Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

INCERTIDUMBRE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA INCERTIDUMBRE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA INCERTIDUMBRE. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
días
0
4
horas
0
0
minutos
2
7
Segundos
0
8
Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

Múltiples expectativas

—Ya verás que alto y hermoso serás. Llevarás de cabeza a las chicas del barrio.
—Ángela, le he comprado la camiseta más minúscula que encontré del equipo del pueblo, aunque seguro que Bruno jugará en un club muy importante.
—Mejor que estudie mucho y gane mucho dinero con un buen empleo en una multinacional, como vuestro vecino, el que se mudó a un chalet con piscina en las afueras.
—Mi niño tocará la tuba con virtuosismo. La que yo utilicé está guardada en el altillo hasta que tenga edad para empezar con ella —dice su padre mientras pone de fondo un nuevo concierto para instrumentos de viento.

Mamá, con su voz dulce, me susurra mimos y me canta inventando letras llenas de fantasía. Los otros… Pensáis que no os entiendo, que soy demasiado pequeño; pero sé que habláis de mi futuro y contáis con que alcance grandes metas. ¿Conseguiré lo que esperáis de mí? Quizá no seré tan guapo, fuerte y listo como creéis. Quizá no me gustará la música ni el fútbol. ¿Por qué lo complicáis todo tanto? ¿Qué debo hacer?

La mañana siguiente Ángela se despertó con sangre entre las piernas.

Sesenta pares de hierro

El verano pasado me arrolló un tranvía. De no haber sucedido, hoy cumpliría cincuenta años. Pero la máquina expendedora, esa que escupía el futuro, tenía razón. O no. Era la novedad de aquella feria y a mi yo adolescente solo le interesaban los presagios de amor. Metí una moneda en su ranura y el artefacto me devolvió un papel grisáceo con una frase: “Decenas de zapatos te conducirán al amarillo fatídico en tus últimas vacaciones en autocar”. No entendí nada, aunque determiné eliminar el uso de ese transporte y del color.

Después, la vida continuó. Me casé, no tuve hijos, me divorcié. Hasta que me apunté a un prometedor viaje para singles. Un crucero fluvial por el Danubio. Debido a la sequía, el río se había vuelto innavegable. Tuvimos que abandonar la embarcación en Budapest para continuar en autocar. Intenté olvidar la vieja premonición y sosegarme.

Al bajar al muelle, los vi en la orilla. Montones de pares de zapatos en hierro fundido. Entré en pánico y corrí asustada. No escuché el traqueteo. Tampoco el clank-clank de la campana ni el frenazo. Solo sentí contra mi cuerpo el impacto del tranvía amarillo.

Alerta máxima…

El inspector acercándose más a la pantalla le dice al policía:

—Acaban de lanzar una moneda al aire.

—Sí, es para decidir los turnos.

—¿Son risitas nerviosas lo que se escucha?

—Así es, señor. ¡Menuda pandilla de descerebrados!

Después el silencio es total. Solo se escucha el goteo de alguna vieja cañería.

—Sube el volumen —Suárez.

—¡Dios…! ¿El clic ha sido el del gatillo? Este se ha librado.

Cuando el revolver pasa al siguiente, al chico le tiembla la mano al colocarse el cañón en la sien.

El grito de euforia después del clic hace que los policías se aparten asustados de la pantalla.

—Esto es muy fuerte, inspector, tienen que estar drogados.

Nuevamente se escucha girar el tambor del revolver…

—Amplía la imagen, dale al zoom. ¡Joder, pero si es un crío!

De repente la pantalla se bloquea, la imagen queda congelada con el rostro del tercer chaval atrapado en una mueca de tensión indescriptible.

¿Y esta grabación con qué teléfono se hizo? —pregunta el inspector al policía.

—Fue hecha desde el teléfono de la chica, señor, la número cuatro. La última en apretar el gatillo.

 

72. Refugio

A los veinte años se quedó sin ella y sin prisa por volver a casa. Se acostumbró a andar sin rumbo y a volver cuando cerraban los bares. Un día, empujó la puerta de la iglesia como quien busca pelea sin importarle con quién, pero dentro no encontró el frío que recordaba. Se sentó en un banco y no se levantó hasta que el cura empezó a apagar los cirios.
Durante años encontró allí la calma de un mundo dispuesto de antemano. Se sabía de memoria el orden de la misa y el nombre de quien ocupaba cada banco. Pero, desde hace un tiempo, el olor a incienso lo ahoga. Solo esa mujer, siempre en primera fila, le concede un respiro. Hoy, las flores de su vestido parecen encendidas por la luz de las vidrieras.
Al final de la misa, entra en la sacristía y se quita la casulla, la estola y el alba. Entonces nota que aún lleva puesto el alzacuellos y lo arroja al suelo. No cae de golpe, sino lentamente, como las certezas que se resquebrajan sin hacer ruido.

