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“Se lo debo todo”, afirma ella en la entrevista mientras él, congelado cual mimo, sostiene la taza de café a centímetros del periódico. Se retuerce en el sofá y continúa leyendo: “Fue mi profesor de escritura”, masculla. Recuerda la inseguridad con que afrontaba las entregas de aquella alumna y cómo la hacía leer sus textos frente a sus compañeros. Ella balbuceaba, se trababa; luego él repasaba el listado casi interminable de carencias.
Enciende el ordenador y, como temía, su rostro preside todas las portadas. Justifica tal desproporción pensando que ha pasado demasiado tiempo desde Cela. Abre un correo electrónico de la editorial —están entusiasmados con el manuscrito que les envió hace dos años— y otro de ella. Se ovilla tras leerlo: dice que le gustaría hacerle llegar un ejemplar dedicado de su última novela. Como si no lo tuviera ya. Una escalera de pósits asoma por su canto: señalan los pasajes más brillantes. Ante algunos, se dice que debería haberse mostrado más duro; ante otros, que debería haberla elogiado hasta empachar su ego. Pero ya es tarde y el sentimiento de culpa solo remite cuando abre la carpeta de entregas de esta semana.
Con este alumno no volverá a pasar.
Sí, ninguno tuvo la culpa, éramos muy jóvenes y mucha gente a nuestro alrededor. Los sueños eran nuestros y empezamos a forjar un bonito plan para nuestro futuro. No fuimos cautelosos, éramos atrevidos y no conocíamos la palabra miedo, se lo contamos a todo el grupo, demasiadas personas para tan altos ideales. Dimos muchos detalles de cómo lo íbamos a llevar a cabo y sin darnos cuenta todos opinaban, todos nos daban sus razones,los pros y los contras que ellos veían y así empezaron los problemas. Al final la nada.
Hoy nos encontramos después de 40 años, hablamos de aquellos planes fallidos y nos preguntamos por qué no se realizaron ¿de quién fue la culpa?
Le tomaron juramento y se dispuso a relatar de nuevo su versión de los hechos. Recordó aquella calurosa mañana. El termómetro del viejo Ford Fiesta marcaba más de cuarenta grados a las diez y media. Ni se molestó en conectar el aire acondicionado, estropeado como tantas cosas en un cacharro que pocas veces lograba superar la Inspección Técnica de Vehículos.
Se detuvo tras un abuelo al que deberían haber retirado su permiso de conducir hace décadas, mientras que el copiloto del BMW situado a su izquierda le dedicaba todo su repertorio de muecas obscenas y cortes de mangas. Poco más que añadir. Intentó aparcar en el arcén para alejarse a pie del atasco y entonces recibió el impacto del descapotable de unos niñatos que le alcanzaron por detrás.
El juez le apremió impaciente a responder si se declaraba o no culpable. Él musitó cabizbajo que solo regresaba del centro comercial, después de comprar el cuchillo de cocina que le había encargado su mujer.
Entretenerme en reciclar una botella de plástico, un brik de leche y una caja de cartón, perder el autobús y esperar media hora hasta el siguiente. O tirarlo todo en el contenedor gris.
Ceder el asiento a la señora que acaba de subir para bajar en la próxima parada. O seguir mirando por la ventana porque a mí me esperan veinte estaciones hasta llegar a la residencia donde se encuentra mi abuela.
Aguardar unos minutos hasta que baje el ascensor que el panel sitúa en la décima planta. O utilizar el de camillas que está aquí, el de uso exclusivo para personal sanitario.
Darle un abrazo a la abuela, llorar en su hombro y decirle que he perdido el trabajo, la pareja y, creo, la cordura. O sonreír y sacar la caja de bombones que le he traído.
Comentarle el pronóstico médico cuando me pregunta si he hablado con el doctor. O desoírla y prometer verla la semana que viene.
