disiparon los nubarrones y lucieron los azules. Las aguas marinas volvieron a mecer sus olas bailando cadenciosamente en la orilla. La fauna y la flora sincronizaron sus tempos con el tic tac del mundo. Los días y las noches se sucedían de nuevo con respeto a los astros y los planetas. Se desconfiguraron los smartphones, se apagaron las tabletas y se colgaron los pecés. Se borró la nube. Simultáneamente, todos los fusiles se encasquillaron y los civiles volvieron a sus quehaceres. Los países eliminaron sus fronteras. Las familias se convocaron.
Y todos los hijos regresaron al amor de sus madres.

 

56. VIOLETA

La profesora de cultura emprendedora encomendó a la clase un trabajo en aras de socavar qué ideas se instalaban en aquellas mentes jóvenes que van a ser el futuro de nuestra sociedad.

Violeta, una de esas alumnas, tiene la imaginación suficiente como para crear un mundo de funkos en el que TikTok e Instagram serían los paisajes vividos, pero obviamente no era un tema a tratar en esta ocasión, así que decidió mirar a su alrededor y saltó la chispa en la cotidianidad sin recurrir a extravagantes ocurrencias intentando rebuscar la más original.

El título del trabajo “PLAN B” y el lema “aprender a vivir también debería enseñarse”. A Violeta le preocupa salir de la rueda educacional con muchos conocimientos teóricos, pero con poca práctica en la vida diaria: «¿Cómo entender una nómina?», «¿cómo arreglar una pequeña avería en el hogar?», «¿cómo enfrentarse a una entrevista de trabajo?», «¿cómo cocinar platos básicos?»…

Lo que no esperaba ella es que su proyecto fuera gratamente acogido por el profesorado, hasta el punto de tener que defenderlo ante un jurado universitario que aplaudió su ingenio y la hizo justa ganadora de la convocatoria.

Violeta y profesora, tándem perfecto y esperanzador.

 

55. Yo de mayor quiero ser… (Rosy Val)

Parloteando y parloteando, así todo el viaje hasta que llegamos a la casa del pueblo. Mónica estaba feliz. Lucía, su más amiga del cole, aceptó encantada pasar el finde con nosotros. 

No se pusieron de acuerdo ni con hambre. Que si nocilla, que si jamón. Que si zumo de naranja o melocotón… ¡Menos mal que son mejores amigas!, nos consolamos. 

Desde el porche oíamos sus risas. De repente, cesaron y una charla subidita de tono, nos obligó a poner la oreja. 

—Pues entonces… seré enfermera para cuidar a niños enfermitos. 

—Pues… yo médico porque operan y todo.

—No, mejor maestra para enseñar a leer y escribir a todos los niños. 

—Pues yo… compraré todo el cole donde trabaja mi papá.

—No, no, mejor cogeré el coche de mi mamá y recogeré a perritos abandonados.

—Pues yo con un camión porque caben más.

Tras un sospechoso silencio, la voz de Mónica sonó fuera de sí:

—¡Pues yo cogeré mi mochila y viajaré por todo el mundo!

—Pues yo cogeré la mía y… 

Lucía no acabó su réplica porque Mónica nos llamó a voz en grito:

—¡Mamá!, ¡papá!, ¡dice Lucía que quiere irse a su casa! ¿Podéis acompañarla a la puerta?

54. Afantasía

—Vamos, chico —se impacientaba el genio—, que no tenemos todo el día.

Pero él no necesitaba nada. Ahora, incluso, disponía de cama propia. Había dejado la deslomante recogida de fruta por un trabajo cómodo en el almacén. Aquí, sentado, solo debía abrillantar un montón de herrumbrosas lámparas de aceite. ¿Por qué narices tuvo que salir el gigantón de una de ellas? Y encima exigiendo no uno, sino dos.

—Ah, ya sé por qué callas —prosiguió todavía envuelto en humo—. Tendré que elegir yo mismo el primero. No hay otro remedio. Ea, concedido. Mañana pedirás el segundo y quedaré libre.

El muchacho pedaleó de vuelta al piso compartido, olvidando en su camino aquel encuentro. Durante la noche ocurrió algo extraño: soñó por primera vez. Al despertar, imaginó que vivía en una mansión. Mientras subía la cuesta sobre la bicicleta de segunda mano, su mente se inundó con lujosos deportivos. Y el salitre del mar entró en sus pulmones desbancando al olor putrefacto de los contenedores callejeros. Con la mirada hirviente, entró en el local buscando al genio hasta encontrarlo.

—Chico, ahora que ya tienes imaginación, ¿cuál es tu último deseo?

—Dejar de tenerla —respondió de inmediato.

