Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

PERTENENCIA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA PERTENENCIA

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA PERTENENCIA en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE AGOSTO

Relatos

52. En busca de una patria

EN BUSCA DE UNA PATRIA(Gema Herráez)

Debo dejar mi pueblo en el que nunca me he sentido habitante. La vida es dura aquí, no hay futuro para mí si no quiero cuidar ganado como mi padre. Sé que al otro lado me espera una oportunidad. Será duro, lo sé, pero quedarme es morir, es renunciar al mundo, a las posibilidades, a ver más allá de estas montañas que son una cárcel.

Quizás tampoco me sienta habitante de ese otro mundo al que no pertenezco. Seguro que me será ajeno, pero podré construirme a mí mismo, ser quien quiera ser, luchar por encontrar mi sitio. Sí, lo haré. Solo tengo que alcanzar la otra orilla. Otros lo han hecho ya.

Está siendo más duro de lo que creía. El mar está en mi contra. Me fallan las fuerzas. Veo las luces, parecen cerca. Tengo que nadar un poco más. Es imposible, las piernas me pesan y las olas me arrullan hacia dentro. No puedo más. Ahora ya sé cuál será mi patria, el mar.

51. PROLEPSIS (A. BARCELÓ)

Me invade una paz de calma chicha mezclada con una tempestad de emociones. El tiempo es un reloj de arena evaporada y la luz un líquido transparente que me empapa. En el silencio más absoluto, percibo una dulce melodía que parece envasada al vacío dentro de mi cabeza. No entiendo nada y en realidad lo comprendo todo.
Ahora, sé que existe un universo imposible de explicar al otro lado de una frontera invisible. Yo la crucé durante un instante eterno y tuve que regresar al lugar al que todavía pertenezco.

50. JAURÍA

 

El silencio ha regresado. Al fin, esos extraños ladridos han dejado de escucharse.

Aunque, ahora, alguien lleva un rato llamando:

—Señora, abra.

—¿Por qué?, ¿se ha vuelto a escapar? Pero… ¡si está aquí!

—Señora, por favor.

—Verá, mi Darko es muy bueno. Los malos son esos otros chuchos.

La dueña de la casa tiene la mirada perdida y la voz quebradiza, pero lleva razón: su perro está tranquilo en el jardín.

—Se lo repito: no hemos venido a por su perro… ¡Abra!

El grito del policía ha retumbado en la puerta, las paredes, las ventanas… y hasta en el cerebro de la mujer, que, tras pulsar el botón, se deja caer, impotente, sobre la hierba. Mientras los agentes suben a detener a su hijo, el perro se acerca a ella y comienza a lamerle las lágrimas.

Y regresa el silencio. Un silencio frío, abrumador, que solo se romperá cuando, justo antes de ser metido en el coche patrulla, el chico decida mostrar sus afilados dientes a la luna.

Entonces sí.

Entonces, a lo lejos, regresarán esos extraños ladridos.

49. INVENTARIO (Juan Manuel Pérez Torres)

Acudió a la cita a las diez de la mañana. En la agenda del móvil aparecía como “papá ogro”. Pasó por identificación, reconocimiento y documentación. Después, aceptó hacerse cargo de sus cosas: el móvil, un llavero con llaves, una cartera con documentos, unas gafas de sol, un par de guantes y un casco.
Por un momento, se detuvo a contar las llaves. Cuatro, como los días que llevábamos sin hablarnos, dijo. Firmó la diligencia de entrega.
Entendí que lo único que no figuraba en la lista era lo que de verdad le pertenecía: la última palabra que no le dijo.  ‍

48. Del 43

Solo es una cena, cielo, es mi familia, no importa la ropa.

