Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

INCERTIDUMBRE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA INCERTIDUMBRE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA INCERTIDUMBRE. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

78. Rumbos

Es una habitación hecha de jirones de azul cielo. La cuna, un bote bañado en índigo y con ojos de buey. De una esquina cuelga un móvil de unicornios a punto de echar a volar con cualquier soplo de aire. Quieren creer que la criatura nacerá querubín. Que vivirá durante meses en el añil de sus patucos, acurrucada al lado del peluche. A la espera de las enhorabuenas por lo hermoso del recién nacido, de los juegos con los coches y los camiones, regalo bien intencionado de los abuelos; de cómo crece; lo bien que corre y cómo habla; de los primeros logros en la escuela. Y luego el tiempo todo lo emborronará. Desmontarán uno a uno los muebles de puertas celestes. Comprarán canicas, cocinilla, balones, disfraces: de princesa, de astronauta, sets de maquillaje, espadas y tirachinas. Colgarán por toda la habitación imágenes de mil colores, rosa si cabe, bajo la mirada complaciente de un arcoíris desde el techo.

77. DAÑOS COLATERALES

     El NIÑO tiene solo catorce años, pero estaba donde no debía y ahora está siendo encañonado por el MATÓN, que duda si apretar o no el gatillo. Su rifle no tiene balas, pero eso el NIÑO no lo sabe, y tiembla, gime, llora… En dos minutos incluso se hará pis encima. El MATÓN, en verdad, aguarda la orden del JEFE, el cual también está dudando, pues el POLI anda cerca y puede que los encuentre.

Aunque todo depende, en realidad, del ESCRITOR, que hoy está espeso y necesita saber lo que tú, LECTOR, opinas de esta historia.

Así que… venga, ¿qué deseas que pase?, ¿que el MATÓN deje en paz al NIÑO?, ¿que le asuste?, ¿que el POLI los detenga?… Sea lo que sea, decídelo antes de dos minutos, por favor, porque a mí, que soy la MADRE del NIÑO, no me apetece ponerme a lavar ahora sus pantalones meados.

76. Neblina

Desperté despacio, somnoliento, intentando acomodar la vista a la luz que entraba sin permiso por la ventana del salón. Me había vuelto a quedar dormido en el sofá.

​Sobre la mesa auxiliar descansaba un retrato enmarcado. En la foto, mi cara sonriente posaba junto a una mujer a la que no conocía. Nos flanqueaban dos niños preciosos que me abrazaban con un cariño enorme. Busqué en mi memoria algún rasgo, un nombre, un aniversario, no sé… pero solo encontré una densa maraña de niebla. No reconocía a nadie. Ni siquiera estaba seguro de que el hombre de la imagen fuera yo.

En ese instante, la llave giró en la cerradura de la puerta. Escuché risas infantiles y el murmullo cálido de una voz que me llamaba desde el recibidor.

​Me quedé inmóvil, paralizado por el terror de no saber a quiénes estaba a punto de recibir.

Hoy, en la habitación del geriátrico, no hago más que recordar ese momento, mientras me dejo abrazar en silencio por tres desconocidos.

75. Múltiples expectativas

—Ya verás que alto y hermoso serás. Llevarás de cabeza a las chicas del barrio.
—Ángela, le he comprado la camiseta más minúscula que encontré del equipo del pueblo, aunque seguro que Bruno jugará en un club muy importante.
—Mejor que estudie mucho y gane mucho dinero con un buen empleo en una multinacional, como vuestro vecino, el que se mudó a un chalet con piscina en las afueras.
—Mi niño tocará la tuba con virtuosismo. La que yo utilicé está guardada en el altillo hasta que tenga edad para empezar con ella —dice su padre mientras pone de fondo un nuevo concierto para instrumentos de viento.

Mamá, con su voz dulce, me susurra mimos y me canta inventando letras llenas de fantasía. Los otros… Pensáis que no os entiendo, que soy demasiado pequeño; pero sé que habláis de mi futuro y contáis con que alcance grandes metas. ¿Conseguiré lo que esperáis de mí? Quizá no seré tan guapo, fuerte y listo como creéis. Quizá no me gustará la música ni el fútbol. ¿Por qué lo complicáis todo tanto? ¿Qué debo hacer?

La mañana siguiente Ángela se despertó con sangre entre las piernas.

74. Sesenta pares de hierro

El verano pasado me arrolló un tranvía. De no haber sucedido, hoy cumpliría cincuenta años. Pero la máquina expendedora, esa que escupía el futuro, tenía razón. O no. Era la novedad de aquella feria y a mi yo adolescente solo le interesaban los presagios de amor. Metí una moneda en su ranura y el artefacto me devolvió un papel grisáceo con una frase: “Decenas de zapatos te conducirán al amarillo fatídico en tus últimas vacaciones en autocar”. No entendí nada, aunque determiné eliminar el uso de ese transporte y del color.

