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Nala tenía un sueño. «Con esfuerzo y sacrificio conseguirás todo lo que te propongas, mi niña», le repetían sus padres a diario. Y ella se esforzó, y se sacrificó, y destacó en todo lo que se propuso: a buen seguro que sus padres habrían estado muy orgullosos de sus logros. Adquirió por internet el material deportivo, infinidad de manuales con rutinas de entrenamiento y un curso intensivo de francés online. Estudió noche y día, entrenó muy duro y se certificó en el idioma con nota; y cuando consideró que estaba lo suficientemente preparada, se embarcó rumbo a París. Su padre olvidó recordarle que también se necesita una pizca de suerte para conseguir los sueños, pero tal era su determinación que se tomó como una prueba preolímpica llegar a nado a la costa, sintiendo que la meta estaba más cerca con cada brazada, cuando la patera zozobró en las frías aguas del estrecho.
Leda vivía en un constante agotamiento. Después de su larga jornada laboral, tocaba recoger a los chavales del cole y realizar las tareas domésticas indispensables, así que al llegar la noche no tenía cuerpo para mucha fiesta. Andrés solía volver tarde, y como mucho se saludaban con escasa energía.
Tania llevaba un par de años viviendo con Abel, al que conoció siendo bien jovencita. El inicio de su convivencia había sido muy intenso, tierno y cómplice, pero con el paso de los meses fue perdiendo empuje. Poco a poco se comenzó a sentir extraña, aunque al pensar en ello no sabía explicar bien el motivo.
Cuando Leda y Tania coincidían en la oficina, todo mejoraba. Se ponían al tanto de sus vidas rutinarias, practicando sin saberlo una terapia necesaria sobre sus respectivas miserias. Y atendiendo al resultado, parece que bastante más eficaz que si la hubiera realizado cualquier profesional.
Hoy, Leda regresa del trabajo y Tania la recibe contenta en su coqueto apartamento. Esta noche los hijos de Leda vendrán a celebrar con ellas su aniversario de boda, la más recordada de las últimas décadas. Aquella en la que, desafiando lo establecido, decidieron ponerse el mundo por montera.
Cuando volvemos mi hermana y yo del cole y entramos en casa, madre sale a nuestro encuentro pidiéndonos con un gesto que no hagamos ruido. Eso solo puede querer decir que padre volvió de una de sus juergas de madrugada y ahora duerme. Avanzamos por el pasillo con cuidado cuando oímos cómo en la cocina, donde se hace la comida para el monstruo, lo primero que este reclamará, se cae y estalla un plato. Inmediatamente después llegan los gritos, los insultos y golpes; momentos en los que mi hermana y yo solemos escondemos bajo la cama. Sin embargo, nadie lo habría adivinado, el vaso de la pequeña estaba colmado y veo cómo se levanta, avanza hacia los rugidos, los acalla con su presencia insignificante y una vez a los pies del gigante empieza a golpearlo con saña; mi madre y yo nos miramos atónitos y descubrimos juntos que el miedo ha sido sustituido por algo que no sabemos nombrar y nos empuja a unirnos a nuestro David para maltratar al hombre con furia, molerlo a palos, gritando histéricos, hasta que aparece el cuchillo que se entierra en el vientre correcto todas las veces necesarias y nos devuelve la calma.
Cuando ella tenía tres años su padre huyó entre los trigales. Con siete comenzó a vender el pan y el café de estraperlo que le proporcionaba su madre. A los diez salía todas las mañanas del pueblo con un barreño de ropa sucia para lavarla en el río. Con doce años le dijeron que la gente como ella ya no necesitaba ir a la escuela y con quince no la dejaron entrar en una caseta de la Feria por ser hija de quien era. Su padre regresó cuando tenía dieciséis, hecho un despojo humano a causa del hambre y la cárcel. Con dieciocho se fue a servir a la capital, donde no la conocieran. Se casó, volvió al pueblo para ayudar a morir a su madre, devorada por un cáncer, y se hizo cargo de un hermano, hijo de la posguerra, casi veinte años menor que ella, porque a su padre no le quedaba nada de lo que fue. El tiempo le encorvó la espalda y la doblegó en una silla de ruedas, pero siempre que vamos a verla nos dice que nunca, nunca perdamos la sonrisa.
