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Érais como hermanos o al menos eso creía él y le manipulaste y traicionaste. Érais buenos amigos y les manipulaste y traicionaste. Todos te ofrecían buenos consejos y de todos te reías creyéndote superior. Gastaste tu buen dinero a espuertas y tu viste que vender tus pisos en nuda propiedad. Fuiste un adicto a las compras compulsivas, a lo material, pero toda tu gente lo podía comprender por la minusvalía que tenías. Lo que nunca comprendieron fue que te portaras mal, dando la imagen de hacerlo bien. Les pretendías comprar con dinero y cuando hablaban a tus espaldas de tu forma de ser y les oías a hurtadillas, en vez de reconocer tus fallos, les ladrabas. Nunca fuiste feliz, pero no hiciste nada por remediarlo. Siempre, escapándote de ti mismo. Y ya no te queda nadie, tan solo un cuidador colombiano que te saca los ojos, pero como es bien parecido, se lo perdonas. Pero a ti ya no te perdonas nada: la culpa se ha convertido en tu mejor compañera de tus últimos años de esta triste vida que llevas. Y ya es demasiado tarde para cambiar, amigo.¡No sabes cuanto lo siento! Pero ya no te quiero (ver más)…
La primera vez que me visitó la niña muerta, del susto se me cayó el frasco de aceite de rosa mosqueta al suelo del baño. El pelo, blanco, le nacía por encima de una pequeña cicatriz en su frente —como una luna menguante— y caía ralo por los lados de la cara; los ojos, grandes y negros como huesos de albaricoque, me miraban fijos. Me agarró de la mano y señaló la ventana. Desapareció, asustada por los golpes en la puerta, dejando el aire lleno de olor a hierba y tierra.
«¿Qué es ese ruido? ¿A qué huele, joder?»
La segunda vez que la vi, en el dormitorio, se agachó, acarició mi pelo y me secó las lágrimas. Posó su mano bajo mi vientre aún hinchado y se manchó de sangre. Vi que ella también lloraba. Señaló de nuevo la ventana. Se desvaneció con los gritos, antes del portazo.
«¡La próxima vez te mato!»
La tercera, en el hospital, me observó resignada desde detrás de los policías. Su dedo, menudo y frágil, apuntó por última vez a la ventana antes de irse para siempre. Esta vez la entendí. Le pedí perdón, pero ya era tarde.
A papá le molestan mucho los ruidos cuando vemos el fútbol en la tele. Mamá se colocó delante de mí porque se puso furioso. Papá la empujó sin querer porque es demasiado fuerte y el borde de la mesa es tan duro…
Ahora papá se ha marchado dando un portazo y mamá está tirada en el suelo, con los ojos abiertos y una brecha en la frente. Si me hubiera tragado el jarabe en lugar de escupirlo como un niño caprichoso, ella estaría en la cocina horneando las pizzas y nosotros dos, celebrando que acaba de ganar España.
Microrrelato fuera de concurso.
A Tomás le picaban las bisectrices cada vez que tenía sentimiento de culpa. Pertenecía a una familia aristocrática de principios muy rectos. Su padre, un logaritmo neperiano de tercera generación, era conocido en la zona por sus metáforas atrevidas. Estuvo en la cárcel por una de ellas al alterar los límites de la entropía permitidos.
Aun así, pudo aprobar las oposiciones de Registrador de la Propiedad y casarse con una recta paralela de un solo trazo. Cuando nació Tomás, el matrimonio decidió emigrar a otro universo menos racional y más cuántico. Todo por el bien de Tomás, que como buenos padres le deseaban la mejor educación, llena de principios sin finales y de apotemas opuestas por el vértice.
En la primada tradicional de septiembre se habían juntado todos los números primos de la familia, cuñados incluidos. La Policía Local, previsora, había establecido un dispositivo de seguridad. No siempre acababan de forma pacífica. Mejor dicho, nunca.
