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Recostado en la alfombra, el niño hojeaba las ilustraciones de El caballito valiente y fingía leer en voz alta la historia del potro salvaje que vive en el bosque con su madre y sus amigos. De repente preguntó:
—Abuelo, ¿cuánto mide un caballo muerto de miedo?
El hombre se levantó del sillón, se paró contra el marco de la puerta, trató de enderezar sus hombros de luchador vencido y mentalmente calculó su estatura.
La mujer del cuadro movió los ojos de un lado a otro modificando levemente su expresión de aburrimiento. Alzó un poco el cuello y pudo constatar que ya nadie se ocupaba de nada. Desentumeciéndose, decidió salir.
Le sorprendió el impacto del aire acondicionado sobre la piel, y ésta, reaccionó del mismo modo que reaccionan las pieles cuando se sienten agredidas: arrugándose.
Nada volvería a ser igual, estaba segura de ello, pero no pudo evitar acercarse al ventanal y contemplar los cambios de la ciudad en esos, _calculaba_, doscientos años. Imaginaba rupturas, destrozos, murales, incendios…
Para su sorpresa, todo permanecía igual.
Podría ser que no había salido de un cuadro sino que se había metido en otro.
Esperaba tener más suerte esta vez.
La de arriba a la izquierda parece un dragón con las alas extendidas. Debajo, una bruja monta en su escoba. No me canso de mirarlas.
Siempre ha sido así. De niño, mientras los demás jugaban, indiferentes a la belleza que los sobrevolaba, yo encontraba mi refugio entre las nubes. Fascinado, escrutaba incansable sus caprichosas formas hasta que me era revelada la imagen que escondían.
Muy pronto, el cielo no fue suficiente. Apliqué la misma mirada a las manchas de humedad, a los charcos, a los rostros que se adivinaban en los enchufes. La primera vez que me afeité, una medusa roja me observó un instante desde la cerámica blanca del lavabo, antes de escurrirse por el desagüe. Extasiado, casi hipnotizado, no me importó la herida en la mejilla.
He aprendido mucho desde entonces. Se nota en la última pieza, la del dragón y la bruja. Es magnífica. Podría pasarme horas delante. Hay tanto que descubrir, tanto que imaginar. El ángulo del corte, justo en la base de la carótida, ha obrado maravillas en la sábana. El conjunto que formará con las otras quince es extraordinario. Aparto el cuerpo y la doblo con cuidado. Aún no está seca del todo.
La suerte de asomarse a un agujero mágico, donde el espacio y el tiempo se funden; donde puedes ver sin ser visto; de ver lo auténtico, sin engaños ni poses prefabricadas. Es una posición de poder.
También hay mirillas mágicas que no solamente ven las formas, sino que además ven tus pensamientos. Tus secretos inconfesables. Además, pueden escarbar en tu memoria y descifrarla.
El día que conseguí tener en mi poder esta mirilla mágica me sentí poderoso. Busqué a Arlette, mujer de la que siempre estuve enamorado y a la que nunca se lo dije por temor a su rechazo.
El día que la encuentre miraré dentro de sus pensamientos para descubrir caminos que me acerquen a ella, con cautela, en silencio, con delicadeza y siempre en guardia para que ella no descubra jamás mis secretos, mi parte oscura, mis crímenes ocultos, pues fui yo quien mató a su marido el día de su boda.
Oigo susurrar mi nombre. Me vuelvo y veo a Arlette sonriente mirándome detrás de unas gafas de sol a la moda. Observo que ha conseguido una mirilla mágica de última generación. Su sonrisa me heló el alma. Sonó un disparo. Yo fundí a negro.
La luz de la bombilla del techo filtrándose entre sus párpados y el frío de las baldosas pegado a sus huesos le hacen suponer que, otra vez, se halla tendido en el suelo.
Agita los dedos entumecidos de una mano, se frota las legañas, pestañea. Recorre con la lengua la boca y reconoce el sabor de siempre: a tabaco rancio, a vómito de ginebra, a aguarrás. No le resulta extraño, a veces da un trago al frasco equivocado. Del gusto metálico a sangre y los dientes rotos deduce que, esta vez, ha caído de frente.
