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Estoy que no me tengo en mí. Necesito ganarme la vida y surgen dos opciones para mañana. No sé qué hacer.
Dicen que mis manazas son ideales para amasar pan. Mi tío me ha hecho un sitio en la panadería para cubrir un hueco imprevisto. Por otra parte una desconocida productora cinematográfica me ha llamado para pedirme que ponga mis ojazos en una película de rodaje inmediato.
Manos, ojos, en fin.
Trabajo estable con algo de dinero o la aventura de vete a ser qué, ¿qué hago?.
Gene Wilder decidió interpretar a Áigor en el Jovencito Frankestein de Mel Brooks.
Sus manazas no amasaron pan. Sus ojazos pasaron a la historia.
No estaba siendo un vuelo tranquilo.
Tras el caos absoluto del embarque, vinieron los malos modos a la hora de alcanzar los asientos. Las pobres asistentes, agotadas y al borde del colapso, hacían lo que podían, y la gente, como de costumbre, daba por saco.
Pueden imaginar lo que costó algo tan sencillo como que todo el mundo estuviera al fin sentado con el cinturón abrochado, la bandeja levantada y los dispositivos electrónicos desconectados.
Pero esa armonía pasajera terminó bruscamente con el comienzo de las turbulencias. Los cánticos y ovaciones de los borrachos se mezclaron con el griterío de los niños y el guirigay general de broncas, quejas y advertencias.
Insoportable.
Había oído hablar del “piloto automático”, pero nunca me había encontrado con que un aparato tomara el mando de esa manera. Y, a partir de ahí, como la seda.
Un esfínter, lo hubiese llamado yo a falta de mejor opción… Desconocía su existencia. Ni siquiera imaginaba que la ciencia hubiese llegado tan lejos.
El siglo XXI será el siglo de la automatización —me dije—y, tal vez entonces, la selección natural encuentre su mayor desafío en un nuevo reino.
Cerré los ojos y suspiré disfrutando del dulce sopor.
El 12 de agosto un eclipse solar recorrió parte de Iberia. Me levanté con la ilusión de ser testigo de esa coincidencia cósmica. Hablé con mi sombra, como otros días, tratando de resolver viejos litigios enquistados.
A la hora del eclipse nos quedamos todos sin sombras. Desparecieron. Lógico al ocultarse el foco emisor de luz. Hasta aquí todo bien. La sorpresa surgió cuando reaparecido el Sol para seguir cumpliendo su función, mi sombra no aparecía.
Meses después, sentado en una terraza en Donostia la vi aparecer con una ertzaintza llamada Amaia. Me la presentó y me dijo que era feliz con ella. Que nunca volvería a ser la sombra de un personaje como yo.
Se habían conocido a través de un tal Heisenberg, muy amante de sembrar dudas por donde quiera que pasara. Aquello me llenó de incertidumbre. Me lo confirmó una amigo que me garantizó que a mi sombra se la había visto del brazo en Sevilla con un señorito cayetano el mismo día y a la misma hora de mi encuentro en Donostia con Amaia.
Y aquí me tenéis. Indeterminado. Sin saber que hacer. Buscando una nueva sombra que me cobije. O al revés. Siempre me lío.
Lucía lleva horas ayudando en el polideportivo montando camas de campaña y organizando una improvisada enfermería. Durante un descanso, recoge el móvil, que ha dejado cargándose, para llamar a su madre. Quiere confirmar que se ha ido con Cristóbal. Allí nadie contesta. Buena señal.
La casa de su madre estaba lejos del incendio, pero era lo más prudente. La de Lucía, en cambio, peligraba. El fuego alcanzaba ya el pinar de una ladera cercana cuando la evacuaron. Esperaba alguien uniformado, pero fueron unos civiles con esos luminiscentes chalecos de «voluntarios» quienes la ayudaron a cargar cuatro cosas en el coche y salir hacia Casares.
Ahora solo puede pensar cómo estará. Tal vez Ismael, su vecino, pueda contarle algo. Lo llama. Tampoco contesta.