El cordero lechal no se podía comer. Había sido mezclado con especias cuyos espines estaban rigurosamente prohibidos en la zona. Todos los comensales se fueron de vareta.
A Tomás, aquella noche le volvieron a picar las bisectrices.
Al menos, este año no hubo heridos.
—¿Quién ha sido? —preguntó nuestra madre aquella primera vez al descubrir la bailarina de Lladró hecha pedazos en mitad de la entrada.
Ninguno de los dos dijo nada, ni entonces ni más adelante; nunca lo hicimos, a pesar de las amenazas, los gritos, los azotes en las nalgas y los castigos cada vez más grandes. Él hacía la trastada y yo callaba.
Crecimos y con el tiempo sus travesuras se hicieron más graves, aunque quizás hubiese sido lo correcto llamarlas de otro modo y haber abierto la boca antes, al menos cuando nos metieron en la cárcel. Afortunadamente, ese no fue su único error de cálculo: él la emprendió con uno de los presos y yo callé que su víctima era el amante del matón que dominaba aquellos lares.
Hoy, tras perder a mi hermano cosido a navajazos, habiendo salido de la cárcel por buen comportamiento unos años antes, he de confesar que me aburro, me siento solo y quizás, de vez en cuando, algo culpable.
Sr. Presidente:
Con su acostumbrada contumacia, de nuevo hoy a las 9-20, la joven rubia del perrito blanco, ese adorable bichón-maltés, atravesaba el jardín de la finca en dirección a las pistas de pádel. Se distraía en los pantallazos de su celular. Tras ella, el faldero, suelto a distancia apreciable, gozaba con su hocico del frescor del rocío con que los aspersores habían emperlado las hierbas del césped. De pronto, me fijé desde mi terraza, el chucho cabrioló sobre sí mismo hasta orientarse norte-sur, encorvó su espinazo y su peristáltica dejo como huella un simpático zurullito, que quebró la fila de unas hacendosas hormigas.
El perrito, ya descargado, corrió hacia su dueña. La joven de cabellos dorados siguió impertérrita, ajena a cualquier culpa, desapareciendo tras los arbustos, dejando abandonado, secándose al sol, el canino regalo para el cortacésped del jardinero.
Bajé para verificar lo que vi desde la altura. Efectivamente, a primera vista, el cilíndrico residuo era de consistencia media, ni dura ni blanda, segmentado, sin signos de parásitos intestinales y de color marrón-chocolate, características que indicaban la buena salud del pequeño blanco maltés.
Ruego actúe en consecuencia.
Adjunto al documento la foto del excremento.
19/9/2026
El vecino del sexto.
Aquestamos reuñidos todes por malinfundia, acusado el menda de plagiario. Declarome inocente y aculpado.
Así como ilustroso caballeril manchego tornose chaladesco tras compulsión lectora de muchismos libretos de andantes caballerosos, en mi particularia, solosque una obra generió esta trastornada. Tras lecta de la inmensa “ Rayuela”, un relamparrayo fundió mis pienses, altercando mis palabros expresivos a esta jerga raril que escapa de mi oralidad. Mal del glíglico llamose. Mi entraña seseril volviose hipnoabducida, siendo esta la porqué de la mímesis de mis leteretas con las cortazarianas. Recoñozco uso y abuso de “clémiso”, “ incopelusas” y “orfelunios”. Mea culpa. Remediarios busco con rezalias, pocimillas y doctos sin satisfactorios resultas.
Sean usteves magistratarios de la más altísma tribunalia, sapientísimos y ecuánimes, alejados de toda parcialidad o totalidad escriteril y entanto decisorios de mi desatino futuresco, aquellos que han de evalidar y juiciar mis obrados noveliascos. Clemenciaria apelo a sus excelencias que inocente sepo y asín me declaren y poda continuar como escribidor. Ameno.
Es su primer día; se nota en cómo duda y consulta a un compañero, que le susurra:
—Avisa al encargado.
—Perdone, debí decirle antes que soy socio —le digo, y le enseño un carné caducado hace años.