Después, la vida continuó. Me casé, no tuve hijos, me divorcié. Hasta que me apunté a un prometedor viaje para singles. Un crucero fluvial por el Danubio. Debido a la sequía, el río se había vuelto innavegable. Tuvimos que abandonar la embarcación en Budapest para continuar en autocar. Intenté olvidar la vieja premonición y sosegarme.

Al bajar al muelle, los vi en la orilla. Montones de pares de zapatos en hierro fundido. Entré en pánico y corrí asustada. No escuché el traqueteo. Tampoco el clank-clank de la campana ni el frenazo. Solo sentí contra mi cuerpo el impacto del tranvía amarillo.

73. Alerta máxima…

El inspector acercándose más a la pantalla le dice al policía:

—Acaban de lanzar una moneda al aire.

—Sí, es para decidir los turnos.

—¿Son risitas nerviosas lo que se escucha?

—Así es, señor. ¡Menuda pandilla de descerebrados!

Después el silencio es total. Solo se escucha el goteo de alguna vieja cañería.

—Sube el volumen —Suárez.

—¡Dios…! ¿El clic ha sido el del gatillo? Este se ha librado.

Cuando el revolver pasa al siguiente, al chico le tiembla la mano al colocarse el cañón en la sien.

El grito de euforia después del clic hace que los policías se aparten asustados de la pantalla.

—Esto es muy fuerte, inspector, tienen que estar drogados.

Nuevamente se escucha girar el tambor del revolver…

—Amplía la imagen, dale al zoom. ¡Joder, pero si es un crío!

De repente la pantalla se bloquea, la imagen queda congelada con el rostro del tercer chaval atrapado en una mueca de tensión indescriptible.

¿Y esta grabación con qué teléfono se hizo? —pregunta el inspector al policía.

—Fue hecha desde el teléfono de la chica, señor, la número cuatro. La última en apretar el gatillo.

 

72. Refugio

A los veinte años se quedó sin ella y sin prisa por volver a casa. Se acostumbró a andar sin rumbo y a volver cuando cerraban los bares. Un día, empujó la puerta de la iglesia como quien busca pelea sin importarle con quién, pero dentro no encontró el frío que recordaba. Se sentó en un banco y no se levantó hasta que el cura empezó a apagar los cirios.
Durante años encontró allí la calma de un mundo dispuesto de antemano. Se sabía de memoria el orden de la misa y el nombre de quien ocupaba cada banco. Pero, desde hace un tiempo, el olor a incienso lo ahoga. Solo esa mujer, siempre en primera fila, le concede un respiro. Hoy, las flores de su vestido parecen encendidas por la luz de las vidrieras.
Al final de la misa, entra en la sacristía y se quita la casulla, la estola y el alba. Entonces nota que aún lleva puesto el alzacuellos y lo arroja al suelo. No cae de golpe, sino lentamente, como las certezas que se resquebrajan sin hacer ruido.

71. Al bajar la cuesta

María descendía por la cuesta del Pozo. Finalizaba el verano y aún ululaban las tórtolas; los prados olían a hierba seca, humedecida por el aguacero de la mañana. En ese recodo del camino el bosquecillo proporcionaba una sombra fresca y el viento del nordeste hacía susurrar las hojas de los árboles. Caminaba despacio, pensando en futuros imposibles, en presentes eternos. Un ligero movimiento de las ramas y una suave brisa que agitó su cabello e hinchó la falda del vestido la llenaron de una alegría desprevenida. Los futuros imposibles podían ser y el presente, eterno.

Al pasar por delante de la casa fea y destartalada del barrio vio a su madre hablando con una vecina. La vecina preguntó por la edad de María. —Está grande, parece que tiene más años. Ya poco le queda para ser una mozuca —la vecina tenía el delantal puesto, mojado, pues había estado limpiando las zanahorias y los puerros para llevar al día siguiente al mercado. —Ya verás, Elena —dijo a su madre—, cuando esta empiece a presumir. Estos comentarios demolieron la alegría de María. De pronto, el tiempo no se detenía. El futuro estaba cercándola y ella no quería. No podía. No sabía.

70. El amargo néctar de la incertidumbre

Estás sentada en tu butaca de todos los días, el rincón donde la experiencia se acurruca contigo y las certezas se han vuelto escasas. Como cualquier otro día, se despliega a tu alrededor la vorágine familiar repleta de empeños, apremios y regañinas: “¿…filosofía? Mejor prepárate para dirigir la empresa, zoquete” “…demasiado papeleo, cariño. Este fin de semana no voy a poder.”

