Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

LA CULPA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA CULPA

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA CULPA. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE NOVIEMBRE

Relatos

CONFÍTEOR

¡Culpa, por… por mi culpa…! Ya no recuerdo —y fueron cientos de veces— las que la escuché hasta de mí mismo. Debe haberme pasado algo y seguro que no es por mi culpa.

43. Cadena perpetua

Había pensado en mil excusas, pero cuando llamé a su puerta y ella me abrió me quedé en blanco. Aún no me explico cómo conseguí que me dejara entrar. El apartamento estaba muy desordenado y los niños no paraban de gritar. Se sentó junto a mí después de ofrecerme una taza de café y, antes de que pudiera reconducir la situación, ella empezó a llorar. No tardó en confesarme que a su marido le habían condenado. Que era inocente. Que no tenía que haberle insistido en ese compañero que la acosaba. Que quizás fue ella la que lo exageró todo y que cuando le llamó aún respiraba. Se hizo un silencio entre ambos. Entonces dejé volar mi imaginación y le expliqué una historia igual de trágica. Ella confió en mí y en menos de dos meses ya estábamos viviendo juntos.

Durmiendo en su cama, haciéndole el amor a su mujer y cuidando de sus hijos pensé que podría cumplir mi condena por haber sido incapaz de convencer al resto del jurado. Por haberme presentado aquí haciéndome el héroe prometiéndome encontrar al verdadero culpable y por, una vez más, haber demostrado que soy un auténtico cobarde con una imaginación infinita.

42. Algo tenía que ser

Cuando levantó la vista descartó al camarero, el pelo largo y moreno que nadaba feliz en la sopa no podía ser suyo ya que su cabeza, de una dimensión entre grande y muy grande, hacía tiempo que había desalojado a todos sus inquilinos.

¿Los zapatos? Sí, pero no. Le molestaban un poco sobre todo el derecho en la zona del talón. Pero no, no era eso. En un par de días los tendría domados y además verlos tan brillantes, tan azules le proporcionaba un placer instantáneo, serían sin duda la envidia del mismísimo Elvis.

Era lunes, podría ser eso, aunque tampoco. Para él todos los días eran iguales ya que no trabajaba. La herencia de sus padres, que administraba de un modo magistral, le aseguraban una vida relajada, una vida y diez más que viviera. También contaba con ocho pisos en el mejor barrio de la ciudad cuyo estratosférico alquiler le proporcionaba acceso a todos los caprichos que deseara.

Entonces, ¿qué? ¡Ay, leches! ¿Cómo no había caído antes? Anoche jugó el Redondo Fútbol Club y perdió en el último minuto y eso duele, duele mucho. Y te arruina no solo un día, el cabreo te puede durar una semana.

41. Esta noche te cuento la verdad

 

Hacía meses que se sentía corroída por la culpa. Aunque trataba justificar sus faltas con excusas poco creíbles, para, de esa forma, lograr conciliar el sueño por las noches: las preocupaciones familiares, el trabajo, la adolescencia de los hijos, la vejez de los padres… Como ustedes comprenderán, todo eso va por delante. Es prioritario, y resulta prácticamente imposible dedicar tiempo a cualquier otra cosa teniendo en cuenta la finitud de los días y la escasez de mis fuerzas al acabar la semana. Así buscaba yo redimirme. Pero en el fondo, muy en el fondo, sabía que solo estaba mintiéndome a mí misma. Lo cierto es que no estoy cumpliendo con lo prometido. Que les he dejado tirados. Que me he ido cobardemente por la puerta de atrás. Y que solo hay una explicación para tan rastrera actitud: MIEDO. 

Pero hoy, por fin me he atrevido a admitirlo: El miedo a la página en blanco solo puede curarse enfrentándose a ella. Y aquí estoy. Intentando superar la culpa con un relato que ni fu ni fa. Pero por algo se empieza.  

40. Crimen inocente

El tipo de la fila anterior me tenía desquiciado con la luz de su móvil. Más que una sala de cine, parecía que estábamos en Las Vegas. Le chisté una vez, pero seguía dale que te pego. Ese dedo cotilla hurgando en la pantalla. Volví a sisearle. Nada. Si hasta me vi obligado a sacar las gafas de sol para protegerme de los fogonazos. Entonces le grité. Y sucedió lo inesperado: varios espectadores la tomaron conmigo. Que me callara. Incluso me invitaron a marcharme. Como si fuera yo el culpable de la situación. No tuve otra salida. Salté al cuello de aquel majadero con la clara intención de doblárselo. En las películas, todos mueren al instante. Sin embargo, me falta robustez en los brazos y se pasó un buen rato agonizando. Tanto que solo pude disfrutar de los créditos finales.

39. LAS FALTAS (A. BARCELÓ)

La muerte está apremiando y siente la urgencia de saldar sus pecados, por eso, manda llamar a Don José María, su compañero del alma, el colega con el que se junta todos los jueves por la noche en el lugar de las lucecitas de neón, el mismo que le anima a darse golpes de pecho y le absuelve los golpes que propina a su esposa todos los días.
Mañana, muchos de los del pueblo celebrarán su muerte. Que los jodan a todos, él no necesita su perdón, solo precisa la intervención del sacerdote para que le libere de todos sus pecados y enfrentar sin cargos el temido juicio final.

─Que venga el cura de una puta vez, que me muero ─grita con desesperación.

Su mujer le informa de que no va a venir, porque no le ha dado la gana de avisarlo. Es ella quien tiene que hacerle una confesión a él antes de que se marche de este mundo: ninguno de sus cuatro hijos es suyo y cada uno pertenece a un padre distinto. Paquito, en concreto, es hijo de su querido amigo Josemari.

