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Tercera:
El rey del planeta maneja la bola del mundo: la hace girar más y más deprisa, a veces la saca de su guía y siempre la patea. Cada vez queda menos aire.
Segunda:
La idea de honor sin muerte y victoria sin ruina caló profundamente en la sociedad durante mucho tiempo. Así, los soldados se convirtieron en nuevos reyes; estos multiplicaron sus riquezas y la población obtuvo su dosis de gloria y sangre.
Primera:
Los generales deseaban luchar y auguraban victoria; los contables garantizaban reservas para sufragar los gastos; incluso el pueblo se había contagiado del odio y clamaba venganza. Solo Melius, el más anciano y sabio de los consejeros, permanecía callado. El rey le instó a que opinara.
—La única forma de ganar una guerra es que esta no exista.
—Pero los asaltos en la frontera son continuos —clamaron los militares.
—Y los costes asociados van en aumento —apostillaron los ministros.
—Y el pueblo necesita resarcirse —añadió el soberano.
—Invitemos a todos los reinos; os prometo combates, ingresos y revancha —sonrió Melius mientras observaba por el ventanal a unos niños, en el patio de armas, correr tras una pelota.
Las teclas del Steinway blanco estaban perezosas aquel verano del 71, pero la inspiración no espera. Llevaba diez minutos descalzo, intentando convencer al mundo de que se olvidara de las posesiones materiales mientras miraba de reojo su inmensa mansión desordenada.
“Imagina que no hay paraíso ni infierno, que no hay países…” Tarareó una melodía tan absurdamente simple que temió que pudiera ser tachada de infantil. Su esposa, asomó la cabeza por la puerta para invitarle a compartir unas caladas de aquella nueva sustancia, interrumpiendo su trance utópico.
—¡Ya casi lo tengo! —exclamó, exhalando pura psicodelia envuelta en humo—. Un himno de paz mundial.
Ella, en un gesto cariñoso, le recolocó las icónicas gafas redondas sobre la nariz y, con un guiño, le dijo:
—Himno no lo sé, pero destronarás a Paul de todas las listas de éxitos.
He aprendido a dibujar una realidad distinta sobre las heridas de mi casa.
Cuando mi padre regresa con la noche fermentando en la boca, yo saco los lápices y corrijo el mundo. Donde él deja un golpe, nace un árbol. Donde el miedo cierra una ventana, yo abro un claro. Sobre los moratones de mi madre dibujo pequeñas constelaciones para que el dolor no olvide el camino de la luz.
Con el tiempo, la casa empieza a llenarse de cosas que nadie más ve. El aire huele a lluvia incluso en verano. A veces despierto con una hoja dorada entre los dedos y una semilla cerrada en el puño.
Ahora sé que algunos dibujos no son solo dibujos.
Son puertas.
Esta noche trazo una en el suelo de mi habitación.
Y la cruzo.
Oigo a mi madre llamarme hasta quedarse sin voz. Veo a mi padre, sobrio de golpe, mirando el suelo sin comprender. Llegan la policía, las linternas, los vecinos.
Nadie me encuentra.
Todos miran la puerta dibujada en el suelo.
Todos.
Yo también.
Pero yo la miro desde dentro.
La vista a través del escáner ultracampo de 7 Tesla no deja lugar a dudas, un paciente de esa edad debería tener un frondoso árbol neuronal, no uno débil y marchito. El motivo es obvio: atrofiamiento por sedentarismo cognitivo. Lo peor es que se ha descubierto que no se trata de casos aislados, sino que el fenómeno responde a un patrón que empieza a apuntar a una involución humana generalizada.
Un grupo de investigadores, entre los que él se encuentra, ha intentado prevenir al mundo de esta peligrosa deriva. Sus advertencias, lejos de ser atendidas, han supuesto ser tachados de alarmistas, ninguneados e incluso perseguidos. Decididos a frenar el avance de lo que han acordado denominar «idiotización autoinducida», han creado una organización desde la que tratan de ayudar a todo aquel que lo desee. La prueba inicial para detectar si el sujeto ya ha resultado afectado consiste en escribir un relato original sin ayuda de inteligencia artificial. La falta de imaginación propia es un síntoma muy relevante. El escáner posterior se realiza en casos dudosos.
