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Con la velocidad y la precisión de experimentadas origamistas confeccionan simpáticas capibaras con los billetes de cien euros, elaboran majestuosos elefantes con los de doscientos, y reservan para sus populares grullas los cada día más excepcionales de quinientos. Transcurridos unos minutos, y con el público entregado y sin haber recibido una sola queja —ni siquiera por parte de los empleados—, guardan las figuritas en sus bolsos y se largan entre aplausos alertadas por los persistentes pitidos de la alarma de un reloj. Probablemente su historia termine ocupando un espacio breve en la sección de sucesos de algún periódico local, aunque no será así para los vecinos del pueblo que acudieron esa mañana a la sucursal de la Caja Rural: ellos podrán contar a sus nietos que se encontraron con las atracadoras de bancos más imaginativas jamás conocidas.
En el convento del Gran Silencio es la hora del recreo comunitario. Las religiosas pasean con desenfado por el claustro, mientras la madre abadesa las sigue a unos metros de distancia. Intenta reprimir los sucesivos conatos de risa que la asaltan, amenazando romper la severidad de su rostro; son fruto del devaneo de sus pensamientos, más ocupados en lo mundano que en lo excelso. Juega a despojar a las hermanas de sus nombres religiosos, rebautizándolas en la pila de su imaginación: “A sor Tija el nombre le viene como anillo al dedo, pues lleva con mucho orgullo su alianza con Dios. La acompaña sor Teo, que concibe la vida como una tómbola en la que ha sido agraciada con el regalo de la fe. Detrás puede verse a sor Tilegio; se rumorea que aún guarda, oculta entre sus escasas pertenencias, la última bola de cristal. Es íntima de sor Bona, a la que todas envidian por su rico bagaje cultural”.
De pronto, la madre abadesa tropieza y cae. Una de las postulantes corre en su auxilio.
Sintiéndose cautiva de un inesperado embeleso entre los brazos de la joven, la madre abadesa exclama: “ Tú serás sor Prendente”.
Esconde el cuaderno bajo el colchón y el lápiz entre los pliegues de su enagua. Cuando la puerta se abre improvisa una sonrisa bobalicona mientras piensa qué diría su familia si supiera que lo ha vuelto a hacer; que sigue desbaratando la realidad con sus cuentos; que, en esta reclusión, los muros son tan solo una quimera.
Ni siquiera los doctores que dicen cuidarla sospechan que se mancha las manos de sangre cuando las sumerge en el papel; que sus personajes arden atrapados en deseos inconfesables; que es capaz de resucitar a los muertos y de imaginar futuros imposibles.
Sentada en el jardín piensa que no deberían haberle prohibido leer, porque ese día murieron todas las flores, y de sus semillas brotaron las historias que la han traído hasta aquí.
A veces, su hermana la visita y le trae un lápiz que ella esconde entre las horquillas de su moño. Y, antes de rendirse, su última compañera de celda le entregó un cuaderno, en el que apenas quedan páginas en blanco.
Pero ella no cree que eso vaya a suponer un problema.
Porque ha aprendido a volar y ya nadie la puede parar.
En mi ruta por la España vacía me abre la puerta un anciano que se resiste a abandonar su casa. Se llama Aaron y su única compañía es un viejo televisor. Sin preámbulos, me explica cómo funcionan las cosas. Desconfía de que el hombre haya llegado a la Luna: «Aquello era una pantomima con un decorado de cartón». Niega que existan las guerras. «¿Usted ha visto alguna?». Sin dejarme contestar, remata: «Yo tampoco». Mientras trae unas aceitunas asegura que las epidemias son un cuento chino y que la lotería es una farsa. «Los que festejan con champán son figurantes que, cuando cae el telón, vuelven al anonimato».
Va desmontando el mundo aceituna a aceituna con una seguridad que desarma. Dando vueltas con el índice afirma que la Tierra es plana: «De lo contrario, el agua escaparía de los océanos y nosotros nos caeríamos en cada giro».
Guarda silencio, me observa y se acerca para sentenciar: «La mentira más grande de todas es que Elvis esté muerto. Se retiró cansado de tanta fama y vive en una aldea perdida de la mano de Dios».
A punto de rebatirle, lo miro a los ojos y reconozco las portadas de mis primeros discos.
Esa tarde le pidió bailar y ella le dijo que sí. Sus amigos no se lo podían creer y las amigas, tampoco. Pero, a pesar de todo, hacían buena pareja. Se preguntaron muchas cosas, cómo eran sus padres, si tenían hermanos o hermanas, lo que estudiaban o si trabajaban; en fin, estuvieron todas las horas hasta que cerró la discoteca contándose sus vidas. Antes de salir, él, tan tímido, no tuvo reparo alguno en decirle que quería volver a verla. Ella, contra todo pronóstico, le dijo que también. En el Metro, de vuelta a casa, sus amigos lo acosaron: qué tío, cómo te has atrevido? está buena, eh? A Manolo todo le resbalaba, iba con la mirada perdida y la sonrisa boba en un rictus de felicidad.
El lunes recibió la noticia. Ella había ganado la apuesta y su nombre iba de boca en boca.
A medida que su mirada se anclaba en el lienzo, un despliegue caótico de líneas negras quebradas sobre un fondo gris ceniza, los trazos comenzaron a vibrar, conectaban entre ellos formando un códice que su mente empezó a descifrar.
Aquella línea descendente que terminaba en forma de gancho no era un simple brochazo, era la grafía de una escritura milenaria, olvidada en el tiempo.
