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Se despereza. Ha dormido como nunca. Se siente nuevo, descansado. Bosteza, entreabre los ojos y se gira. No hay despertador, tampoco mesita ni colchón, solo nota bajo su cuerpo un suelo terroso. Se frota los ojos y se incorpora. No tiene sillas o armarios; ni una pared, ni un techo. No existe una casa. Anda unos pasos. Le golpea el viento y se le clavan las piedrecitas en los pies. No lleva zapatos, ni cartera, ni dinero, ni un pijama. Está desnudo y tiene sed. Tampoco reconoce el lugar: plantas, animales, ruidos extraños. No entiende nada. Se acurruca, se abraza con fuerza y nota un ligero vacío donde antes había una costilla.
La organización no daba crédito a la solicitud recibida. Una marciana de piel verdosa, grandes ojos amarillos y enigmática sonrisa había enviado una fotografía y su currículum para participar en el certamen de Miss Universo.
Tras revisar las bases, la institución convocante no encontró argumento alguno para rechazar la candidatura. El reglamento no exigía haber nacido en la Tierra.
Los cánones de belleza podían discutirse; el significado de la palabra «universo», no tanto. Pero ¿cómo comparar la armonía de un cuerpo terrestre con la de un ser llegado de otro mundo?
La noticia sembró el desconcierto. Mientras los científicos intentaban averiguar cómo aquella candidata había conocido nuestra existencia y el certamen, una pregunta más inquietante comenzó a extenderse: ¿desde cuándo nos observaban?
El jurado aguardó expectante su llegada.
Solo entonces comprendieron el verdadero motivo de su inscripción.
No venía a concursar. Quería comprobar qué clase de inteligencia había detrás de una ocurrencia semejante.
Marta se ha sometido a un caro e innovador tratamiento de belleza en una clínica puntera de neuroestética. Ha tomado buena nota de las indicaciones de la doctora que la ha atendido. Ésta le ha explicado muy bien el motivo principal de sus arrugas dinámicas: es demasiado sensible y expresiva. Tiene que evitar siempre que pueda los movimientos repetitivos de sus músculos faciales. Son el principal origen de los surcos que afeaban su rostro al llegar a la consulta: patas de gallo alrededor de sus ojos, líneas de marioneta circundando su boca…
Para garantizar unos resultados duraderos, deberá tomar unas píldoras inhibidoras de las emociones. Así evitará reír, llorar y todo aquello que la haga gesticular gratuitamente.
Ya en la calle, saca un pequeño espejo del bolso para verse con luz natural. Observa con satisfacción su aspecto. Perfecto, ni rastro de arrugas. Uf… ¡ha estado a punto de sonreír!
Se dirige veloz a la farmacia. Cuanto antes tome la medicación, mejor.
El fin de semana, como muchos, se reúne con los suyos. Conforme se acerca al pueblo se sorprende al comprobar que la alegría de pertenecer a ese lugar y a esa familia prácticamente ha desaparecido.
Peina por última vez a la muñeca, su única pertenencia. La guarda en el armario, donde aún cuelgan la camisa de rayas y el abrigo que usa para ir al colegio, pero no el vestido largo que le han comprado para que él la conozca. Ese ocupa la pequeña maleta sobre la cama. Lo ha estrenado una semana atrás.
Aquella tarde, él la había mirado sin prestarle atención, y se había encerrado en la sala con su padre.
—Van a hablar cosas de hombres —había dicho con tono triste su madre.
Cuando salieron, ella, roja de vergüenza, no había levantado la cabeza. No le había mirado a la cara. Solo sabía que tenía zapatos de viejo.
Su madre entra al cuarto con el vestido blanco y vaporoso plegado sobre el antebrazo y una sonrisa forzada en el rostro. Lo deposita junto a la maleta.
Con delicadeza la hace sentar sobre su falda y mientras calla todo aquello que quisiera o debiera decirle, empieza a peinarle el largo cabello por última vez.
Mi abuelo siempre contaba que, una noche de faena, pescó a mi abuela en sus redes y que ella cambió su cola de escamas plateadas por una vida juntos. La abuela le quitaba importancia con la mano, mientras cruzaban sonrisas cómplices. Cuando el abuelo murió, creí que ella se nos iba detrás. Se pasaba todo el día sentada en el sofá, pálida, con un velo triste en la mirada, como uno de esos cielos grises de lluvia fina. Desaparecido lo que la anclaba a la tierra, el mar la reclamaba con un murmullo insistente y poderoso, y cada vez bajaba con mayor frecuencia a la playa, a enredar los pies en la espuma que lamía la arena, dejando que el viento le alborotase las canas y los sentimientos.
Hoy, no conseguimos encontrarla por ninguna parte. Sus huellas se pierden entre las rocas y sus zapatillas flotan en un charquito que dejó la marea, junto a unas algas y un cangrejo asustado. Sospecho que al fin ha regresado allí donde pertenecía: en esa botella con un velero dentro que me regaló el abuelo por mi quince cumpleaños, junto al barco nada ahora una sirena de cola plateada y canas al viento.
Se supone que debes sentirte parte de la obra de Dios, igual que lo vive el resto de tu comunidad. Pues no. Sigues siendo un añadido que no encaja. Parece mentira que tantas oraciones no te hayan apaciguado el alma en estos largos años. Cuando miras al Cristo en la cruz, siempre ves esos mofletes sonrosados que contemplaste apenas unos segundos y que, aun así, quedaron grabados en tu retina de por vida. Era un niño. Lloraba hasta quebrársele el grito, como si supiera que lo separaban de su madre. Quisiste cogerlo, pero no te dejaron acercarte al bebé en ningún momento antes de que desapareciera de tu vista en un Hispano-Suiza reluciente de un adinerado beneficiario de la orden. Eras una perdida, no tenías derecho a nada. Solo a rezar durante todos los días de tu aciaga existencia en un convento que no sale en los mapas.
