Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

PERTENENCIA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA PERTENENCIA

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA PERTENENCIA en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE AGOSTO

Relatos

80. De vuelta

Por las mañanas se sienta en la sala de espera y escucha las dolencias de los habituales del lugar: una tos perruna que nunca cesa, un dolor de rodilla, unos mareos con vómitos. Una señora con los ojos enrojecidos habla de su insomnio; un joven, de unas fiebres que desaparecen al ponerse el termómetro. Matías hace suyos aquellos síntomas y vuelve a casa cojeando, con destemplanza y fatiga, tosiendo, dando tumbos, convencido de que esa noche ni los calmantes más aguerridos lo dejarán dormir.
Desde que se quedó viudo, ha regalado las pertenencias de Elena y ha vaciado su hogar de recuerdos. Ahora pasa el tiempo tumbado en el sofá, mirando la pared, y su hipocondría se ha convertido en su mejor aliada. Por eso cada mañana recoge achaques ajenos que entretengan sus tardes.
Podría ir a urgencias, donde los casos son más graves, pero allí reina el silencio y nadie se queja. En el centro de salud, sin embargo, oye y aprende nuevas patologías que amplían las goteras de su cuerpo.
Si sigue con las visitas, calcula que pronto va a morir de una enfermedad que no existe y recuperará, al fin, todo lo que ha perdido.

 

79. Despedida (Blanca Oteiza)

Dijo: «No me perteneces» y la dejó ir. Era una mañana de llovizna, de esas grises de finales de verano que van anunciando el otoño. La vio desaparecer entre la maleza. Con rostro triste volvió a casa mientras se convencía a sí mismo, que había hecho lo correcto. El recuerdo, de la tarde en que se encontraron junto al estanque, hizo que asomara una sonrisa en sus labios.

La recogió desorientada y mal herida. No dudó en llevarla a casa y cuidar de ella. Aunque estaba preparada hace tiempo para volver a su vida anterior, él quería seguir disfrutando de su compañía y retrasaba el día de la separación. Se había acostumbrado a tenerla, a prestarle su cariño, incluso comenzó a amarla. No se imaginaba una vida sin ella, aunque comprendía que tarde o temprano tendría que dejarla marchar. Y fue entonces, tras un documental en la televisión sobre quelonios, que decidió volver a la charca y decir adiós a la tortuga.

78. A pleno pulmón

Los amores de verano pesan poco. Son los más felices amores, pues apenas los alcanza el óxido del tiempo y conservan su brillo hasta que acaba la canícula. Yo no sé de otros amores posibles, ni quiero. Me basta con amar a ciegas, como un loco, durante esos meses. Entonces soy sombra de su sombra y a nadie más pertenezco. En cuanto el sol aprieta y mi corazón se halla dispuesto, hago una lista y comparo. Después elijo con cuidado a quién insuflarle mi pasión. Hasta ahora prefería las rubias bajitas, de boca carnosa y pecho pequeño. Este año me he decidido por un rotundo tiranosaurio.

77. La justicia por su mano. (Alfonso Carabias)

El tiempo es un maestro paciente y eficaz, y en la cárcel, es lo único que se tiene. Por eso decidí tomarlo como aliado para reflexionar sobre los errores cometidos y tratar de digerir, de la mejor manera, el castigo, que también se paga, entre otras cosas, en tiempo.  

Pero aquí la vida se va deslizando entre los detalles, ¿sabe? En la sonrisa torcida de algunos presos al verme llegar, que me acarreó algún que otro problema después, en las arrugas que iban sumando los más longevos, consumidos poco a poco bajo el abrazo áspero de los muros y las rejas, y fijándome un poco más de cerca en las marcas que trataba de disimular mi hermana, con algo más de maquillaje de lo habitual, en su última visita.  

Y entiéndame, Señoría. Ambos sabemos cómo funciona esto. El que algo quiere, algo le cuesta. Y aunque aquí todo se paga con tiempo y en sitios como este acaba generando cierto apego, al final todo llega, incluso el primer permiso penitenciario.   