Al darse cuenta de que el autor se estaba comunicando con él, sintió un hormigueo en la nuca: «es fascinante, susurró para sí mismo, soy el receptor de una advertencia cifrada sobre el destino de la humanidad, el único hombre capaz de descifrar el testamento cósmico»
Se inclinó hacia un lado, consciente de la importancia del momento, para leer la pequeña placa metálica fijada en la pared. Mientras se ajustaba las gafas pudo leer: «mancha de café tras volcar la taza sobre el boceto».
He corrido la cortina para crear una semipenumbra creativa; he encendido el ordenador y he abierto una hoja de Word en blanco. De fondo, Sarah Vaughan canta Star Eyes. Alguna vez esta liturgia había funcionado, pero hoy no hay milagro. Y el tiempo pasa, no espera: ya ha devorado otra mañana estéril. Medio día más en blanco, como la pantalla. Y sin perspectivas, porque la tarde avanza lenta y pesada, como un carro que transporta adoquines arrastrado por un buey viejo.
Pese a la cortina, el sol poniente provoca un bochorno que obtura los poros por donde entra el aire que ventila el cerebro. Con esta calima bajo el cráneo, es imposible escribir algo decente. Abro y cierro ventanas, escucho principios de canciones y miro a menudo el reloj porque se acerca el crepúsculo, estoy muy cansado y si me duermo ya no habrá nada que hacer. No habrá humo de cigarrillos, ni noche, ni velas, ni un trago (o dos) de whisky. No habrá ni una idea, ni una; esto es lo que pasará.
Que tiene menos arrugas. Que cesan las bombas. Que le dejan ver porno en el móvil hasta las tantas. Que su madre no ha muerto. Que sabe cocinar bizcocho de chocolate. Que su casa está intacta. Que esa noche sale. Que sale del refugio. Que le gusta. Que la adoptan. Que nieva. Que vuelven a tener calefacción. Que sale el sol. Que sale vivo de esta. Que para el viento. Que se acaba el odio. Que le pagan a fin de mes. Que recupera la pierna. Que paga el alquiler puntual. Que su familia no está muerta. Que aprueba. Que el colegio sigue en pie. Que le queda bien el bañador. Que deja de llorar. Que se jubila. Que se acaba. Que al fin se acaba.
Sigue debajo de mi almohada. El ratón Pérez no ha venido. Cuando mami lo vea, se va a enfadar con él.
Voy a desayunar.
La cocina está vacía.
Hoy hago de mayor. Me subo a la silla para alcanzar las magdalenas y el cacao. Aunque ella no me deje. Siempre dice que tengo que comer a mis horas.
Voy a buscarla.
Mami, ¿sigues dormida?
Qué fría estás.
Te doy un besito para que te despiertes. Como la Bella Durmiente.
Siempre vio las cosas de manera diferente a los demás y eso, pensaba él, le hacía especial, único, maravilloso. Según su familia, en cambio, todos muy tradicionales y enemigos acérrimos de cuanto pudiera alterar el pacífico devenir de sus días, constituía un peligro.
Él no se dejaba amilanar: seguía inventando vida extraterrestre bajo las piedras del sendero, animales extintos entre las hojas secas del parque, conjunciones astrales extraordinarias en cada luna llena, arcanos tesoros ocultos en las macetas del jardín. Aunque eso supusiera ser un paria, rodar por el mundo sin más compañía que su propia sombra, a paso lento, muy lento, para disfrutar del camino, con nada más que su casa a cuestas y asomando, a la menor oportunidad, sus cuernos al sol.
“En la cueva “La Graciosa” del Cutelliun Castrum se encontraron ocho cráneos”.
Las tribus que habitaban Trasmiera subían en verano a los bosques de las fuentes del río Miera; ese río que desemboca en la bahía santanderina y que, cuando la sal le cambia el sexo, llaman ría de Cubas. Allí organizaban sus cacerías de corzos y rebecos. Así llenaban las despensas invernales. Cuando terminaban las batidas recorrían cargados con sus presas el camino de retorno. Al salir al llano, subían a un montículo cónico anejo a Peña Cabarga. En la cumbre, ofrecían, invocando al sol y a la luna, las cabezas de los cadáveres de los cazadores fallecidos por despeñarse o por ser víctimas de los osos cavernarios. Los cuerpos descabezados quedaban atrás, en las garmas de aquella selva donde sus espíritus volarían al albur de vientos y abantos.
El montículo, por su forma de cuchillo, bautizó a la zona como Cudeyo.
Pues sí, parecen funcionar las pastillas chinas para excitar la imaginación que me llegaron ayer por AMAZON.
Desde esos bosques, testigos de aquellas correrías, ya roturados en prados, bajó mi abuelo Victoriano, con la cabeza en su sitio, para instalar sus ganados en las marismas de Cudeyo.
Se metió en el pijama con el dibujo estampado del osito Misha. Sentado en la cama, contempló el enorme despertador en la mesita de noche; parecía un timón. El timón de un barco que surcaría el mar de esa noche agazapada tras la ventana. Embozado en las sábanas, apagó la lamparita y al cerrar los ojos se vistió con el traje corsario que se deslizó desde el libro que descansaba junto al reloj. Navegó tan lejos como pudo y quiso sentir la brisa y la sal en la cara, y asaltar naves en llamas, y dejar que vientos cálidos y desconocidos hinchasen sus velas.
Cuando abría los ojos encontraba el techo vacío, pero entonces sus párpados, pesados, lo devolvían al mar. Las gaviotas chillaban entre las velas y los cables y las jarcias, y una brisa de gritos y de vino rancio lo envolvía todo. Y en medio de feroces abordajes un ruido de platos rotos se entremezclaba con los gritos del combate, con los cañonazos y la pólvora, con la sal y el llanto desconsolado de su madre.
La brisa de barlovento hizo reventar las lágrimas en sus ojos.
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