53. Borrar la realidad

No supe calibrar el alcance de esa primera decisión, de ese experimento que empezó como un descubrimiento curioso, casi un juego, y acabó convirtiéndose en una pulsión adictiva con consecuencias irreparables. Cuando me hablaron de la aplicación ignoraba que la tenía, pero en cuanto la descubrí empezó mi perdición. Al principio la usaba con fines meramente estéticos pero después lo hacía compulsivamente. Borraba y borraba de las fotos objetos y personas, como un niño que emborrona un dibujo. Un día, viendo fotos de un viaje a París, borré por error un cuadro del Louvre. Escuché en la radio cómo daban la noticia de su desaparición y la conmoción que causó. Saber que lo que yo borraba desaparecía de la realidad me produjo tal borrachera de poder que comencé a hacer fotos de todo lo que me disgustaba. Fotografiaba las noticias y borraba a personajes que detestaba, políticos que hacían la guerra, ciudades destruidas y empobrecidas. Pero se me fue de las manos. El mundo no mejoró y el caos por las desapariciones se desató. Asumo mi craso error y por eso he decidido hacerme un selfie y borrarme. Quizás cuando yo desaparezca se reviertan las demás desapariciones.

52. EL CALOR DE LA LECTURA

Ya no encuentra formas en las nubes como antaño, cuando no dejaba pasar una sin emparejarla con algo o alguien. Parece que los años han secado su imaginación, pues ahora solo percibe la cruda realidad, y donde quiera que dirija la mirada, le invade la tristeza. Recuerda aquellos tiempos en los que todo lo entusiasmaba y se sabía entretener solo, cuando soñaba despierto y pintaba un futuro colorido sin esfuerzo.

Sin ocupación alguna, con fuerzas mermadas y escasas habilidades sociales, descubrió un método para escapar de ese frío baño de realidad que ahogaba su soledad: ir a la biblioteca. Allí, rodeado de jóvenes que estudiaban para forjarse un futuro, tomaba un libro y, en un ambiente de silencio y concentración —y, no menos importante, cómodo y cálido— se sumergía en la lectura, aislándose de su entorno.

Cuando se adentraba en una historia, se dejaba acunar por una imaginación vicaria que lo transportaba a otros mundos, haciéndole olvidar su triste existencia. Quedaba tan absorto que el aviso de cierre siempre lo sobresaltaba, y le costaba entender su entorno al volver de otras civilizaciones, otras épocas u otros ambientes.

51. El lenguaje de las nubes

Miles de lunas surcaron el cielo. El ser humano se adaptó para sobrevivir. Solo utilizaba el índice; el resto de los dedos se había apelmazado en una especie de muñón al que estaba adherido el móvil, como una prolongación natural de la mano. Los individuos interactuaban a través de unas gafas oscuras conectadas a la red. La complejidad del lenguaje, en cualquier idioma, se había simplificado a gruñidos. En función del estado de humor, variaban de intensidad. Cuando se reían, una ruidosa carcajada salía de sus fauces sin dientes porque solo se alimentaban a base de pastillas y comprimidos.

A pesar de todos los satélites que envolvían la Tierra, un enorme meteorito atravesó la estratosfera y fue a caer en el centro del Polo Norte. El impacto se sintió hasta el Polo Sur. La conectividad mundial se apagó. Los niños, tumbados en la playa, esperaban a que los mayores arreglasen el estropicio. Uno señaló una nube con forma de cara barbuda y dos orejotas y consiguió decir entre gruñidos: «Don Jo -sé». Risas infantiles acompañaban las primeras palabras que pronunciaban. «E-le-fan-te», dijo otro. «Mo-no», advirtió otra. Les surgió entonces una desesperada necesidad de usar ese antiguo lenguaje, versión 0.0.

50. Radio de acción

Alicia no puede creer que no vaya a ir al viaje de fin de curso.

—¿Tus padres no te dejan?

A mí me molesta que siempre que no puedo ir a algún sitio, Alicia piense que es culpa de mis padres. Ella sí que tiene un padre pesado. El mío siempre deja a que decida mi madre. No se mete como el suyo que hasta está en la AMPA.

Mi madre nunca me prohíbe que haga cosas, solo me pide que me lo piense bien.

—Imagina que en el viaje de fin de curso te marees en el autobús, como lo hacías en el coche cuando eras pequeña. O imagina que no te dejen compartir habitación con Alicia y que te toque hacerlo con otra que te dé la noche… Tú verás —me dijo. Solo quiere ayudarme a tomar mis propias decisiones.

Cuando se lo quiero explicar, Alicia opina que mi madre tiene demasiada imaginación.

—¡Vaya tontería! ¡Como si tener demasiada imaginación fuese malo! Ya le preguntaremos a la de lengua si…

Pero Alicia no me deja acabar la frase. Se va corriendo hacia la parada del bus escolar. A mí, mi madre me viene a buscar.

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