 Dicen que el primer golpe nunca se ve venir. Pero sepa usted, Señoría, que en los siguientes, mi cuñado pudo ver quién impartía justicia.   

76. Palabra de honor (Alberto Benito Fernández)

Desde que llegué a Valencia me sentí en mi propia casa. Tuve una acogida como jamás hubiera esperado, y en la primera semana ya había recorrido todas las emisoras de radio y platós de televisión de la provincia. La afición, simpática y agradecida, me paraba por la calle y me daba la bienvenida a su preciosa ciudad. Tardé muy poco en adaptarme al entorno. La paella ya era mi plato favorito antes de llegar a la terreta, pero tampoco me resistí a la horchata con sus fartons reglamentarios, a un buen all i pebre en la Albufera y, si no me tocaba entrenar, un contundente esmorzaret a media mañana.

Cuando me quise dar cuenta ya me había convertido en un símbolo de la ciudad, y representaba con orgullo a mi equipo por todos los estadios del mundo. Tanto era así que en las Fallas tuve el privilegio de presenciar cada mascletá desde el balcón del Ayuntamiento.

Nunca me sentí tan unido a un lugar, al que juré amor eterno.

Por eso, cuando vinieron los de la capital ofreciéndome el oro y el moro no lo dudé ni un instante: tardé exactamente cinco segundos en hacer las maletas.

75. DESDE EL OTRO LADO

Jamás imaginé un mundo diferente al que había pertenecido. Ajena a otras vidas colmadas de miserias, exterminé cualquier emoción que sobrepasara los límites de mi ostentosa existencia.

Ahora, secuestrada por un invitado no deseado que me amenaza cada día con su letal presencia, que viene a quedarse, rememoro tiempos pasados y busco en los demás una mirada blanca, aquella que ignoré en otro tiempo.

Un día más va perdiendo su luz, envolviéndome con su velo negro, mientras espero ese viaje sin retorno con un equipaje de dolor y soledad.

 

74. Pendular

Encaramado sobre una rama robusta y elevada, se la colocó alrededor del cuello y tiró del nudo. Tan solo faltaba dejarse caer cuando divisó una silueta en idéntica decidida posición.

Aún en la lejanía, percibió la confluencia de sus miradas.

Antes de saltar, se liberó de la soga mientras observaba como él o ella hacían lo propio.

Sorprendentemente, descubrieron otros cuerpos que alcanzaban la tierra con sus pies desde árboles aledaños. Caminaron unos hacia otros hasta encontrarse en el punto donde encenderían las primeras hogueras y acabarían por prender amores que ya no esperaban.

No es fácil precisar cuánto tiempo transcurrió hasta que un joven panadero, taciturno y solitario, se dejó caer desde la horquilla del majestuoso roble de la plaza. Todo concluyó, a cierta distancia del suelo, en el clásico movimiento.

73. EL CLUB DE LAS DESDICHADAS

Cerca de cumplir los cincuenta, tres amigas que nunca habían dejado de verse sintieron la necesidad de reencontrarse con sus excompañeras de escuela. Empezaron a salir a cenar una vez por mes, después sumaron los cumpleaños y algún viaje a lugares cercanos. La consigna tácita era comentar, por turnos, sus desgracias para ver cuál lo pasaba peor. Varias se habían divorciado y lidiaban con hijos rebeldes; otras seguían casadas a duras penas. Algunas, tras haber descartado novios impresentables, no se habían atrevido a formar nueva pareja.

A Juanita, la última en obtener la membresía —con ciertas dudas porque era del otro curso—, le venían tolerando que nunca ofreciera su casa para los encuentros, que tampoco fuera generosa a la hora de contar detalles y que no aportara críticas lo suficientemente feroces al sexo opuesto.

Hasta entonces le habían perdonado todo, pero decidieron expulsarla por unanimidad el día en que se sintió feliz y no tuvo reparos en confesarlo.