Percibe entonces algo nuevo, un cosquilleo que va del tobillo a la nariz. Al llegar a los ojos, distingue una hilera de hormigas que se cuelan por los lagrimales y desaparecen dentro, rumbo al cerebro. Ahí escarban, trituran y arrancan tejido, después emprenden el camino inverso.
Mientras los insectos mordisquean sus últimas neuronas, eleva la vista al caballete. Allí, un vendaval agita las ramas retorcidas de un sauce que recorta el ocaso como un espectro. Concentra su mirada en una grieta del tronco y una mueca de espanto deforma su rostro al divisar la marabunta de hormigas entrando y saliendo, alborotadas por tanto alimento.
— …llegó por el sendero, perdiendo las huellas de sus pies desnudos tras la niebla. En la oscuridad de la noche, consiguió encontrar la llave y erró tres veces en la cerradura antes de abrir la puerta. Cerró por dentro y bajó a este sótano, mareada. Se tocó el costado y notó su sangre, caliente, bajando por sus piernas. Buscó desesperada la vieja escopeta de su abuelo y la agarró con fuerza al encontrarla. Se oyeron disparos, dicen, hasta cuatro y sus gritos espantaron a los pájaros de la zona. Quienes encontraron el cadáver hablan del horror impreso en su rostro. Todos los perdigones fallaron. Estos agujeros… —Dijo pasando la yema de los dedos sobre la pared con teatralidad— son la prueba.
Buscó con media sonrisa la expresión aterrada de su pareja, que se arrebujaba cada vez más en su abrigo. Entonces, en la planta de arriba, se escucharon pisadas y el crujir de una puerta.
Él se estremeció.
—¿Has oído eso?.
—Serán imaginaciones tuyas— Escuchó en su oído.
Dudó un segundo pero se aferró a su escepticismo: —Sí… eso será.
Ella se agarró más fuerte a él, temblando, y susurró con un hilo de voz: —Yo no he dicho nada…
Todas las mañanas saluda a la bibliotecaria, sonríe y se dirige a un anaquel distinto al del día anterior. Coge un libro al azar, siempre con un ligero temblor. Observa la portada, la acaricia e intenta sentir el título en las yemas de los dedos. Lo abre por cualquier página y lo huele con los ojos cerrados. Si le devuelve un olor seco, rancio, fantasea con una detective peligrosa, un pasado peliagudo, una melena pelirroja, carreras, una pistola, un amor. Cuando el libro desprende alguna esencia química, metálica, imagina una hermosa astronauta, una nave espacial, otros mundos, otros seres, un cuásar, un amor. Si tiene aromas dulces, de madera, de vainilla, piensa en una heroína de ojos de miel, de lágrima fácil, entre sombras, entre luces, una ruptura, un amor. Se sienta en uno de los sofás y pasa las hojas poco a poco. Cuando llega al final, lo cierra, suspira y lo deja donde lo encontró, con cuidado. Al salir, sonríe de nuevo a la bibliotecaria e imagina cómo podrían ser sus días si supiera leer.
Las tres niñas reinas de Ranigami marchan en cabeza. Tras ellas, un centenar de niños las siguen. Avanzan como avanzan los niños: unos saltando, otros corriendo, otros agachándose a coger piedras, otros miran las nubes…
Una pequeña de largo cabello corre hacia las reinas, agitando un papel.
—¡Esperad! —grita a punto de darles alcance—. Con un seis y un cuatro he dibujado un pinogato. —Con las dos manos estira el papel a la altura de su rostro, mostrándoselo a sus majestades—. ¿Qué os parece?
—No merece ser guardado —sentencian las reinas de Ranigami a coro—. Ahora, hazte a un lado.
La niña se aparta, arruga el papel y lo lanza al viento.
Donde cae, germina un pinogato.