38. Alimentar a las fieras

Lo dejo marchar y, al instante, me arrepiento. Sabiendo como sé lo que puede sucederle, lo que puedo perder. Debería haber fingido que han vuelto los vértigos, que todo me da vueltas y que caería de bruces en cuanto intentase levantarme. Que no me dejase sola esta vez. Pero de nada sirvió entonces, cuando era cierto. Que llamara a la niña para que me atendiese, que él estaría junto al teléfono por si la cosa se complicaba, y se fue después de besarme en la frente. Yo no sé inventar males, solo padecerlos. ¿Qué volverá de esa espalda suya a la que le rezo mientras duerme para que siga siendo grande, fuerte y mía? «Te lo comeré todo esta noche, gordito». ¿Qué clase de salvaje manda semejante amenaza al móvil de un hombre casado? Lo veo alejarse calle abajo, todavía entero.

37. PK2

Era un saco sin fondo, infinito y cochambroso por el paso de los milenios. Lo cargaba a sus espaldas desde hacía tanto que, como una joroba, formaba parte de su anatomía. Al principio ella misma echaba dentro todas las culpas, asumiendo el personaje asignado por alguien injusto pero poderoso. Con el tiempo fue dándose cuenta de cuánto pesaba aquello y de cómo le impedía levantarse, crecer, mirar hacia el horizonte, ser.

Cansada, y a pesar de que lo había evitado desde el origen de todo, se sentó bajo un árbol inofensivo que no tenía frutos. Tampoco había reptiles por los alrededores. Pero apareció una ardilla que sin decir nada, como es natural,  se puso a roer el saco hasta hacer un agujero por donde empezó a vaciarse. A medida que lo hacía, ella fue sintiéndose mejor, más liviana, con ganas de saltar, reír y corretear. Le costó, porque sus huesos habían perdido la elasticidad de la alegría, pero supo que todo iba a cambiar. Le siguieron echando culpas, con más saña si cabe al verla fuera de su papel, pero, tal y como entraban, salían por el roto. Así, poco a poco, Eva se fue reconstruyendo, libre, feliz y exonerada.

36. A los presentes (fuera de concurso)

Los compañeros de oficina por tratar solo de trabajo y no insistir en que fuese a tomar un café. Los vecinos por hablar del tiempo en el ascensor y esquivar miradas. Las amigas por el “la semana que viene, sin falta”. Mi hermana con el “llámame tú a cualquier hora” y mi hermano su “ya sabes dónde estoy”.    Los chavales por estar, pero no estar. Y él por no poder estar a todo, en todas partes y a todas horas. Y tú, lector, sí, tú, por leer las frases y no los huecos.  

PD: Si has pensado en alguien mientras leías, ya sabes dónde está.

35. HASTA QUE SE DEMUESTRE LO CONTRARIO

Con su gato Mishi, que no participó en los hechos según parece, mantiene una tensa relación desde entonces, y la sospecha le impide mirarlo como antes, porque se figura que, pese a haber quedado libre de cargos, pues las plumas no se hallaron en su canastilla ni en su hocico, podría haber urdido el siniestro plan que le costó la vida a la gata del vecino, autora material del homicidio del periquito de la portera, una amable señora que le dio a probar esa nueva marca de pienso vigorizante para que lo perdonara por lo de la castración.

34. Vidrios y grava

Los cubiertos marcaban el ritmo de la cena contra la porcelana. Recorría las caras alrededor de la mesa con recelo, mientras el cuñado amenizaba la velada con cifras de seguros y la hermana servía la sopa. La sonrisa hermética mantenía los labios sellados para ocultar la carga bajo la lengua.

Comenzó la noche del martes, tras aparcar el coche en el garaje: una molestia sutil, como un grano de sal gruesa. Para el domingo, la boca se le había llenado de diminutas aristas. Un poso de gravilla húmeda y varias astillas de cristal que laceraban la carne en silencio cada vez que tragaba saliva. El dolor era soportable, pero el verdadero esfuerzo residía en disimular el crujido cuando los dientes trituraban en secreto los escombros.

La hermana detuvo la jarra en el aire y lo observó con extrañeza. Le preguntó si se sentía bien, señalando la rigidez del cuello. Respiró hondo por la nariz, apretó los puños bajo el mantel e intentó articular la respuesta ensayada. Al separar los labios, la tensión contenida cedió y una lluvia de cristales y tierra rojiza repiqueteó contra la vajilla, extendiéndose por la mesa hasta alcanzar el plato del padre.

33. ¿Padre?

¿PADRE? (Gema Herráez)

Tumbado en la cama, con todos esos cables que transportan la vida artificial, parece inofensivo. Lo mira con los ojos cargados de pasado hiriente, de lágrimas infértiles que sólo alimentaron la autocompasión. Le hacía sentir pequeño, peor aún, por su especial sensibilidad, defectuoso. Nunca una palabra amable. Por dentro guarda escombros emocionales. Por fuera se ha construido una coraza, frágil pero eficiente, gracias a que corazones ajenos supieron aceptarle y brindarle respeto. Y ahora está sentado al lado de su cama esperando una muerte que tantas veces deseó como única escapatoria a su carácter hiriente y devastador. Padre, ¡qué palabra tan malgastada en él! Ni siquiera la palabra madre pudo frenar el tsunami de su agresividad. No sabe por qué está ahí. Quizás porque quiere reivindicar la bondad que no heredó pero que es capaz de sentir. De pronto abre los ojos. Quisiera reconocer en ellos la culpa, el perdón, pero solo ve miedo. La máquina empieza a pitar y una línea recta marca el final. Sin preaviso, inesperadamente, brotan lágrimas de sus ojos por lo que fue y por lo que pudo ser.

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