71. Al bajar la cuesta

María descendía por la cuesta del Pozo. Finalizaba el verano y aún ululaban las tórtolas; los prados olían a hierba seca, humedecida por el aguacero de la mañana. En ese recodo del camino el bosquecillo proporcionaba una sombra fresca y el viento del nordeste hacía susurrar las hojas de los árboles. Caminaba despacio, pensando en futuros imposibles, en presentes eternos. Un ligero movimiento de las ramas y una suave brisa que agitó su cabello e hinchó la falda del vestido la llenaron de una alegría desprevenida. Los futuros imposibles podían ser y el presente, eterno.

Al pasar por delante de la casa fea y destartalada del barrio vio a su madre hablando con una vecina. La vecina preguntó por la edad de María. —Está grande, parece que tiene más años. Ya poco le queda para ser una mozuca —la vecina tenía el delantal puesto, mojado, pues había estado limpiando las zanahorias y los puerros para llevar al día siguiente al mercado. —Ya verás, Elena —dijo a su madre—, cuando esta empiece a presumir. Estos comentarios demolieron la alegría de María. De pronto, el tiempo no se detenía. El futuro estaba cercándola y ella no quería. No podía. No sabía.

70. El amargo néctar de la incertidumbre

Estás sentada en tu butaca de todos los días, el rincón donde la experiencia se acurruca contigo y las certezas se han vuelto escasas. Como cualquier otro día, se despliega a tu alrededor la vorágine familiar repleta de empeños, apremios y regañinas: “¿…filosofía? Mejor prepárate para dirigir la empresa, zoquete” “…demasiado papeleo, cariño. Este fin de semana no voy a poder.”

Conoces bien el suicidio de una desatención, el nocivo eco de la palabra desbocada, pero… cómo mostrar el frágil hilo del que todos pendemos ¿Cómo prevenirles? ¿Cómo enseñar la importancia de hacerse amigo de la incertidumbre?

Con un sordo suspiro, aceptas la invitación de la prudencia y te recuestas sobre el respaldo de tu longevidad, sabedora de que el tiempo no admite atajos, y los consejos, tampoco.

69. LOS DIOSES DE NUESTROS PADRES

La multitud emitía un murmullo ensordecedor ante su puerta. Los alguaciles registraban cada rincón, buscando pruebas. Luego, se lo llevaron maniatado.
El poblado estaba conmocionado, pues aquel anciano había sido nuestro guía toda la vida, ejerciendo de sacerdote, chamán y consejero. Mis padres habían aceptado su conexión con los dioses, de quienes recibía señales e indicaciones como hicieron nuestros mayores.
Hablar con él era intimidante, pero reconfortaba. Adivinaba cuestiones íntimas y a veces anticipaba sucesos como tormentas de ranas o temblores de tierra. Cuando recibía señales especialmente nítidas, sueños premonitorios sobre amenazas catastróficas, apremiaba al jefe para convocar al poblado en asamblea.
Según supimos después, alguien le había descubierto escuchando por las ventanas. Tras seguirle un tiempo, comprobaron que trucaba sus predicciones. En su casa había anotaciones sobre todos nosotros y escritos sobre sueños. Algunos ya transmitidos, otros en elaboración.
Desconcertado ante la posibilidad de que aquel hombre fuera un fraude, recordé cuando, años atrás nació nuestro séptimo hijo y vino a casa susurrando que había soñado con él y que los augurios eran fatales. Nuestro hijo suponía una amenaza y los dioses exigían actuar rápido. Mi mujer quiso huir y yo me entregué a la fe de nuestros padres.

68. Cita a ciegas

Hace tiempo que John sobrevive con las oportunidades que le ofrece el azar. Mozo de carga, barrendero, deshollinador, ladrón de tumbas o, si no sale nada mejor, mendigo. En un mal negocio perdió su fortuna y ahora su hogar está entre dos bancos de un parque. La policía a veces lo busca para ofrecerle algún empleo. Hoy va a ser figurante, junto a otros cuatro hombres, frente a la víctima de un intento de asesinato. Camina hacia la comisaría arreglando las arrugas de su atuendo para estar presentable a la hora de interpretar su papel. Cuando llega, se coloca detrás de un cristal con los demás. Al otro lado, una señora de mediana edad entorna los ojos. En la rueda de reconocimiento se encuentra un agente disfrazado de vagabundo. Susurra que la dama metió las gafas en su bolso, se empolvó la nariz antes de entrar y que se llama Susan Wiggins. Ella ve las caras borrosas, aunque es capaz de distinguir los colores. John se acuerda de su mujer. Tiene el mismo nombre, es miope, coqueta y le juró venganza por arruinarla. Entonces mira alrededor y observa que, mientras todos van de negro, él lleva su eterna levita gris.

