Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

LA CULPA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA CULPA

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA CULPA. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE NOVIEMBRE

Relatos

HASTA QUE SE DEMUESTRE LO CONTRARIO

Con su gato Mishi, que no participó en los hechos según parece, mantiene una tensa relación desde entonces, y la sospecha le impide mirarlo como antes, porque se figura que, pese a haber quedado libre de cargos, pues las plumas no se hallaron en su canastilla ni en su hocico, podría haber urdido el siniestro plan que le costó la vida a la gata del vecino, autora material del homicidio del periquito de la portera, una amable señora que le dio a probar esa nueva marca de pienso vigorizante para que lo perdonara por lo de la castración.

34. Vidrios y grava

Los cubiertos marcaban el ritmo de la cena contra la porcelana. Recorría las caras alrededor de la mesa con recelo, mientras el cuñado amenizaba la velada con cifras de seguros y la hermana servía la sopa. La sonrisa hermética mantenía los labios sellados para ocultar la carga bajo la lengua.

Comenzó la noche del martes, tras aparcar el coche en el garaje: una molestia sutil, como un grano de sal gruesa. Para el domingo, la boca se le había llenado de diminutas aristas. Un poso de gravilla húmeda y varias astillas de cristal que laceraban la carne en silencio cada vez que tragaba saliva. El dolor era soportable, pero el verdadero esfuerzo residía en disimular el crujido cuando los dientes trituraban en secreto los escombros.

La hermana detuvo la jarra en el aire y lo observó con extrañeza. Le preguntó si se sentía bien, señalando la rigidez del cuello. Respiró hondo por la nariz, apretó los puños bajo el mantel e intentó articular la respuesta ensayada. Al separar los labios, la tensión contenida cedió y una lluvia de cristales y tierra rojiza repiqueteó contra la vajilla, extendiéndose por la mesa hasta alcanzar el plato del padre.

33. ¿Padre?

¿PADRE? (Gema Herráez)

Tumbado en la cama, con todos esos cables que transportan la vida artificial, parece inofensivo. Lo mira con los ojos cargados de pasado hiriente, de lágrimas infértiles que sólo alimentaron la autocompasión. Le hacía sentir pequeño, peor aún, por su especial sensibilidad, defectuoso. Nunca una palabra amable. Por dentro guarda escombros emocionales. Por fuera se ha construido una coraza, frágil pero eficiente, gracias a que corazones ajenos supieron aceptarle y brindarle respeto. Y ahora está sentado al lado de su cama esperando una muerte que tantas veces deseó como única escapatoria a su carácter hiriente y devastador. Padre, ¡qué palabra tan malgastada en él! Ni siquiera la palabra madre pudo frenar el tsunami de su agresividad. No sabe por qué está ahí. Quizás porque quiere reivindicar la bondad que no heredó pero que es capaz de sentir. De pronto abre los ojos. Quisiera reconocer en ellos la culpa, el perdón, pero solo ve miedo. La máquina empieza a pitar y una línea recta marca el final. Sin preaviso, inesperadamente, brotan lágrimas de sus ojos por lo que fue y por lo que pudo ser.

32. Justos por pecadores (Fuera de concurso)

Coge el mazo y, antes de levantarlo, mira al condenado. Se parece tanto a su propio hijo, la misma complexión, el mismo color de ojos, de pelo, los rizos… Sube el brazo más, un poco más. Incluso tiene la misma voz y ese vocabulario juvenil que tanto odia. La mano llega a la altura en la que comienza a bajar. El suyo es un puñetero adolescente violento que siempre le mira desafiante. El mazo acelera hacia la mesa. Y el condenado es un pusilánime que lloriquea todo el tiempo, como sus padres. El golpe es seco, contundente, sin vacilación. Le han implorado varias veces clemencia de rodillas. Se levanta y deja el mazo con un ligero temblor. Podría haber sido ese padre si no hubiera movido los hilos.

31. NO TE CREO (Javier Viraje)

Pretender calcular el peso de la culpa equivale a querer saber a qué huelen las nubes. El sentimiento de culpa no tiene peso por la misma razón que el saber no ocupa lugar. Lo que no es consistente, ni en tiempo ni en forma, queda siempre fuera de todo sistema de medición. Esas cosas las fui aprendiendo de niño, arrodillado ante la celosía del confesionario en el que cada domingo (y fiestas de guardar) le relataba al padre Octavio mis pecados.

