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Las botas en mitad del suelo de la habitación y la ropa dejada de cualquier manera sobre la silla le recordaron lo que había sido y de lo que aún huía, el cuerpo de ella bajo la sábana le hablaba de quien era ahora, de lo que tenía y quería conservar. Dejó que la toalla resbalase sobre sus caderas, como al descuido, y miró la cama en la que dormía la intrusa, aquella que le había traído caricias y risas; a su lado había un vacío, en el lado derecho, en el que él siempre dormía; pero, en esta ocasión y no sería la última, se metió en la cama por el lugar que no le correspondía, pegando su piel a la de la mujer, ansioso ya, solo de pensarlo, por hacerse un nudo con ella.
¿A que voy yo y lo encuentro? me decía mi madre cuando, desesperado ante el caos de mi escritorio, gritaba que alguien me había escondido los deberes. El desorden ha guiado mi vida, mis amores, mi trabajo. Cuando salía con Laura me equivoqué varias veces llamándola al teléfono de Maribel y a esta le enviaba los encendidos whatsapps que cruzaba con Marisol. Todo era un lío de agendas, carpetas y archivos. Con los años ha ido a peor. En el trabajo me aguantaron hasta que mi jefe no pudo más. Con el último informe, en que le entregué un taco de notas post it al no encontrar el original, me dijo que había agotado su paciencia. Quise vengarme. Me aposté delante del trabajo y esperé a que pasara, con la intención de apuñalarle, pero cuando vi su expresión sorprendida, me di cuenta de que le estaba golpeando con el plátano maduro que formaba parte de mi merienda. Mientras huía me preguntaba que demonios me habría comido mientras esperaba y porqué me dolería tanto el estómago. Si salgo de esta prometo volver con un revólver. Claro, eso será si encuentro las balas. Y el revólver. Y la dirección de mi jefe.
Te llama cuando entras al ascensor, y entre las voces entiendes que te pregunta si te queda mucho para llegar a casa. Le contestas que no, que estás subiendo, y entonces te corta. Ya en la séptima planta, te cuesta meter la llave en la cerradura, y nada más abrir la puerta arrugas el gesto ante el olor a tabaco. Te quitas los zapatos de tacón y cuelgas el abrigo en la percha. Miras hacia la cocina, donde compruebas que sigue la taza de café que te has bebido esta mañana. También hay una caja de pizza en el cubo de la basura, alrededor del que ha vuelto a tirar un montón de cáscaras de pipas. Recorres el pasillo, evitando pisar la ropa interior que un día más ha dejado por ahí para que tú la recojas. No te sorprende encontrar en el salón su teléfono, el cenicero repleto de colillas ni la tele puesta, como siempre a todo volumen, pero sí que la puerta de la terraza esté abierta. A ella te diriges, conteniendo el aliento, y una vez fuera, al no verlo, te asomas a la calle y sueltas el aire de golpe al descubrirlo en la acera.
Hacía tiempo que venían avisando de que el orden mundial iba a cambiar. El primero en comprobarlo fue el aritmético Paul Distopio, que en sueños trazó unas líneas paralelas y comprobó que, contraviniendo la norma y la costumbre, proyectadas al infinito se acababan cruzando. Asustado, lo comunicó a las autoridades, pero era demasiado tarde: los políticos ya estaban persiguiendo delitos, los jueces se dedicaban a dictar leyes y los periodistas daban noticias que aún no habían ocurrido.
Las ciudades se quedaron vacías y los pueblos se llenaron de gente que huía de incendios que helaban todo a su paso. Los gallos cantaban durante la noche y la Tierra empezó a orbitar alrededor de la Luna. Las palabras comenzaron a “su significado y orden cambiar”; las agujas de los relojes repentinamente se pusieron a girar en sentido antihorario.
La gente dejó de hablar por la dificultad para comunicarse y solo emitían extraños sonidos guturales desde oscuras cavernas.