Aceptar otro bombón antes de irme porque ella insiste y, al darme cuenta de que es el último de chocolate negro, dejarlo rápidamente. O quedármelo y saborearlo mientras camino hasta la salida, aun sabiendo que son sus preferidos.
En la escuela Aurelio era el capacico de las hostias. No es que fuera el más revoltoso, pero incapaz de acusar a los demás soportaba estoicamente recriminaciones y castigos.
Tanto cargar con culpas ajenas le fue esculpiendo una cara de permanente resignación. En realidad una máscara que ocultaba un exacerbado sentimiento. Sin duda algo tuvo que ver con la baja autoestima que iría conformando una personalidad dada al retraimiento y a la soledad.
Un día, mientras iba a trabajar, el corazón le dio un vuelco. Unos pasos más adelante caminaba con paso inseguro Eduardo, un compañero de colegio de ingrato recuerdo. Con todo, le impresionó verle así. Eduardo brujuleaba por el suelo, a tientas con la bolita de su bastón, buscando afanosamente el paso de cebra. Embargado por una súbita efervescencia vengativa, Aurelio recordó aquellos años. Estuvo a punto de hacer la ola a la oportunidad que le brindaba el destino, pero inexplicablemente sucumbió a un inoportuno brote de empatía. Tras un momento de duda se acercó y tomándole del brazo le ayudó a cruzar. Mirándole sin verle, Eduardo dijo, gracias. Aurelio abortó in extremis el rutinario “de nada” y se dio por vengado.
La visión del pupitre vacío me incomoda. Desvío la mirada hacia el corcho y mis ojos pasean, sin atención, por los carteles que hicimos el pasado Día del Libro. El tutor reanuda la charla. Pasea arriba y abajo por la tarima y nos cuenta que nuestro compañero —así lo llama— no volverá. Que ha dejado el curso a medias porque su padre ha encontrado trabajo en otra ciudad. Pero lo que dicen en el patio, en realidad, es algo muy distinto. Que se ha matado. Que se ha envenenado con unas pastillas que andaban por casa. Seguro que fue así y lo acabarán dando en las noticias.
Me detengo en su lámina, la que nos causó tanta risa porque le pintó al chico del dibujo unas gafotas como las suyas. A lo mejor era él mismo. Me hace sentir un poco mal el recuerdo de todo lo que le hacíamos y por eso intento alejar esos pensamientos refugiándome en el libro abierto sobre la mesa. El tutor habla del ausente y también del respeto y la convivencia. Oigo carraspeos detrás y me sorprendo contemplando, de nuevo, su pupitre vacío.
Por suerte, todavía nos queda el mariquita del 2º B.
—Échame a mí la culpa de lo que pase —le dije—. Soy solo un miembro más del jurado y no haré cambiar de opinión a los otros.
—No te preocupes. Disfruta de la experiencia.
Aunque la abracé con fuerza antes de que comenzara el certamen y le deseé toda la suerte del mundo, la envidia me creó un nudo en la garganta.
Nos presentábamos a concursos de microrrelatos exprés y ella siempre ganaba el segundo o tercer premio. El primero se le resistía. Y, a mí, todos. Me quedaba a las puertas. Odiaba verla tan sonriente y feliz recogiendo su premio y dedicándome unas emotivas palabras, a su partner in crime de las letras.
Cuando me ofrecieron ser jurado del certamen, no me lo pensé. Bromeamos con que reconocería su letra y la haría ganadora absoluta. En cuanto vi que los otros dudaban, insistí en imponer mi voluntad. En el momento del fallo, sonreí por dentro al oír un nombre distinto al suyo como ganador del primer premio. Ella ni se inmutó. Se giró y me abrazó: «Seguro que había relatos mejores. ¿Una cerveza?».
Cada vez que sale un concurso, pongo una excusa para no presentarme. No puedo fingir más.
El papel cruje al ser desplegado. Tiembla y se humedece en las manos del hombre que lee extrañado las cabriolas de tinta que surcan de negro el blanco.