─Defina pecado ─le dije un domingo al padre Octavio.

─Hijo, pecar es ir en contra de la Ley de Dios ─me respondió─, y añadió, en función de la gravedad de la ofensa así habrá de ser la penitencia que la repare, el peso de la ley pondera el peso de la culpa.

Hoy sé que el sentimiento de culpa es una connotación moral inculcada desde niños a través de una ley impuesta, pero también sé que el peso de esa ley únicamente recae en quienes creen en ella.

30. ANGUSTIAS VITALES

En clase tocó meteorología. Cubrimos las paredes del aula con climogramas y mapas de todos los colores mostrando el funcionamiento del clima, los distintos tipos y las consecuencias de alterarlo.

Mi padre, sorprendido por mi interés en el tema, escuchó atentamente cuando le expliqué ya en casa todo lo que había aprendido al respecto. Añadió simplemente la idea del efecto mariposa para insistir en la responsabilidad de todos en el asunto y bajó a poner la mesa.

La voz de mi madre llamando a comer coincidió con la entrada de mi padre de nuevo en la habitación. Había oído un golpe seco y se acercó a ver si estaba bien. Cuando me vio orgulloso, con la zapatilla en la mano, una mueca de terror cubrió su rostro. Aterrado, comprendí enseguida la gravedad de la situación. «Era una polilla papá. Solo una polilla».

Desde entonces vivo en una angustia permanente; temo que alguna de las catástrofes naturales que se suceden en los telediarios haya sido por mi culpa.

29. El dedo (Nuria Rodríguez Fernández)

 

Cada noche regresan. La madre y sus tres hijos. Cuatro pares de ojos desmesurados, hundidos en rostros donde el hambre ha borrado la infancia. El pequeño sigue descalzo. Nunca crece.
Tú eres viejo. Duermes con la luz encendida.
Los ocultaste bajo las tablas del sótano hasta que llamaron a tu puerta. Botas negras. Voces de hierro. Una pistola en la nuca.
—¿Dónde están?
Pensaste en tu mujer. En tus hijos. En el miedo a morir.
Y señalaste el suelo.
Arrancaron las tablas. La madre se abrazó a los niños mientras los arrastraban. El pequeño volvió la cabeza hacia ti. Tenía la piel pegada a los huesos, los labios agrietados y unos ojos enormes, vidriosos, demasiado grandes para su cara. No lloraba. En sus pupilas cabía todo el horror del mundo y tú estabas allí, reflejado en ellas.
Han pasado décadas. Tienes nietos. En las fotografías familiares sonríes, pero por las noches los cuatro se sientan al borde de tu cama.
Intentas gritar. El pequeño abre la boca. No tiene dientes. Solo un agujero negro del que sale tu propia voz.
Quieres pedir perdón, pero llevas tantos años tragándote sus nombres que ya no te cabe nada más en la garganta.

28. CARCOMA

El polvo cae por las rendijas del suelo durante la noche, son las horas de mayor actividad de las ocupantes del desván. Todas las mañanas, Mario pasa una gamuza por los muebles y barre el suelo en un empeño inútil de eliminar su rastro. Con los rayos de sol filtrándose por las ventanas, olvidarse de ellas parece posible. Pero a la tarde, vuelve el abatimiento y la certeza de que acabar con la carcoma que corroe la casa es una tarea inútil. En la duermevela escucha el vaivén de la vieja mecedora de su madre y las carreras de la niña. Imagina a la madre, con la misma sonrisa que en las fotografías que le mostraba el padre, tejiendo la ropita que nunca le vería estrenar. Instantáneas de una vida feliz: la vida antes de él. Pero ve, con la misma nitidez de aquel día, el rostro de la niña. Su gesto de asombro frente al parabrisas antes de caer bajo las ruedas de su coche.