La fuerza volvió a sustituir al razonamiento, y los libros se usaban como armas arrojadizas; cuanto más gordos, más letales.
Cuando Paul Distopio despertó de aquel terrible sueño, la intersección de las líneas paralelas seguía allí, igual que el dinosaurio.
Un virus ha entrado en el purgatorio. Aclaramos que no se trata de un espécimen biológico -que ningún efecto tendría allí-, sino de un virus informático. Los hackers que lo han creado venden sus servicios para, cuando llegue el momento, modificar automáticamente los expedientes personales y así sus clientes pasarán poco tiempo en ese estadio. Su algoritmo enviará al sujeto, ya sin mácula, al paraíso.
En la dark web comentan que en breve se ofrecerá un nuevo programa similar. Este otro permitirá mover almas del infierno al purgatorio de manera que, también las más negras, podrán optar luego al traspaso celestial.
Su mayor nicho de mercado está formado por mandatarios de diferentes países y empresas. Algunos se han interesado por las opciones disponibles e incluso han pagado un jugoso anticipo por asegurarse su plaza (es el caso de un chalado con tupé, puntualizan nuestras fuentes).
Estaba cantado, y no por querubines, que ni el reino de los cielos se libraría del mangoneo y despiporre omnipresentes en la tierra.
Con las frases lapidarias: “El que no haya pecado…”, “Sálvese quien pueda” y “Tonto el último” dieron por acabada la entrevista.
Don Quijote avanza hacia los molinos con la lanza en alto, pero al arremeter, el campo se pliega y aparece en el patio blanco de Bernarda Alba.
Rocinante resopla; las aspas —que hasta hace un momento giraban— son ahora abanicos negros en manos de seis mujeres de luto.
La hija menor desvía los ojos hacia Aureliano Buendía que deja caer un pescadito de oro. La mayor aprieta los labios mientras su madre, con los golpes del bastón, provoca una lluvia de flores amarillas. Sancho intenta recogerlas, pero al tocarlas se convierten en mariposas. Revolotean y se posan sobre las paredes de cal, en el lomo del caballo y sobre los vestidos negros que —con el roce de los pétalos— se vuelven verdes.
Es entonces cuando Bernarda repara en mí, agazapada detrás del castaño que crece en medio del patio, y con voz severa me grita:
—Tú tienes la culpa del caos en Macondo. Ponte de inmediato a coser.
—¿Yo? —pregunto mientras ella golpea el suelo con la lanza que le arrebata a don Quijote.
—Sí, tú… A ver si lees los libros en orden, no tres a la vez.
Los servicios de limpieza de Villagalana trabajan con devoción toda la noche para que la ciudad amanezca impecable el día de su patrona, Nuestra Señora del Buen Socorro. Los funcionarios abonan silbando la pegadiza melodía del himno local los parterres, donde la primavera ya asoma los primeros brotes, y enjabonan con meticulosidad las aceras hasta devolver al granito un lustre institucional. Al alba todo está listo. Y, bajo un cielo de una pureza admirable, no queda rastro de la docena de indigentes comprimidos en el nuevo contenedor; solo un hilillo oscuro y cálido que serpentea hacia el sumidero.
No fue en orden. Apareciste en la discoteca donde yo no quería estar. Añoraba mi manta de tigre enrollándome en el sofá y no me percaté de tu mirada felina hasta que literalmente rodaste ante mí.
Empezamos entonces por el roll, tú cargando más de un cubata, yo un coctel de lágrimas con aroma a cuernos.
Un comienzo tan incorrecto como el peor de los finales. La historia debió terminar allí mismo, pero me hiciste reír y mis amigas consideraron que era hora de tirar al aire la primera cana teñida de mi vida. Me dejé convencer por sus argumentos libertarios y tu mirada suplicante.
Seguimos por el sexo. No fue bueno ni malo. Ni siquiera sé si fue. Me desperté enroscada (otra vez el roll) en unas sábanas de dudosa higiene y escuchándote vomitar en el baño.