Entonces, en un impulso intuitivo, marca el número fijo de su propia casa. Escucha los tonos insistentes y cuando va a cortar la comunicación descuelgan.
—¿Mamá?
Se perciben ruidos de ajetreo. El rozamiento de algo que se arrastra. De fondo hay voces que hablan con un tono de urgencia, pero no puede entenderles. El sonido del teléfono rozando la pared, suspendido de su cable.
—¿Hay alguien ahí?
Y un portazo apaga todos los ruidos con un silencio ominoso.
En Cándida, todas, todes y todos hablamos en femenino. Las mujeres de otros pueblos nos ven como un ejemplo de transformación social. No se pierden ninguno de nuestros talleres de micromachismos, igualdad, violencia de género, conciliación o masculinidades corresponsables. Aún son pocos los hombres de otras aldeas que asisten, pero poco a poco vamos haciendo.
Después, de puertas adentro, nosotras hacemos la colada, dormimos a las crías, las despiojamos, organizamos compras, comidas, colegios, médicos, limpiamos cocinas, ollas, platos, fregamos los baños. Y, a veces, ellos cocinan.
En el Salón de Reinos, boquiabierto se queda el enano ante las espléndidas pinturas.
Zurbarán, complaciente, lo deja estar y él se deja ir en una contrahecha melancolía. Siente envidia del aedo de cuerpo bien proporcionado y elástica musculatura.
Luego, ante un “avisillo” de chorizo y un chorrete de vino, ríen a carcajadas el pintor y el enano al recordar la absurdidad de los Habsburgo de creer que pertenecen al mundo del todopoderoso Homero.
Hermoso otra vez, así es el cuerpo cuando me lo explicas. Cierro los ojos y dejo que cabalgue la memoria sobre el texto. Adonis, me comparas, y acepto la metonimia porque sé que no hay en ella ni pizca de ironía, porque sé que así me viste un día ya lejano y aún conservas el recuerdo, aunque solo sea una hipérbole convenida entre los dos; igual, que para mí, tú eres Afrodita. Hermoso es escuchar de tus labios que mi pecho es el casco de un navío, que mis piernas son columnas de un templo bizantino, que mi aliento es la brisa que se escapa de un bosque remoto. Y cada metáfora acaricia los poros de mi piel sin necesitar que tus manos la recorran. Hermoso es el verbo que se acuesta a mi lado cada noche, que susurra palabras inventadas, que rompe los silencios como rompe la escollera el murmullo de las olas. Hermoso es saber que pertenezco a lo que dices, que me inventas en cada línea que dicta tu discurso, que la palabra es el barro que sustenta la creación.
No le reconocía, pero era su marido. Tenía delante a un desconocido con el que resultaba que llevaba más de veinte años casada. No asimilaba la situación después del accidente. Aceptaba su cariño y sus cuidados rebosantes de abnegación con el reparo y la prudencia de quien los recibe de un extraño del que recela. La ofrecían una vida nueva. Quizá debería aprovechar y jugar esa carta, pero si algo tenía claro era que no le gustaba el juego. Qué pasaba con todo lo anterior a estamparse con el coche.
Parecía que un amor residual, latente, quería volver a florecer en ella. Había algo de anhelo. Pero no se acostumbraba a ese hombre, a sus miradas de admiración ni a la dulzura de su trato. Ella no podía evitar lucir una expresión de desconcierto desde que salieron del hospital. Era su marido. Se empeñaban en dejárselo claro. Pero… no era su marido.
Valoró. Sopesó. Y volvieron a su memoria los silencios despiadados, los desprecios, los vacíos. La frialdad. Soberbia. Humillación. Odio, rechazo, desprecio… Y firmó para que, ya sin duda, dejase de ser su marido. Lamentó entonces que la amnesia no le hubiera afectado también a ella.