Sí, el fuego lo iniciaría él, pero la chispa llevaba germinando muchos años.
Aprovechó que Luis, Eduardo y Antonia, los únicos amigos en la empresa, disfrutaban del día libre para llevar a cabo su plan.
El encargado de la seguridad, un chulo con pretensiones de matón, a esa hora se refugiaba en su sala para comerse el bocadillo y seguramente ver porno.
La mayoría de los trabajadores estarían sumisos y cabizbajos en sus puestos, con nada en sus cabezas mas que el tictac del reloj que les acercaba a la hora de salida.
Entró en el despacho y cerró el pestillo. Manuel no pudo decir nada, el golpe en la mandíbula le dejó sin palabras, y sin varios dientes. Otro en el estomago le arrebató la voluntad de defenderse. Por suerte la habitación estaba insonorizada para que no se escucharan los jadeos de las empleadas que eran invitadas a realizar tareas especiales. Manuel se jactaba de que no eran pocas.
Ahora, en el suelo, llorando y sangrando no parecía el jefe prepotente y acosador que aterrorizaba a sus empleados. Le propinó quince patadas, una por cada año explotado en la fábrica.
En unos segundos las llamas harían su trabajo.
La mujer que nunca había tenido nada ansiaba los ojos verdes que sujetaba en la palma de la mano con la misma desesperación con la que racionaba la comida que esa dependienta que fue tan bella le regalaba cada mañana al verla mendigar en la puerta de la tienda en la que trabajaba.
Sus dedos, por pasar el rato, trenzan peciolos desnudos de falsa acacia con los que crea animalillos amorfos. Aunque nadie se interese por su destreza. Mira a su alrededor deteniéndose a envidiar la gracia y precisión de las que saltan a la comba, la agilidad de los que juegan a baloncesto, el glamour que destila el corrillo de las guapas, el magnetismo que emana del grupito de los mayores. Los estudia a todos, busca diferencias, cualidades que emular.
Uno de los pequeños, atraído por su actividad, se sienta a su lado y hace mil preguntas, pero no pone empeño en deshojar las ramitas con el «gallo-gallina», ni quiere aprender a hacer trenzas: huye hacia los columpios.
Un balón la golpea y cae a sus pies. Se levanta dolorida, pero sonriente, e intenta devolverlo de una patada. Tropieza con el banco y el improvisado zoo de cestería va al suelo. Un compañero de clase se acerca a buscar la pelota. No pide perdón, ni la invita a jugar: la mira con un mar de desprecio.
Comienza a llover, la gente corre a refugiarse. Ella trata de imitarles. Resbala, trastabilla. Sus gruesas gafas se enturbian con incómodas gotitas. Sus ojos, también.
Cuando el bip anunció que el último artículo había pasado por caja, Marcos contestó que pagaría con tarjeta. Vanesa le entregó el ticket y un segundo papel. «Descuento del diez por ciento en su próxima compra, si la realiza antes de dos días», le dijo, mecánicamente. Una vez cargadas las bolsas en el maletero, pensó que tal vez necesitaba unos pantalones. Cerró el coche y volvió a pasar por delante del sonriente vigilante del Forever shop 24×7, rumbo a la sección de confección. De camino, cogió un brik de nata, que había olvidado antes.
Al pagar, Marisa le ofreció un nuevo papel, asomando entre sus largas uñas de lunares rojos: «Veinte por ciento de descuento en parafarmacia, en compras efectuadas hoy».
Cinco días más tarde le llamaron desde su trabajo para preguntar por su prolongada ausencia, pero Marcos no contestó. Acercaba el móvil, con mano temblorosa, al datáfono que le ofrecía Marta, mientras esta le anunciaba un quince por ciento de rebaja en vinos durante los próximos treinta minutos. «Por ser cliente vip», añadió.
Cuatro días después, Emilia, una reponedora, avisó al servicio de limpieza. Acudieron con desgana a retirar el cuerpo del pasillo de frescos.
—¿Ha tenido usted alguna vez la sensación de ser la única persona cuerda entre locos?
—Tutéame, voy a ser tu terapeuta.
—¿Ha tenido usted…?, perdón. ¿Has tenido tú alguna vez la sensación de ser la única persona cuerda entre locos?
—Tú, ¿sí?
—Sí, constantemente. Aunque a veces dudo.
—¿Dudas? ¿De qué?
—De mí misma.
—¿Dudas de ti misma? ¿Por qué?
—Porque creo que si todos están de acuerdo y yo pienso lo contrario…
—Continúa.
—… la loca puedo ser yo.
—¿Fuera del trabajo te ocurre lo mismo?
—Fuera del trabajo ya no tengo vida.
—¿Por qué?
—Porque estoy todo el día hablando de lo que me pasa en el trabajo y ya nadie me aguanta.
—¿Tus amigos te han dicho que no te aguantan?
—No, pero les noto en la cara que se aburren cuando hablo del trabajo.
—¿Has sido tú misma la que has decidido no salir más con ellos?
—Sí, porque siento que no están bien conmigo, en realidad siento que nadie me soporta porque soy un bicho raro.
—¿Y quieres dejar de ser un bicho raro?
—Sí, quisiera ser como todo el mundo. Estar loca o cuerda me da igual.
—Pues vamos a empezar a trabajar.
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