Pero la primera Nochebuena con los suegros sí importa. Último vistazo en el espejo. Afeitado, camisa planchada, jersey de lana, vaqueros nuevos y zapatos relucientes. Ensaya una sonrisa y María ríe. Cargan el coche con un montón de regalos. Reconoce los suyos: una joya para su mujer, la fotografía de su boda enmarcada en plata para los padres y uno pequeño que esconde una estancia en Parador para la cuñada y su marido. Por el papel infantil reconoce los de los sobrinos; del resto adivina prendas de vestir, libros y algún detalle doméstico. 

La casa de Pedro y Pili está calentita, huele a asado y pastel. Los niños se alborotan al verles y todos les abrazan. Pedro recoge con disimulo la bolsa. Pili le coge del brazo y le entrega una sencilla caja de cartón. 

 —Para ti, hijo.

 —¿No espero a mañana? 

  —No es un regalo, es una tontería.

Unas zapatillas de felpa, a cuadros azules y del 43. Se las calza allí mismo.

47. EL HALLAZGO

Todo empezó cuando accidentalmente mis dedos rozaron algo entre los pliegues del sofá. El tacto era blando, como de gelatina, y se resistía a ceder a la presión de mis dedos. Insistí. Cuando al fin pude sacarlo, fui víctima de la confusión al no ser capaz de identificar aquella masa carmesí.

Al contacto con el aire cedió la presión a la que había estado sometido, su aspecto fue cambiando y tomando forma hasta empezar a agitarse dentro de mi mano. Descubrí de qué se trataba. Recordé sus palabras de despedida sentados ambos en este mismo sofá, se iba, pero me dejaba algo que ya no podría dar a nadie pues yo lo había hecho mío para siempre. En aquel delicado momento, con la culpa de la ruptura atorando mis sentidos, pasé por alto su mensaje.

Ahora no sé qué hacer con él. Mientras me decido, lo he metido en formol, dentro de un tarro, sus latidos me transmiten una calma que nunca había sentido y voy dilatando el momento de buscarla. A veces me pellizca la culpa al imaginarla vagando descorazonada, entonces escucho el sonido que sale del tarro y, una vez más, la olvido.

 

 

46. Las Américas de mi abuelo

En el Casino del Muelle todos llamaban “don Ernesto” a mi abuelo. Mi madre decía que pasaba allí las mañanas por eso, por el respeto que despertaba en ellos, aunque él dijera que iba por echar la partida. Los sábados me llevaba con él y, por el camino, me dejaba sus cosas. «Ten cuidado con el bastón —me insistía— que es de materiales nobles». El sombrero también era valioso —un Montecristi auténtico—, pero tenía tantos como ese que no parecía importarle la suerte que corriera. Si por casualidad se me caía al suelo, lo recogía con aire paciente, lo limpiaba en la manga de la guayabera y me lo ponía de nuevo. A veces, en sitios donde nadie podía vernos, me dejaba además el diente de oro. «Ahora sí que pareces un indiano de verdad», me decía ufano, adelantándose un paso para poder mirarme. Yo levantaba entonces la cabeza, me encajaba bien el sombrero y agarraba fuerte el puño de marfil tallado, pero sobre todo intentaba no tragarme el diente, que según contaba mi padre, enarcando mucho las cejas, el abuelo lo había obtenido a cambio de una persona sin “tachas”.

45. Propiedad privada (Rosy Val)

Ella se queja de que la chimenea no tira suficiente. Él casi siempre anda en camiseta de tirantes.  

Ella es menuda, lo ha sido siempre, desde que nació sietemesina. Es limpiadora, costurera y cocinera por parte de madre y abuela. A él lo parió su madre con más de cinco kilos y como hicieron su padre y su abuelo, cuida del ganado y parte troncos en la era.

A ella le emocionan las puestas de sol, imaginar formas en el cielo. Para él las nubes solo son contenedores de lluvia. 

A ella le apasiona la poesía; vivir las aventuras de las protagonistas de sus novelas. Majaderías —piensa él—.     

A ella le gustaría viajar, conocer gente, salir un poco. A él…

Él le avisa que se deje de tonterías. Que a ella no se le ha perdido nada fuera de la verja que cerca el caserío.