Hay cosas que me desesperan y mira que soy una persona tranquila, que no me acelero por nada, pero es que esta nimiedad me puede, y ya ves tú la importancia que tiene, pero no puedo, no lo soporto, pues nada, que por mucho que me empeñe no tiene remedio, que el mechón dice que va por ahí y va por ahí, que le da lo mismo si me atuso a cada momento, como si me quiero bañar en fijador o poner un rulo toda la noche que corte la respiración y estiraje todo el cuero cabelludo… no hay caso… una vez lo corté y fue peor, el remolino se transformó en tsunami y a ver quién dominaba aquella onda del demonio. He resuelto el tema usando siempre una horquilla, y no mirarme, si no la llevo, en los espejos. Aun así siento cuando lo suelto cómo tiende a volver a su sitio, como un resorte poderoso que no se doblega ante nada. Apuesto el cuello a que en caso de calvicie ese mechón ondeará como bandera reclamando ese territorio conquistado. Y solo pensarlo me enfurece, qué le hago, no puedo evitarlo.
La Aurori se quedó en estado por la fuente nueva. La fuente, que es como una copa de champán color azul columpio, está en medio de la plaza. No hay que apretar nada para que salga agua. Te asomas y el chorrito te da en la cara, hasta que tú lo encuentras con la boca. Pero se ve que, si bebes cuando oscurece, que es cuando ya deberías estar en casa, pero aún no has llegado, te quedas embarazada. Yo antes no lo sabía.
Pero, me acuerdo cuando se llevaron a la Aurori, tan seria, en la parte de atrás del coche. Miraba como si fuera ciega. O como si no oyera nada. Y luego, cuando se enteró el Eduardo, que es como su novio, pero sin serlo aún, salió de su casa llamándola a gritos: Aurori, Aurori. Y, como ya se habían ido, se puso a patear la fuente, de la rabia, a lo burro. La golpeaba encorajado por hacer que se preñara y se la llevasen. Y acabó arrodillado llorando, abrazado a ella, a la fuente, pero insultándola bajito. Hasta que su madre vino a llevárselo, casi en brazos. Como si fuera otra vez pequeño.
Sabía que él volvería hoy. Llevábamos más de un año sin vernos, aunque parecía que nunca se hubiera marchado. En casa seguía siendo el centro de todas las conversaciones, el nombre que siempre salía antes que el mío.
Mi hermano era el hijo perfecto: el mejor expediente, el más querido, el que siempre hacía lo correcto. Yo era el otro, el que aprendía a vivir en su sombra.
Aquel día de Navidad todos estaban felices de volver a verlo. Yo no.
La puerta se abrió antes de que nadie pudiera reaccionar. Él entró sonriendo, con esa calma suya que siempre parecía superior. Todos se levantaron a abrazarlo.
Yo fui el último.
Me acerqué, le di la mano. Un apretón corto. Correcto. Medido.
Y entonces vi la mesa.
Estaba puesta como si nada hubiera cambiado. Como si yo siguiera siendo invisible.
Entré un momento en la cocina. Al volver, dejé un sobre junto al plato de mi hermano y ocupé mi asiento.
Él lo reconoció al instante.
La sonrisa se le fue borrando poco a poco mientras bajaba la mirada.
Y comprendió que, por primera vez, su ángel de la guarda ya no estaba sentado a su lado.
«Nadie como un hijo para contarle tus cosas», se dice Aniceto mientras sube la cuesta del cementerio. Le gusta sentarse frente al nicho y mirar la foto en silencio, hasta que las palabras van saliendo solas. En dos años hay tiempo para hablar de mucho, y hasta para repetirse más de una vez, pero a su hijo eso parece no importarle. Lo escucha siempre, diríase que atento, con una expresión que lo mismo vale para asentir o poner en duda que para mostrar comprensión o discrepancia —según corresponda en cada caso—, con esos ojos suyos, nobles y hermosos, esos ojos que aún mantenía abiertos cuando fue hallado al pie del precipicio.
Pero este día es diferente. Aniceto llega jadeante y con la mirada enrojecida. Tras pasear nervioso delante de la tumba, saca un papel del bolsillo y se lo muestra temblando. Le exige entre lágrimas una explicación, y luego, con gesto de rabia, lo hace añicos y se marcha mascullando un dolorido adiós. El viento juega con los papelitos durante toda la tarde por las calles del camposanto. En uno de ellos se puede apreciar su firma, y en otro, una fecha, la misma que hay esculpida en la piedra.