27. Confesiones

―Ya se lo he dicho, padre, que yo no soy el responsable de mis actos. Que en mi clase hubiera niños predispuestos a ser diana de mis burlas, no es mi culpa. Yo hacía por evitarlos, pero ellos se me ponían en medio. Que quemara el coche del profesor de matemáticas, no es mi culpa. Él sabía muy bien que yo necesitaba ese aprobado. Que provocara el accidente de avión en la pista de aterrizaje, no es mi culpa. Tan solo tenían que haber aceptado mi solicitud para la formación de controlador aéreo. Que le diera croquetas con acetona al perro del vecino para que por fin me dejase dormir la siesta, no es mi culpa. Si me hubiera hecho caso y le hubiera puesto un bozal. Que esté ahora aquí entre rejas, no es mi culpa. Con la de años casados y todavía no sabe ni calentar una sopa.

―Entiendo, hijo. Yo te absuelvo.

―Que no, padre, que no es culpa mía, le repito. ¿Ve cómo usted tampoco quiere escucharme? Lo que está bien claro es una cosa. La gente se ha confabulado contra mí desde que nací. La víctima siempre he sido yo.

26. Apariencias (Aurora Rapún)

No sintió nada tras patear al mendigo que apestaba el cajero con sus mantas mugrientas. Ni siquiera un mínimo remordimiento por atropellar al gorrilla que ensuciaba la calle con su mera presencia. Ni un ápice de lástima por abandonar en una carretera al chucho baboso de su hermana. 

Orgulloso de ser un ciudadano perfecto al que sonreía la vida, se limitaba a sacarle brillo cuando esta se manchaba.

La madre tardó en percatarse. Le costó atisbar, tras las grietas, la oscuridad que albergaba su vástago. Cuando al fin lo hizo, de entre los muchos demonios que la devoraron, el que mordió con más fuerza fue el de la culpa, que, aunque la fue corroyendo por dentro, no evitó que continuara presumiendo ante todos del hombre modélico en que se había convertido su hijo.

25. LA CULPA

Érais como hermanos o al menos eso creía él y le manipulaste y traicionaste. Érais buenos amigos y les manipulaste y traicionaste. Todos te ofrecían buenos consejos y de todos te reías creyéndote superior. Gastaste tu buen dinero a espuertas y tu viste que vender tus pisos en nuda propiedad. Fuiste un adicto a las compras compulsivas, a lo material, pero toda tu gente lo podía comprender por la minusvalía que tenías. Lo que nunca comprendieron fue que te portaras mal, dando la imagen de hacerlo bien. Les pretendías comprar con dinero y cuando hablaban a tus espaldas de tu forma de ser y les oías a hurtadillas, en vez de reconocer tus fallos, les ladrabas. Nunca fuiste feliz, pero no hiciste nada por remediarlo. Siempre, escapándote de ti mismo. Y ya no te queda nadie, tan solo un cuidador colombiano que te saca los ojos, pero como es bien parecido, se lo perdonas. Pero a ti ya no te perdonas nada: la culpa se ha convertido en tu mejor compañera de tus últimos años de esta triste vida que llevas. Y ya es demasiado tarde para cambiar, amigo.¡No sabes cuanto lo siento! Pero ya no te quiero (ver más)…

24. La niña muerta (Fuera de concurso)

La primera vez que me visitó la niña muerta, del susto se me cayó el frasco de aceite de rosa mosqueta al suelo del baño. El pelo, blanco, le nacía por encima de una pequeña cicatriz en su frente —como una luna menguante— y caía ralo por los lados de la cara; los ojos, grandes y negros como huesos de albaricoque, me miraban fijos. Me agarró de la mano y señaló la ventana. Desapareció, asustada por los golpes en la puerta, dejando el aire lleno de olor a hierba y tierra.

«¿Qué es ese ruido? ¿A qué huele, joder?»

La segunda vez que la vi, en el dormitorio, se agachó, acarició mi pelo y me secó las lágrimas. Posó su mano bajo mi vientre aún hinchado y se manchó de sangre. Vi que ella también lloraba. Señaló de nuevo la ventana. Se desvaneció con los gritos, antes del portazo.

«¡La próxima vez te mato!»

La tercera, en el hospital, me observó resignada desde detrás de los policías. Su dedo, menudo y frágil, apuntó por última vez a la ventana antes de irse para siempre. Esta vez la entendí. Le pedí perdón, pero ya era tarde.

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