Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

SU PROPIA SONRISA

Desde fuera, la clienta se contemplaba en la vitrina con el pañuelo atado a la cabeza y apenas acertaba a localizar la peluca elegida sin mucha convicción antes de que Rayo, el gato de la tienda, la hubiera emprendido con aquellos bustos inexpresivos que lo asustaban. La dueña de aquel comercio tan inusual se afanaba en recuperar la armonía del escaparate mientras le juraba venganza al felino que lo había arruinado todo y ahora se escondía prudentemente. Fue entonces cuando, pasando de largo, decidió sonriendo afrontar de otro modo el desorden de sus células.

59. Observación 137

El primer indicio se produjo cuando el cristal le devolvió su reflejo unos segundos tarde. En la cocina, el microondas zumbaba sin que él lo hubiera encendido. Dentro, un calcetín giraba lentamente sobre el plato. Encendió la cafetera y, antes de meter la cápsula, el café hirviendo se derramó sobre la encimera.

Salió a la calle y la lluvia subía desde los charcos al cielo. Su sombra se proyectaba tres metros por delante, tirando de él con urgencia. Los coches se detenían cuando el semáforo se ponía verde y arrancaban en rojo sin que se escuchara un solo pitido. Incluso los taxistas cedían el paso a los Uber.

El universo disfrutaba del caos, pero él no.

Ya en la oficina, encendió el ordenador y los números bailaban en los balances mensuales cada vez que parpadeaba. Incapaz de cuadrarlos, reinició el equipo con dedos temblorosos, y la boca seca.

La pantalla mostró una frase que no recordaba haber escrito:
“Observación 137: el sujeto todavía intenta mantener la rutina. Proceder con el colapso total”.

El cursor parpadeó y apareció una nueva línea:
“El sujeto ha leído el mensaje”.

Por primera vez sintió con absoluta certeza que alguien lo estaba observando.

58. El nuevo orden corporal

El NUEVO ORDEN CORPORAL (Gema Herráez Peñas)

Los médicos estaban desconcertados con el caso que les ocupaba. En la resonancia el desorden en el cuerpo de su paciente no era el situs inversus totalis que, aunque raro, estaba tipificado en medicina. Lo sorprendente era lo que mostraban los distintos órganos. El corazón estaba devastado, como si hubiera explosionado, y aún así seguía latiendo. El hígado era un auténtico vertedero de residuos indiscriminados. No daban crédito a lo que allí veían. Los riñones, negros como el petróleo, filtraban ese líquido espeso a través de los uréteres. Los pulmones aparecían velados como por un humo negruzco. Eran dos manchas casi opacas aunque eso no parecía impedir su funcionamiento. El sistema circulatorio era caótico. La sangre cambiaba de sentido de manera frenética como si huyera. Lo más increíble era lo que podía verse en el cerebro. No eran los lóbulos que lo forman sino un mapa del mundo en el que podían verse, al igual que en una retransmisión, explosiones, incendios e inundaciones en distintas zonas.

Intrigados le preguntaron por los síntomas que tenía. “Tristeza profunda, pensamientos negativos, incertidumbre, miedo. Es como si me estuviera descomponiendo”, dijo.

“Lo sentimos”, contestaron apesadumbrados, “su tratamiento no está en nuestras manos”.

57. Compromiso (Alberto Jesús Vargas)

La adolescente atraviesa el parque de camino a casa. El vivo color de las flores contrasta con el gris aburrido de su uniforme escolar. Hoy, por algún motivo, no la acompaña su inseparable amiga. Aprovechando tal circunstancia, un niño de su colegio, al que reconoce enseguida, le sale al paso. Es el pequeñajo con gafas redondas y carita de gorrión que dos cursos por debajo siempre la mira como el que mira a la luna. Ya frente a ella, rodilla hincada en el suelo, el chaval le pregunta que si quiere ser su novia mientras abre un estuchito que guarda una sortija con un hermoso diamante engarzado. Deslumbrada por la joya, la chica es incapaz de decir que no y sin decir tampoco que sí, acepta el regalo que le viene grande a sus dedos finos. Y el ingenuo pretendiente, sintiéndose por fin querido por alguien, se marcha corriendo para esconder sus lágrimas y confía en que su madre, en ese desorden que le ha dejado el abandono de papá, no echará de menos el anillo de compromiso que seguro ya no va a querer usar.