72. LA HERENCIA

La niña mira el suelo de la habitación sin parpadear. Necesita deshacerse de esa carga que le impide respirar con libertad. Está cansada de esconderse, de ahogarse en un silencio que la enferma día tras día. Sabe que su familia está preocupada, que desea ayudarla, pero no se atreve a dar el paso.

—¡Basta! —grita con los puños apretados.

Se levanta decidida. Con la manga de la camiseta se limpia las lágrimas. Ha reunido a sus padres en el salón para decirles que quiere que la llamen como a su abuelo: Ricardo.

 

 

 

71. CAMINO DE REFLEXIONES

Medito mientras camino de regreso a la hacienda, el sitio en el que viví los momentos felices de mi infancia y de mi adolescencia.

Ha pasado mucho tiempo, me he demorado en cada parada. ¿Qué he sufrido mucho? Es verdad y, con todo, eso me lo reservo; no lo contaré a nadie en casa, no querían pasar por mi ausencia.

Una infinidad de veces me he extraviado en las metrópolis, ni siquiera he tenido idea de dónde me encontraba. He visitado pueblos y comunidades rurales. He conocido a personas que no sabían qué hacer con sus problemas, a los desubicados, a los deprimidos, a los que no tienen hogar, a los que tienen un lugar que no quieren, a aquellos que parecen personajes de la película Los desarraigados, y a los que poseen todo y están vacíos.

He viajado tanto, solo para reconocer que pertenezco a mi punto de partida. Sin embargo, eso tampoco lo mencionaré, tal vez me sienta impulsado a salir otra vez.

70. INCIPIENTE MEMORIA

Mis primeros recuerdos tienen barrotes: los de una cuna metálica de los años 70, contra cuyos hierros fríos golpeaban mis pequeños pies. Me aburría en aquella pobre y desolada habitación. Mamá, embarazada de mi hermano, permanecía junto a mí, al lado de la que sería su primera morada y el final de la mía.

Tenía muchas ganas de que naciera. En aquel silencio infantil empezaron las preguntas que aún me acompañan: ¿Qué era yo? ¿Por qué estaba allí?

Cuando llegaron a casa, dije: «¡Qué feo!». Esperaba ver un bebé como los de la tele. Carlitos tenía la frente cubierta de costras y parecía un mono. Con el paso de los días dejó de parecerlo.

Un día tuve fiebre. Mi madre salió escopetada a la farmacia, dejando olvidado sobre la mesilla un chupete con restos de miel. Las hormigas no tardaron en acudir. Me tapé la cabeza mientras sonaba en la radio Llorando por Granada, de Los Puntos. Años después descubrí el título de aquella canción, que se convertiría en la primera de la banda sonora de mi vida, a la que he ido sumando miles de canciones, como las hormiguitas acumulan sus pequeños tesoros.

69. Reinsertado (Jesús Navarro Lahera)

Grité que no me lo creía al ver la carta en la que, en base a mi buen comportamiento, me notificaban que habían decidido conmutarme la pena de prisión permanente por la de libertad condicional. Mi compañero de celda, al oírme, se levantó de su cama y se acercó, y tras leer la hoja se puso a felicitarme a la vez que me daba palmadas en la espalda. Yo no lograba tenerme en pie, me temblaba todo el cuerpo, por lo que me apoyé un momento en la pared.

Él, mientras tanto, insistía en sus enhorabuenas, y no cesaba de repetir la envidia sana que me tenía. Reconozco que no presté demasiada atención a sus palabras, aunque al escuchar que comentaba que tendría muchas ganas de salir después de treinta años encerrado, y luego me preguntaba qué iba a hacer cuando estuviera fuera, sentí que la carta se me escurría de los dedos. Entonces, en lugar de recogerla, lo miré, le di un puñetazo en la boca y lo tumbé de nuevo en su cama. A continuación, le tapé la cara con la almohada, me coloqué encima y me quedé allí, apretando, hasta que dejó de patalear.

 

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