Conoces bien el suicidio de una desatención, el nocivo eco de la palabra desbocada, pero… cómo mostrar el frágil hilo del que todos pendemos ¿Cómo prevenirles? ¿Cómo enseñar la importancia de hacerse amigo de la incertidumbre?

Con un sordo suspiro, aceptas la invitación de la prudencia y te recuestas sobre el respaldo de tu longevidad, sabedora de que el tiempo no admite atajos, y los consejos, tampoco.

69. LOS DIOSES DE NUESTROS PADRES

La multitud emitía un murmullo ensordecedor ante su puerta. Los alguaciles registraban cada rincón, buscando pruebas. Luego, se lo llevaron maniatado.
El poblado estaba conmocionado, pues aquel anciano había sido nuestro guía toda la vida, ejerciendo de sacerdote, chamán y consejero. Mis padres habían aceptado su conexión con los dioses, de quienes recibía señales e indicaciones como hicieron nuestros mayores.
Hablar con él era intimidante, pero reconfortaba. Adivinaba cuestiones íntimas y a veces anticipaba sucesos como tormentas de ranas o temblores de tierra. Cuando recibía señales especialmente nítidas, sueños premonitorios sobre amenazas catastróficas, apremiaba al jefe para convocar al poblado en asamblea.
Según supimos después, alguien le había descubierto escuchando por las ventanas. Tras seguirle un tiempo, comprobaron que trucaba sus predicciones. En su casa había anotaciones sobre todos nosotros y escritos sobre sueños. Algunos ya transmitidos, otros en elaboración.
Desconcertado ante la posibilidad de que aquel hombre fuera un fraude, recordé cuando, años atrás nació nuestro séptimo hijo y vino a casa susurrando que había soñado con él y que los augurios eran fatales. Nuestro hijo suponía una amenaza y los dioses exigían actuar rápido. Mi mujer quiso huir y yo me entregué a la fe de nuestros padres.

68. Cita a ciegas

Hace tiempo que John sobrevive con las oportunidades que le ofrece el azar. Mozo de carga, barrendero, deshollinador, ladrón de tumbas o, si no sale nada mejor, mendigo. En un mal negocio perdió su fortuna y ahora su hogar está entre dos bancos de un parque. La policía a veces lo busca para ofrecerle algún empleo. Hoy va a ser figurante, junto a otros cuatro hombres, frente a la víctima de un intento de asesinato. Camina hacia la comisaría arreglando las arrugas de su atuendo para estar presentable a la hora de interpretar su papel. Cuando llega, se coloca detrás de un cristal con los demás. Al otro lado, una señora de mediana edad entorna los ojos. En la rueda de reconocimiento se encuentra un agente disfrazado de vagabundo. Susurra que la dama metió las gafas en su bolso, se empolvó la nariz antes de entrar y que se llama Susan Wiggins. Ella ve las caras borrosas, aunque es capaz de distinguir los colores. John se acuerda de su mujer. Tiene el mismo nombre, es miope, coqueta y le juró venganza por arruinarla. Entonces mira alrededor y observa que, mientras todos van de negro, él lleva su eterna levita gris.

67. Trazos (Fuera de concurso)

«No debes ocuparte de lo que hay más allá de la llanura», le repetía su padre cada vez que él, curioso, señalaba la línea del horizonte. «No hay que preguntarse por aquello que no podemos entender», insistía su madre, cuando su cabeza se alzaba, inquisidora, en busca del sentido de aquellas nubes inmóviles que regaban generosas la pradera, o de aquel sol benefactor que, desde los márgenes del cielo, sonreía a todas horas. Con frecuencia, contemplaba a los pájaros suspendidos frente a él. Jamás bajaron a picotear en el jardín.

Nunca obtuvo explicación al ritual que repetían cada vez que se acercaban los ruidos. La primera señal eran los pasos. Después, los tres tics intermitentes y, al fin, la luz que lo inundaba todo. Tomaban posiciones. Él, en medio de sus padres, dando una mano a cada uno. Ellos alzaban el brazo libre. Los tres combaban la boca en una mueca absurda. Luego, todos se quedaban quietos.

«¿Por qué?», preguntaba cuando volvía la oscuridad. «Porque así ha sido siempre», le decían. Las cinco líneas de su cuerpo se estremecían e, irremediablemente, dentro del círculo de su cabeza, los extremos de la raya de su boca se torcían hacia abajo.

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