Vuelve a estudiar los resultados del chico que tiene delante y se lamenta, cada día son más y más jóvenes los idiotizados que llegan a «Reveld-IA».
Era hábil modelando el barro y rápidamente escaló hasta la cima de la cadena de producción. La imaginación le aguijoneaba, así que empezó a dotar a las figuras de apéndices asombrosos y colores sobrenaturales. Al Instructor le cayeron en gracia sus ocurrencias y, pese a la prohibición, decidió insuflar un hálito de vida en alguno de sus proyectos. Se autorizó al operario el acceso a otros materiales. Aunque seguía fabricando homúnculos estándar, patentó otros de mazapán que se vendían con un margen de beneficio astronómico. Las vacas con triple cuerno de oro y los jazmines pensantes se agotaron. El director de marketing le dijo que sería bueno que se especializara en esas mercaderías maravillosas. Fue entonces cuando diseñó la luna diurna, las aguas de bolsillo y su creación estrella, la Mujer. Lunes, martes, miércoles… llegaba extenuado, pero con el pecho henchido, a la pequeña buhardilla que habitaba, lo más cercano a la Vía Láctea que pudo costearse. Jueves, viernes, sábado… le aterraba el gentío que se agolpaba en su calle demandando, exigiendo. Más y mejor. El séptimo día no descansó. Huyó en una nave interestelar de segunda mano hacia un anodino planeta azul al otro lado de la galaxia.
Destruye las murallas.
Entra en el castillo.
No es una bestia.
Es la Bestia.
Y, hambrienta, se relame.
Mis soldados luchan contra ella, pero mueren como hojas en otoño.
A cientos, a miles.
Y, así, sé que he perdido la guerra.
Así.
Así imagino lo que ocurre en mi interior, mientras el cáncer me devora.
El joven que le entregó el certificado deslizó un suave acento caribeño cuando le pidió su número de identidad, instintivamente sus ojos se impregnaron del oceánico azul de los suyos. Rozó su mano al devolverle el bolígrafo con el que había firmado la entrega y su piel amenazó con desprenderse de su cuerpo. Agradeció estar recién depilada, de lo contrario el vello se hubiera convertido en alfileres. Antes de cerrar la puerta se las ingenió para observar con deleite su espalda, gozó de tiempo suficiente para declarar su trasero como Patrimonio de la Humanidad. Hubiera asegurado que la miraba con el rabillo del ojo y que incluso hizo la intención de dar la vuelta. A punto estuvo de que el corazón se le escapara por la manga de la camiseta.
Se quedó pegada a la puerta cerrada como si fuera parte de la madera con la que estaba fabricada. Cerro los ojos en un postrero intento para retenerle en su memoria y de algún modo conseguir que volviera a tocar el timbre.
Pasados varios minutos los abrió y la realidad la golpeo con su desabrida rudeza cotidiana: sus dedos sujetaban una carta del Ministerio de Hacienda.
El ciego llegó a la costa. Una bocanada salitre lo recibió y él regaló una sonrisa al aire. Allí donde yacían las estructuras desmigajadas de la ciudad, los cascotes, los escombros y los añicos de hormigón, intuía él, cuando palpaba con su bastón, perfiles escarpados, peinados por las tormentas y rocas porosas enharinadas de flor de sal, repletas de cangrejos, lapas, caracoles, anémonas y estrellitas de mar extraviadas. Oyó el chillido de las gaviotas hambrientas mientras removían la basura de la playa en busca de comida; pensó que el graznido era música celestial de aves que gritaban al viento un himno de libertad. El hombre avanzó hacia el agua; rugía el mar, poblado de animales domésticos descompuestos, víctimas de los obuses. A él le hacía feliz la resaca de las olas en su baqueteo feroz contra los riscos y dibujó en su mente un paraje marítimo hermoso. Percibía pestilencia, que atribuía a los sargazos. Llevaba días buscando un rincón para descansar. Se aposentó encima de un montículo de arena fina. Algunos pasos más allá de unos cuerpos varados, inertes, soldados con las armas aún en bandolera. Respiró pletórico, contento de la quietud del lugar.