56. Soy el Desorden

¿Cuántas veces su padre militar franquista le había dicho que debía estudiar Derecho y casarse con una niña rica…? ¿Cuántas veces su madre del Opus le había aconsejado volver a la religión y apuntarse a la Obra…? ¿Cuántas veces sus píos amigos le habían animado a apuntarse a hacer acción social a Cáritas, con esas hipócritas damas y caballeros burgueses que estaban ahí para limpiarse la conciencia? Sus padres eran gente bien y no podían permitir que su hijo no lo fuera…

Todos, demasiado insistentes. Su entorno al completo le estaba presionando para que fuera como ellos, para que todo estuviera en Orden. Pero él era el Desorden per se. Pero era pura coherencia con su propia forma de pensar: auténtico.

Se levantó temprano ese Sábado Santo con pesada jaqueca. Había estando dándole vueltas toda la noche y decidió nunca más volver a misa, nunca más plantearse estudiar Derecho y nunca más volver a ver a su pacata novia.

Abrió el armario y en el fondo: una cazadora, pantalón de cuero negro y botas militares. Observó las habitaciones, hizo con el dedo el“¡Que os den!” y cerró de golpe esa puerta opresiva que, nunca en su vida volvió a abrir.

55. El despeinador de palabras

Dos amigos compiten desordenando palabras. «Soy Sergio, el que busca el RIESGO sin cesar». A lo que su compañero le responde: «Y yo, Mariano, un amante de la ARMONÍA». Con el tiempo, el mundo se ha vuelto gris, tenso y salpicado de guerras. El orden de las letras crea una neblina pesada en la que se desvanece cualquier ilusión. Mariano abandona el juego, pero a Sergio le apasiona de tal manera que, cuando tiene la oportunidad, se pone a ofrecer sus servicios en una modesta mesita en la entrada de un parque. Una mujer se acerca y le dice: «¡Cuánto ODIO hay en el mundo!» Sergio le contesta: «Agudice el OÍDO, ya verá cómo desaparece». Si un hombre le confiesa: «Estoy harto de tanta IRA», él le responde: «Contra la ira, RÍA». Llega un niño y le enseña con la mano abierta. «Mira, he encontrado una BALA». Entonces, Sergio le susurra: «Entiérrala al ALBA sin falta». Para quienes la ORDEN de MATAR les angustia, él les incita a que DOREN una TRAMA y que se salgan ya del cuento. Tras una semana, incluso los soldados enemigos acuden hasta la mesa del despeinador de palabras para obtener su sabio consejo.

54. La experiencia suele ser un grado

 

Ayer mismo mi madre andaba en la cocina haciendo una tortilla de patatas y me volvió a preguntar: “¿Hija, es que no piensas aprender a cocinar nunca?”

Mi respuesta, como siempre: “Ya aprenderé mami, además hoy en día el YouTube te lo enseña todo”

Mi madre vuelve hoy de viaje y he decidido sorprenderla con una cena exquisita. Llevo media mañana indagando en internet una receta sofisticada para impresionar, pero hete aquí el primer obstáculo: habría sido conveniente haber estudiado un pequeño glosario de términos gastronómicos… ¿flambear, pochar, macerar…? Después de elegir la receta en cuestión, nivel fácil, me dispongo a realizar mi mise en place, todo ordenadito sobre la encimera; obviamente sustituyendo alguno de los ingredientes por otro porque lo de planificar la compra se me había olvidado.

Coloco mi Tablet y ¡madre mía! He pausado tantas veces el video que ya no sé por dónde voy, son las dos y la cocina es un desastre, hora de tomar decisiones drásticas: Voy al frigorífico y saco el tupper de lentejas que mamá dejó antes de irse, me saben a gloria bendita.

He encargado la cena a un restaurante tailandés, mamá tendrá: cena exótica, cocina relimpia y pinche disponible.

53. La sorpresa

En la ciudad reinaba el desorden: los semáforos discutían entre sí, los relojes mentían y los vecinos hablaban todos a la vez. Así que me marché al campo en busca de paz para el espíritu.
Tardé en encontrarla, pero al final apareció. Con ella llegó también un oficio inesperado: me hice agricultora.
Un día recogí semillas de calabaza y las sembré. Regué la tierra y esperé pacientemente, confiando en la lógica tranquila de la naturaleza. Pero cuando llegó el momento de la cosecha, en lugar de calabazas habían crecido tomates.
Desde entonces, mi vida empezó a torcerse.
Ahora, puedo estar aquí y allá al mismo tiempo. Si busco el azúcar, aparece en la lata de galletas que pone «Café». Me compro un vestido azul y al día siguiente es rojo. Salgo a buscar setas y vuelvo con una cigüeña. Pongo una trampa para ratones y atrapo a la luna llena.
Con el tiempo me he acostumbrado a vivir en este embrollo, pero esta mañana algo inesperado me ha ocurrido: no sé cómo explicarle quién es el hombre que ha amanecido en mi cama… al marido que no tengo.