Lucia salió corriendo del hospital cuando supo que a su abuelo no le quedaba mucho tiempo. Entró en un estudio de tatuajes con un electrocardiograma del abuelo en la mano. Él era toda su familia y quería llevarlo en la piel, que su pulso viejo latiera bajo su dermis joven, como un hilo invisible entre el adiós y la memoria.
Volvió justo a tiempo. El abuelo le pidió la mano. Al ver el tatuaje acarició su brazo con dedos temblorosos y sonrió.
—Gracias… pero hay algo —susurró— que tengo que decirte y que nadie sabe.
Lucía se acercó.
—Durante la guerra… yo fui el brazo, el que ejecutaba las órdenes. Los nombres escritos con lápiz en el cuaderno del alcalde. —Tragó saliva—. Vecinos, familiares, amigos… Yo no juzgaba, solo apretaba el gatillo.
Lucía sintió que el tatuaje le ardía.
—Pide perdón por mí —suplicó el abuelo—. A los hijos de los que no volvieron. A los nietos que no saben por qué sus casas se quedaron en silencio.
Después cerró los ojos.
Lucía miró la línea negra sobre su piel. No era un latido. Era una trinchera que debía cruzar para cerrar las heridas abiertas.
Con la primera tentativa, la asertividad, se atrevió a pedirle a su marido que fueran a cenar a un restaurante los dos solos algún sábado y a empujarle suavemente para que se girara en la cama cuando roncaba y no le dejaba dormir. El balance fue un labio partido y tres semanas oculta tras unas gafas de sol. Volvió a intentarlo, confiada, con la valentía, consejo que siempre mencionaban su hermano y su mejor amiga, Aura. Ensayó una mirada franca, se secó las manos sudorosas en el delantal y le planteó a Tomás la posibilidad de buscar un trabajo fuera de casa. Acabó en un rincón con la carne y el alma magulladas, pues él ni siquiera necesitaba de la fuerza bruta para derribarla.
Según le advirtió el genio de la lámpara, ya solo le quedaba un deseo y debía elegir bien. No dudó cuando volvió a frotar aquel artefacto de metal con brillo tenue y vibrante. Pidió que le concediera coraje. Nada más pronunciar la palabra ―correcta, definitiva― notó cómo se le afilaba la mirada, se le encallecían los nudillos y, encaramando a sus hijos sobre sus formidables espaldas, cruzó el umbral sin preocuparse de dejar preparada la cena.
Aferrado a las barandillas levanta el pie derecho. Lo arrastra con dificultad. Carga el paso sobre él, adelanta las manos y recomienza, ahora con el izquierdo, como si atravesara un puente colgante sobre un río, aunque la caída será inevitable. Tan distintos estos pasos a aquellos primeros que dio de la mano de su madre y que ella celebraría orgullosa, pese a su torpeza. En su lugar, al final del recorrido, lo espera una joven de bata blanca con un aro plateado en la nariz.
—Un poquito más. Ya casi estás, cariño.
¡Cariño!
A él, que para su mujer siempre fue Federico, a quien sus alumnos de la facultad nunca retiraron el don.
Por un instante se yergue, respira hondo y da tres nuevos pasos antes de vencerse tembloroso sobre el pasamanos.
Le arruinaron la infancia, y por ende la vida, cuando aquel pediatra anunció su mal. Que no corra, que no se fatigue, que no coja frío, señora. Así lo sentenció el galeno, fonendo al viento y gafas en la punta de la napia, con el orgullo de quien hace un descubrimiento capital. Y la madre, ay dios mío, menos mal que este sabio me ha salvado al hijo. Así estuvo un tiempo, llevando vida de planta de interior.
Pero el niño era obstinado. Parado yo… Cómo no vestir, como todos, el chándal del colegio. Cómo renunciar a ser parte del equipo. Y, erre que erre, se empeñó en desafiar mandatos y presiones. Primero fueron juegos en la calle, y luego consiguió ir a clase de gimnasia, prometiendo, eso sí, no forzarse mucho. Acabó destacando en el deporte. Hoy, mira la vitrina donde atesora los trofeos y piensa en esa vida que no fue. Una vida quizás de literato, de esos que escriben vidas de gente hiperactiva.
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