—No te preocupes —le dice un niño—. Empiezan a ser grandes. Tampoco aceptaron mi dragilla: mitad dragón, mitad silla. Y mira, sí que sirvió. —Silba y la dragilla aterriza en su hombro; esta extiende sus alas de mimbre y señala en la lejanía. Allí, unas siluetas se esconden entre los arbustos: son los Jóvenes Encontrados.
Artistas mendigos que siguen el peregrinar de los Niños de Ranigami, con la esperanza de recoger migajas de imaginación.
El tiempo en la residencia transcurre tan despacio que me ofrecí a organizar una pequeña biblioteca. Enseguida la llené. Algunos compañeros leían el periódico; otros, novelas que nos regala la gente que viene de visita. Las mañanas se sucedían tranquilas hasta que llegó ella con sus pejigueras: que si la novela era larga, que si aburrida, que si demasiado amarga. Harta de aguantarla, terminé prestándole un libro encuadernado en piel azul y con las páginas en blanco que apareció entre las donaciones. A partir de entonces venía a diario y se sentaba muy derecha, como embebida en la lectura. Viéndola sonreír, derramar alguna lágrima o colocar el marcapáginas antes de devolvérmelo, me ponía cada vez más nerviosa. Pero conste que lo de quemar el libro en la chimenea lo hice por su bien, para que no perdiera del todo la cabeza.
No imaginé que me quedaría sin clientela. Ahora se coloca ufana en el centro del salón, rodeada de residentes que escuchan sus palabras como si las pronunciara el mismísimo Jesucristo. Si les pregunto qué les cuenta, me hablan de unas historias maravillosas que ella asegura haber leído en un libro de tapas azules que había antes en la biblioteca.
Cuando se levantó, el ínclito Pelida comprobó que se había convertido en un insecto despreciable que devoraba una jugosa magdalena empapada en una infusión de tila. Aquella guerra había durado demasiado y todo olía a podrido en algún lugar de la Mancha.
El cursor parpadeaba en la pantalla. La página del banco tardaba en cargar y Jacinto Potes golpeteaba la tecla enter una y otra vez. Estaba a punto de entrar en pánico cuando, por fin, los dígitos aparecieron, la cuenta corriente estaba en números rojos. Entonces, entró en pánico. Visualizó a un hacker sentado frente al ordenador, bebiendo un refresco con gas y vaciándole su vida desde el otro lado del mundo. Preso de una rabia ciega, abrió el detalle de los movimientos para rastrear al ladrón. Encontró varias transferencias inmediatas, la primera a una casa de apuestas virtuales; las siguientes, al mismo destinatario. Estupefacto, chequeó la firma digital. No había duda, era la suya, un J.P. sin florituras que le recordó el frenesí de unas horas antes, cuando se imaginó millonario.
IMPACIENCIA
—Érase una vez…
—No, mamá, otro, que ese ya me lo has contado.
Cuentos más, mejor
E. Härder Færø
Desde que mi madre me contaba cuentos siempre quise escribirlos yo, pero me sentía incapaz por mi falta de imaginación. Pronto aprendí las virtudes del plagio, y de mayor lo dominaba tan bien que una historia «original» mía llamó la atención de una famosa actriz con la que acabé rodando algo más que un guion (no revelaré su nombre: un caballero nunca lo haría y además tampoco me iban a creer).
Ahora ya he terminado con la lenta y tediosa reelaboración de originales. La IA es un auténtico descubrimiento. Qué rápido y qué bien escribe el algoritmo. Mejor que mis plagios. Y aunque a veces se equivoca y se repite, Y aunque a veces se equivoca y se repite, ni me molesto en corregirla. Todo le da autenticidad al texto. Es lista la condenada… Si hasta puedes pedirle un relato de doscientas palabras con conceptos aleatorios como «impaciencia», «anagrama», «imaginación», «mentira», «N. Portman», «IA», «metaliteratura», «ironía», «0,7 segundos» y es capaz de generar uno tan coherente que parece imposible que lo haya redactado ella. Y en menos de 0,7 segundos.
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