67. Trazos (Fuera de concurso)

«No debes ocuparte de lo que hay más allá de la llanura», le repetía su padre cada vez que él, curioso, señalaba la línea del horizonte. «No hay que preguntarse por aquello que no podemos entender», insistía su madre, cuando su cabeza se alzaba, inquisidora, en busca del sentido de aquellas nubes inmóviles que regaban generosas la pradera, o de aquel sol benefactor que, desde los márgenes del cielo, sonreía a todas horas. Con frecuencia, contemplaba a los pájaros suspendidos frente a él. Jamás bajaron a picotear en el jardín.

Nunca obtuvo explicación al ritual que repetían cada vez que se acercaban los ruidos. La primera señal eran los pasos. Después, los tres tics intermitentes y, al fin, la luz que lo inundaba todo. Tomaban posiciones. Él, en medio de sus padres, dando una mano a cada uno. Ellos alzaban el brazo libre. Los tres combaban la boca en una mueca absurda. Luego, todos se quedaban quietos.

«¿Por qué?», preguntaba cuando volvía la oscuridad. «Porque así ha sido siempre», le decían. Las cinco líneas de su cuerpo se estremecían e, irremediablemente, dentro del círculo de su cabeza, los extremos de la raya de su boca se torcían hacia abajo.

66. DONDE TERMINA LA ORILLA

Aprieta el timón con la vista clavada en la docena de niños descalzos que desembarcan sin articular palabra mientras lanzan una mirada fugaz al horizonte.

El agente balancea el bastón de plástico rojo para que se alineen pegados a la pared. Los pequeños avanzan con los pies a rastras, dejando una sombra húmeda a su paso. Algunos se encogen en el suelo, unen las manos e intentan detener el temblor de las piernas. Cientos de flashes les iluminan las pupilas. Ellos entrecierran los párpados y agachan la cabeza. Los voluntarios se apresuran a repartirles alimentos, ropa seca y una manta metalizada que deslizan por sus hombros.

Desde el muelle, las cámaras y los micrófonos de los periodistas retransmiten la noticia que atribuyen al «buen tiempo», sin darse cuenta de que por los surcos de sus mejillas no rueda agua salada, sino el desamparo de caminar por un mapa que no reconocen.

Lo mismo que le había sucedido a él.

 

 

 

 

65. De buena esperanza

Envueltos en el cierzo que atraviesa el pueblo, el pequeño y su madre abandonan la plaza de la mano. «¡Quedan dos renacuajas!», anuncia la matrona antes de meterse al carromato y salir con una niña en brazos. La deja en el suelo de barro seco y señala al grupo de mujeres que, alineadas a veinte pasos de distancia, agitan urgencias, esperanzas y muñecas de trapo. La niña descubre ese derroche de brazos extendidos e inicia un andar torpe. Cambia de dirección como un títere sujeto por hilos caprichosos y duda hasta que su mirada se fija en una de ellas. Y ambas sonríen.

En cuanto la niña concede su primer «mamá», callan algunas mujeres.

Otras maldicen.

Miran ahora hacia su última oportunidad: el cesto de mimbre que sostiene la matrona. Luchan contra su instinto de acercarse, repitiéndose que sería injusto para las demás. «Tendrá unas veinte semanas», «¡qué hermosura!»,  o «la llamaré Ángela», dicen de puntillas mientras la matrona eleva la mirada hacia el campanario. Cuando la cigüeña se posa junto al cesto y prende el asa con su pico, todas ellas se apresuran a sacar de los repliegues de sus vestidos cuantas lombrices, topillos y escarabajos puedan ofrecerle.

64. CONTRA RELOJ (Blanca Oteiza)

Tener amigos con los que salir de fiesta, terminar la carrera y encontrar pareja. Un trabajo que dure y que a la vez mole. Ver mundo: baños en playas paradisíacas, ascender a cumbres sobre las nubes, dejarse perder por pueblos medievales y caminar entre rascacielos de las urbes más cosmopolitas. Conducir un coche moderno y comprar la casa de los sueños. Ver crecer a los hijos que han ido llegando y verlos marchar con ilusiones como las que uno mismo tuvo hace ya tiempo. Jubilarse y poder levantarse sin hora, pasar la mañana pintando y las tardes paseando. Esperar al domingo para comer en familia. Arrumacos al cónyuge que a pesar de los años sigue mirándote como el primer día.

La incertidumbre de llegar a tiempo de cumplir todas las metas. En el umbral de la despedida te das cuenta, que la vida ha sido una carrera de obstáculos.

Nuestras publicaciones