Estas cosas solo me suceden a mí ¿sabes? Llevaba meses encerrada con lo de las oposiciones, con unas ganas de follar locas, así que cuando Marta y Alicia me llamaron para salir no dudé en decirles que sí. Nos fuimos a una discoteca y allí le conocí. Guapo, alto, musculoso y muy educado. Cuando mis amigas me dijeron que si nos íbamos les dije que me quedaba un poco más, no era cuestión de desaprovechar la oportunidad. Al irnos, yo esperaba que me diese un beso, que me invitase a su casa, que… pero hincó una rodilla y me besó la mano. No quisiera mancillar tu honor, me dijo. Este no pertenece a esta época, pensé, o me está vacilando, pero no iba a perder la oportunidad, y como al día siguiente era Nochebuena le invité a cenar a casa. Allí estaban mis padres y mi hermana, esperando a conocer a mi nuevo ligue. A las nueve en punto sonó un trueno y oímos un ruido extraño en la escalera. Mi hermana abrió la puerta curiosa y allí estaba él, sonriendo con su túnica blanca, su cruz de Malta roja en el pecho, sus espuelas arrastrando y su armadura brillante.
Una fuerza interior desconocida lo ha empujado a volver.
Ya no recuerda qué fue lo que lo impulsó, o tal vez lo que lo obligó a dejar su tierra; su memoria languidece.
Con pasos vacilantes avanza por las calles; nada le resulta familiar. Se cruza con la gente, pero sus rostros no le regalan una mirada. Intenta aferrarse a un recuerdo, y este se desliza por su mente sin dejar huella.
Sus piernas han tomado el control y lo conducen al camposanto, a los pies de una lápida; su nombre y su corta edad penetran en su cerebro como una daga. El pasado regresa: «el coche, el alcohol como copiloto, la sangre que recorre los pliegues del asfalto».
Su vida ha sido un cúmulo de desafección, una existencia errante en busca del olvido. Ahora siente que está donde debe estar; la culpa impregna cada rincón, pero es suya, le pertenece y, cansado de huir, la acoge como una liberación.
La boca de Paula se abre para dar un beso. Veo mi oportunidad. No puedo resistir la tentación de enroscarme en su lengua y navegar su saliva. Me aferro a ella como si mis ganas de conquistarla fueran pequeñas llaves y sus mucosas, un jardín húmedo lleno de puertas.
Llego hasta sus vías respiratorias. Me adhiero a una célula, consigo entrar y me multiplico. Quiero ser como ellas. Pero en vez de recibirme, dan la señal de alarma. Intentan cercarme, agredirme, expulsarme…
Empieza la guerra. Paula tiene fiebre, está cansada, le duele el cuerpo… A mí me duele que me vea como un extraño. No entiendo por qué opone resistencia.
Consigo escapar hacia otra boca, no sin antes dejarle un regalo.
Paula no lo sabe, pero de todas sus relaciones, la nuestra será una de las más duraderas.
La próxima vez que la visite, me reconocerá y estará preparada para recibirme.
¡Es tan bonito dejar una huella!
Por las mañanas se sienta en la sala de espera y escucha las dolencias de los habituales del lugar: una tos perruna que nunca cesa, un dolor de rodilla, unos mareos con vómitos. Una señora con los ojos enrojecidos habla de su insomnio; un joven, de unas fiebres que desaparecen al ponerse el termómetro. Matías hace suyos aquellos síntomas y vuelve a casa cojeando, con destemplanza y fatiga, tosiendo, dando tumbos, convencido de que esa noche ni los calmantes más aguerridos lo dejarán dormir.
Desde que se quedó viudo, ha regalado las pertenencias de Elena y ha vaciado su hogar de recuerdos. Ahora pasa el tiempo tumbado en el sofá, mirando la pared, y su hipocondría se ha convertido en su mejor aliada. Por eso cada mañana recoge achaques ajenos que entretengan sus tardes.
Podría ir a urgencias, donde los casos son más graves, pero allí reina el silencio y nadie se queja. En el centro de salud, sin embargo, oye y aprende nuevas patologías que amplían las goteras de su cuerpo.
Si sigue con las visitas, calcula que pronto va a morir de una enfermedad que no existe y recuperará, al fin, todo lo que ha perdido.
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