Hay que tener cara de roca para salir airoso de aquella situación (por fin la roca), pero seguiste llamándome. No sé cuándo consideré que dejarte mi número era buena idea.
Lo de las drogas preferiría no explicarlo. Dicen que para no caer lo mejor es no probar.
Tarde recordarlo ahora que (contra todo orden) me he vuelto adicta a ti.
(Inspirado en hechos reales)
Nunca imaginé que la tía Rita me dejara su joya más preciada: su biblioteca. Se había pasado la vida cuidando su colección de más de dos mil ejemplares y ordenándola por género y autor, aunque en el último año ni su vista ni su movilidad le habían permitido ocuparse de ella como hubiera querido. Por eso le encargué a la señora que hacía las tareas domésticas que le pasara el plumero a los libros. Cuando hubo terminado comprobé horrorizada que había alterado el orden de los libros colocándolos por tamaños y colores. Se sentía muy satisfecha del resultado, por fin había convertido ese cuchitril en un espacio donde todo era armonía de colores y no sobresalía un tomo más que otro. Ella no salía de su asombro por mi estupor. Decepcionada se dio media vuelta y mientras se marchaba iba diciendo que los libros del Darling los dejaba encima de una banqueta para que yo los tirara o hiciera con ellos lo que quisiera porque allí no pintaban nada.¡Los libros del Darling! ¿a qué se referiría? En el lugar indicado encontré la colección del Dalai Lama, al que por cierto, me encomendé para arreglar tamaño desastre.
Para mi padre yo era: «Esahijatuya». Rara vez se dirigía a mí directamente. ¿Viste las notas de Esahijatuya?, ¿viste su dormitorio?, ¿viste los amigos que tiene?… Cada queja acompañada de uno de sus mil tics.
Hoy, mi terapeuta (que juguetea con el pulsador de su boli) me dice que tengo que poner orden en mi vida. Clic-clic. Que esos ataques de pánico —clic-clic— indican que algo no marcha bien, que ahonde en cada pensamiento o sueño mío.
—Esta noche soñé que era hombre —le digo.
—¿Y? Clic-clic.
—Tenía ganas de mear y me pareció muy cómodo poder hacerlo de pie.
Tuerce el gesto. No le gusta mi contestación ni a mí sus «clic-clic».
De vuelta a casa te encuentro, como siempre, jugando a la play.
—¿Y qué? —me preguntas sin levantar la mirada de la pantalla.
—Que tengo que poner orden en mi vida.
Ahora sí dejas el mando y me miras como un niño despertando de una larga siesta. Necesitas unos segundos para aterrizar.
—¿Esahijaputa te dijo eso? —berreas abriendo otra lata de cerveza. Click dice la anilla. Y entre clicks, clics y tics sé lo que me queda por hacer.
—Me voy —te digo.
Es otra forma de ordenar la vida, una enciclopedia no es más que eso, y la mía es especial, dijo el vendedor. Tenía un rostro afable, de edad indefinida, y le gustaron la elegancia de su traje negro y sus modales exquisitos; además, tal era el tono persuasivo de su voz y su capacidad de seducción que casi no tuvo que enseñarle el fascículo de muestra. Allí, el hombre, al reconocer momentos de su infancia, le invadió esa sutil melancolía que se tiene cuando alguien evoca recuerdos olvidados y, fascinado, se suscribió a la colección.
Esa misma melancolía se hizo progresiva según iba recibiendo las entregas que rememoraban su adolescencia, sus estudios, su trabajo, las mujeres que había amado, su matrimonio, su jubilación, la muerte de su mujer, la soledad, el zumbido intermitente emitido desde una pantalla conectada a su corazón y el estridente pitido continuo que lo silenciaba.
Al médico de guardia le fue imposible apartar los más de ochenta volúmenes de la enciclopedia que constreñían y aplastaban al anciano en la cama de UCI para practicarle la RCP. Solo pudo certificar, en una nota a pie de página, al final del último tomo, que todo estaba en orden.
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