52. Sesgo selectivo (A. Parada)

Con un minúsculo toque, alineó el lomo con el resto de libros de la estantería. Sacó de su bolsillo una regla y se aseguró de que el error de desviación no superase los 3 mm. Hizo hueco en su perchero. Comprobó toda superficie de su habitación para asegurar que no hubiese mota de polvo alguna y mulló la almohada de su cama hasta que quedó impecable.

Tres minutos y veinte segundos más tarde de la hora acordada llegó ella. Como un torbellino entró, colgó su abrigo encima de otro, le saludó con efusividad y se sentó en la cama, arrugando el edredón perfectamente liso. Él se estremeció, pero retuvo el impulso de reprenderla. Pasada la tempestad, un rubor asomó a su rostro.

Hora y siete minutos más tarde ella se levantó para irse. Recogió su abrigo y colocó en su estantería el libro que le quería prestar. Se despidió con una sonrisa y salió por la puerta.

Silencio.

Quince minutos más tarde, cuando hubo terminado de cuadrar el edredón, se dirigió a la estantería. Miro el libro. Colocado sin cuidado. Muy desviado del error aceptable y fuera de lugar respecto al resto. Lo miró fijamente, pero no lo movió.

51. LA LÓGICA DEL CAOS

Estoy cansado de que me tomen por el «pito del sereno». Antes, mi despacho era la envidia de toda la empresa. El ordenador centrado en el escritorio, el teléfono en un lateral y el bolígrafo encima del cuaderno. En las librerías exhibía los archivadores, clasificados por orden alfabético, lo que ayudaba a cualquiera a localizar la información.

Claro que, en el momento en que desaparecía algún expediente, me acordaba de la familia de San Cucufato y me transformaba en Hércules Poirot. Entonces unos se encogían de hombros; algunos se rascaban la cabeza; y a otros, parecía se les había comido la lengua el gato.

Por tal motivo, distribuí los documentos por la mesa, las sillas y las estanterías, con una lógica que solo yo sé descifrar. Además, como anzuelo, esparcí: seis paquetes de caramelos y otros de chicles; seis nueces con cáscara: y, seis galletas de canela envasadas individualmente. Productos que les encantaban a ciertas personas de la oficina.

Cuando regresaba de las reuniones, lo primero que hacía era comprobar qué es lo que faltaba del piscolabis y si habían manoseado algún expediente. De esta forma recuperaba, en un pispás, lo que era de mi propiedad.

50. Formación

Antes de empezar el curso, medía a los chicos y los colocaba en los pupitres según su talla. Los miraba luego desde la tarima y paseaba despacio de un lado a otro, asintiendo. Con las nuevas directrices, se cambiaron las insignias, se vistió a los alumnos con uniformes y se mezclaron sin tener en cuenta la edad ni la estatura. Su manera de moverse fue entonces distinta: los pasos se volvieron cortos e irregulares y apareció un temblor en sus manos. En el centro se sentaron los adultos, afeitados y con las mandíbulas tensas. Detrás, los adolescentes, con la piel llena de granos y los hombros a medio hacer. Delante, los niños, repeinados y con cara de asombro. En ocasiones, con los ojos muy abiertos, advertía que los que apenas levantaban un palmo del suelo mantenían más aplomo que los demás. El último día que salieron al patio, mientras los mayores apretaban los dientes, los pequeños seguían la maniobra frente a la pared con indiferencia. Entre la maraña de cuerpos, fueron los únicos que conservaron la postura relajada después de que el batallón ejecutase la orden.
Tras contemplarlos, recuperó su andar pausado, la quietud de sus manos y asintió.

49. Basura

Cuando alguien cambió de sitio el centro del cosmos, los teoremas y las leyes de la física se fueron al traste. Los astros, las estrellas y los planetas migraron a órbitas arbitrarias y disconcéntricas. El espacio sideral, hasta entonces tan ordenado, quedó trastornado. En los sectores habitados, los sistemas de energía se descompensaron hasta el punto de colapsar. Las fábricas de comida tuvieron que cerrar. La población se concentró en determinados planetas donde se podían obtener nutrientes de diversos animales y de algunos vegetales, pero no eran suficientes, ni mucho menos. Por suerte, aún existían aquellos restos de alimentos que siglos atrás se tiraban porque no eran lo suficientemente buenos para aquellos paladares tan refinados o, simplemente, porque sobraban. Se les había trasladado a vertederos dispuestos en capas controladas de la entonces órbita baja terrestre, mas ahora vagan dispersos por el universo. Pero pronto se agotarán porque son recolectados en gran cantidad y apenas se generan de nuevos. Cada vez tenemos que viajar a galaxias más lejanas para encontrarlos. Por eso, cuando pongo en marcha los motores de la nave para incorporarme a una expedición basurera, pienso si será la última.

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