44. ¿Choque o encuentro generacional?

Siempre le repito a mi madre que la cabeza es mucho más joven que las piernas por lo que las ganas de disfrutar, de aprender, de participar activamente en la vida siguen intactas cuando las capacidades físicas no colaboran a ello porque inevitablemente los años van mermándolas.

La mayoría de los nonagenarios, no todos, ven pasar los días en una aburrida espera del final, o eso es lo que les hacen creer los que tienen alrededor.

No sé en qué momento me he empezado a sentir arrinconada ni siquiera sé si he sido yo o los que me rodean los que han hecho que esto suceda, pero empiezo a escuchar: “mamá tú no puedes ir allí”, “mamá no hables tan alto” y hasta incluso me oigo decir “yo es que ya tengo una edad…”.

¿Ha empezado el declive?, ¿se va diluyendo mi sitio en el mundo?, pues voy a emplearme a fondo para evitarlo. Hoy he decidido hacer un curso sobre IA, llevo dos meses en el gimnasio, asisto a tertulias literarias… y ¡voy a montar en globo la semana próxima! Cada experiencia con personas de diferente edad y condición me aportan la libertad de elegir mi pertenencia.

 

43. La Inapropiable, siempre

Jugamos con mis hermanos bajo la mirada protectora de mi abuela. Mi padre me reclama y acudo enseguida al salón. Lo acompaña, de pie, un señor alto con barba negra. «Tiene todavía once años, pero madurará. Es obediente y aprende rápido. Ya verá, no se arrepentirá». El hombre me abre la boca, me aprieta los brazos y me desnuda con su mirada. Le entrega un puñado de billetes a mi padre, que se los mete en el bolsillo. «Prometo ir a verte en cuanto pueda», me asegura mi padre, tras darme un beso. Atravieso la puerta agarrada a una enorme mano desconocida.

Desde entonces, un muro infranqueable se ha levantado entre mi familia y yo. En la superficie, veo escrita con mi sangre fresca la secuencia repetida hasta el infinito: «Eres mía», «Me perteneces», «Soy tu dueño».

Una mañana, no se da cuenta de que le preparo un té especial para su desayuno. Se va a trabajar. Llega la noche y no regresa. Cargo la mula y camino hacia las montañas, el lugar al que temen ir todos los propietarios. Creo que a mi padre se le olvidó decirle al barbudo que la abuela era una experta en plantas medicinales.

42. MAMÁ

Todas las noches se dormía pensando: «Será solo mía». Hasta que consiguió ser hijo único.

41. PERTENECERNOS

Cierro los ojos y te veo. Los abro y te sigo viendo. Vuelvo a cerrarlos. Y tu voz me alcanza. Desde algún lugar. Eres tú. Ese inconfundible tú. Tú que ya no estás. Tú que permaneces. Permaneces en mis recuerdos y en el deseo que encuentro cuando traspaso el tiempo. Cuando tú eras mi lugar. Cuando éramos «nosotros».

Y, entonces, te fuiste. Y se quedó el tiempo suspendido. Y yo con él. El tiempo y yo. Suspendidos en algún punto, como aferrados a un hilo que cae hacia un precipicio. Un precipicio del que no se ve el fondo. Como un agujero o un pozo o un túnel negro, muy negro.

Y hubo otros. Muchos. O pocos. (Los he olvidado a todos). Pero seguía aferrada al hilo. Y me ahogaba. Porque ya no pertenecía. Porque ya no estabas. Porque ya no tenía un lugar a donde llegar.

Ahora cierro los ojos y te veo. Los abro y te sigo viendo. Vuelvo a cerrarlos. Y tu voz me alcanza. Eres tú. Tú que permaneces. Tú que estás. Y, entonces, volvemos a ser. A pertenecernos. A ser «nosotros».

Y ya no los vuelvo a abrir.

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