El mundo andaba desquiciado. Cualquiera podía percibir las señales. Y en eso llegaron los novelistas.
Arturo Pérez-Reverte había dirigido un drama de época que él mismo interpretaba. También el guion era suyo. Prolongó su papel de pendenciero de ingenio quevedesco en los actos promocionales y esa sobreactuación lo condenó.
Eduardo Mendoza descansaba de las aventuras de su detective anónimo, cuando se embarcó en la filmación de El increíble hombre menguante que mató a Liberty Valance. Un pastiche que se quedó sin premio al Mejor largometraje de animación.
Javier Cercas encontró la fórmula del éxito mezclando en sus libros la dosis precisa de ficción y realidad, pero la extravió en su viaje al cine. Si hubiese existido la categoría de Documental de ficción…, se justificaron quienes le habían negado el voto.
Todas nuestras ilusiones puestas en los Óscar acabaron en la basura.
Menos mal que nos resarcimos meses después cuando la Academia Sueca galardonó por fin con el Nobel de Literatura a Javier Marías.
«Esquiva el golpe mortal de la espada, pero esta logra su pequeña recompensa: la sangre se escapa del cautiverio de la carne. Mas no hay tiempo para atender el dolor; la mar embravecida zarandea el barco, y los fieros piratas, acostumbrados al vaivén del viento, lo acechan. El agua salada zigzaguea por su piel hasta la comisura de sus labios; nada amilana su valor. Siempre se defiende con gallardía, su determinación es inquebrantable y…»
El último golpe es una patada en el costado.
—Hasta la próxima, marica cuatro ojos. —La invitación para un próximo encuentro queda sellada.
Ahora, el grupo de compañeros de colegio se aleja mientras la risa acompaña sus empujones de complicidad.
El niño se adentra en la biblioteca, escudriñando los anaqueles, y presto cabalga sobre los lomos de los libros en busca de otra historia: un escudo que lo proteja y que dé sentido a su dolor.
Los golpes se suceden; su rostro se refugia entre sus manos, cierra los ojos y viaja lejos. Al final, siempre es igual: ante su bravura, siempre huyen.
En el salón Andresito sigue jugando con sus muñecos imaginando una sabana llena de animales, mientras su madre sola en la cocina, sigue charlando con esa amiga a la que le cuenta todas sus fantasías.
Nos tumbamos en el prado y vemos pasar las nubes. Ambos trepamos con destreza a la que tiene forma de árbol frutal y arrancamos de sus ramas esponjosas manzanas y peras de algodón, tan deliciosas como las recordábamos del verano anterior.
La nube que parece un conejo nos hace reír. Tan redonda y blanquita. Por eso la perseguimos. Corremos tras ella como si nos fuera la vida en el juego. La vemos refugiarse en su madriguera y nos metemos dentro. Infructuosamente. Salimos sin haberla podido alcanzar y con las rodillas magulladas.
La siguiente es como un yunque. Plana por arriba, estrecha por abajo. Color panza de burra. La dejamos pasar sin más porque no nos sugiere nada entretenido. ¿A quién puede divertirle un yunque?
La cuarta nube recuerda a un tren. Es alargada. Es veloz y borrosa. Corremos, como tantas otras veces, y consigo cruzar la vía, por los pelos, para saludar su paso agitando el pañuelo manchado con la sangre seca de mis rodillas. El tren desaparece en el horizonte y me descubro, ahora solo, todavía con el pañuelo en alto.
Regreso dando puntapiés a las piedras, con la esperanza de subirme al tren en otra ocasión. Quizás mañana.
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