“Me han permitido escribirte por ser un caso inaudito o insólito. Vamos, muy raro. Sólo quiero ayudarte y terminar con esto. De verdad que te entiendo, pero lo de ayer no se puede repetir.
He oído que tu padre era una leyenda y que ahora te toca a ti seguir sus pasos. Vale que no es un oficio bonito, pero es muy útil y necesario. Bueno, al menos en mi caso.
Ayer noté tus nervios cuando no atinabas con el collar y me pellizcaste al cerrarlo. Me dejaste a cuadros cuando me pediste perdón apurado. Tiene gracia. Por eso te dije que también era mi primera vez, por relajar el ambiente y quitar hierro. Cuando después dije lo de que fuera rapidito y a la primera no era mi intención meterte presión. Supe que la cagué al escuchar el porrazo en el suelo y el murmullo de los asistentes. Culpa mía.
Hoy tienes que cumplir. Entiende esto: Lo merezco. Lo necesito. Haz justicia.
Atentamente R. R”
Interrogado por sus padres, Javito admite tener un sentimiento agridulce. La satisfacción proviene del éxito de su experimento. Les cuenta con entusiasmo que, al concentrar con la lupa de gran aumento el haz de luz sobre el abdomen de pelusa de un abejorro, había surgido un hilillo de humo que, al momento, se convirtió en una llamarada que redujo el insecto a una bola de ceniza.
Luego, con cierta aflicción, relata lo que ocurrió poco después, cuando observó los rayos de sol que entraban por la terraza y al abuelo dormitando en el sofá con su pelliza de lana de oveja negra.
Sus andares, torpes y lentos, me producían rechazo. A mí sus trenzas lacias y sin brillo, cayéndole como dos palos secos sobre la espalda, me parecían ridículas. Ese titubeo, casi tartamudeo al hablar, me sacaba de quicio. La de lengua no podía disimular el rechazo hacia el rubor exagerado de sus mofletes cuando contestaba alguna pregunta, le delataba la urgencia con que la indultaba y pasaba turno a otra alumna. Y qué decir de esas gafas que, pese al grosor de sus cristales, no evitaban que chocase con todo.
La iglesia está a tope, y en torno al ataúd, multicolores ramos de flores con mensajes de cariño dejan poco espacio para nada más. Tus padres que no te olvidarán nunca. Tus abuelos, con el corazón roto, te amarán siempre. Tus tíos y primos. Tus compañeros de colegio y tus profesores… Esa banda se lee con claridad sobre un fondo de rosas blancas, alguien dijo que eran sus favoritas. Quizá. En el colegio nadie lo supo, ni cuál era su horóscopo, ni qué tipo de lectura prefería. Nada.
Nos dirigimos hacia el cementerio, la banda de profesores y compañeros de clase ondea sobre las rosas blancas, ¿sus favoritas?
El cuerpo, mejor dicho lo que se iba encontrando del cuerpo, estaba en la orilla, muy cerca del agua… una mano por aquí, un pie un poco más lejos, el brazo izquierdo más allá… La policía estaba confusa. Faltaba la cabeza, tan necesaria para una rápida identificación de ese cuerpo salvajemente mutilado.
En la otra orilla del río yo caminaba despacio, buscando el lugar idóneo donde depositar el contenido tan especial de la bolsa de deporte que llevaba en mi mano derecha. Ya tendría tiempo de pensar lo que haría con el hacha ensangrentada que llevaba en la otra mano.
Llegué a casa y Maria, mi mujer, me recibió con una amplia sonrisa. ¿Ya está?. Asentí con una sonrisa triste. No te preocupes, me dijo, nadie te va a culpar por descuartizar a un pederasta, condenado y huido de la justicia, que ha violado a más cuarenta niños menores de seis años, asesinando a alguno de ellos.
Jesús, nuestro hijo, que hoy cumpliría once años, hace seis que dejó de vivir con nosotros.
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