Me aparto para que no se sienta presionado mientras llama. El chico vuelve, me pide disculpas y me trae una copa y un puro con las manos temblorosas.
Salgo antes de que llegue el encargado. Esta noche la caja no cuadrará y mañana habrá otro novato en su puesto.
Algún día alguien reconocerá mi voz al otro lado del teléfono.
Mientras tanto, duermo bien. Es lo único que me inquieta.
No le importa levantarse antes, lleva días sin pegar ojo del bochorno que hace. Anoche le llamó su jefe: que llegaría tarde, que fuese abriendo el local, que encendiera la cafetera y la plancha, atendiese a los repartidores, llenara el botellero, ayudase a Mirta a pelar patatas. «Ufff, espero no olvidar nada», piensa, enjugándose el sudor de la cara.
Se despide de Julia, coge con delicadeza a Alba para no despertarla, sale sin desayunar, arranca el coche. Parece que se derritiera el asfalto, que los neumáticos rodasen más despacio. Le atormenta el recital de bocinazos, el no avanzar, el ver los minutos pasar atrapado en mitad de ese atasco. Suena el teléfono, es el jefe: que compre hielo en alguna gasolinera, que la máquina ayer se trababa.
Cuando por fin llega, aparca el coche arriba, no da tiempo a entrar al garaje subterráneo del centro comercial. Abre el bar, es un no parar hasta las cuatro, hora de marcharse.
Sale fuera, cuarenta grados, enciende el móvil. Un mensaje de la guardería, preguntando por Alba. Recuerda recostarla en su sillita, abrazada a su muñeca, durmiendo tan plácida.
Se abre el suelo bajo sus pies. Cae. Siente el lametazo de las llamas.
En la caja cuatro, la única donde todavía atendemos personas, doña Pilar deposita cada martes lo mismo: tres yogures, un bote de habichuelas en conserva —con el que dice que come tres días—, dos o tres tomates y tres barras de pan. A veces añade algo de embutido o patatas fritas. Siempre trae un monedero gastado y me pide que le cuente yo las monedas porque no ve bien. La gente en la cola resopla mientras yo saco las monedas una a uno, pero a mí no me importa tardar.
Hoy hizo lo de siempre. Cuando se fue con su bolsa, Ernesto, el encargado, bajó de la oficina y se puso a mi lado. Dejó dos billetes de cincuenta euros junto al teclado, sin mirarme, y dijo: «Que no te vuelva a faltar dinero al cerrar la caja». Luego se dio la vuelta y se marchó.
La doctora entra en la habitación con ese caminar suyo, tan suave y sofisticado, que apenas desplaza las sombras.
Intercambiamos una mirada: interrogante la suya; expectante la mía.
En ese duelo desigual se me atropellan las preguntas en la garganta, pero me obligo a permanecer sereno, como si la cosa no fuese conmigo. Es algo que se me da bien. Eso, y levantar una ceja sardónica que, creo, me hace bastante interesante.
Ella interpreta su papel, impecable y fría como una serpiente. Observa mis constantes y toma notas, pero sé que, al igual que yo, se muere por iniciar una conversación. Y también sé que no quiere ser ella la primera en hablar.
Sonrío para mí y permanezco inmóvil.
Al final ella cede, como de costumbre, y, con cierta displicencia, entona:
—¿Qué ha sentido?
Me humedece los ojos con solución acuosa a la vez que evita mi inquisitiva mirada.
Simula entereza; yo finjo todo lo demás, así que le contesto:
—Mucha culpa, doctora, mucha culpa…
Por culpa del chirrido de la puerta, mi padre, el reverendo Austen, no puede concentrarse al preparar sus sermones, y mi madre, la señora Austen, sufre de frecuentes jaquecas.
Ni siquiera Cassandra, mi hermana mayor, entiende mi rotunda negativa.
– ¿Por qué arreglarla – le digo -, si está perfecta como está?
A falta de mi propio estudio, la vieja puerta es mi aliada. En este momento acaba de chirriar, anunciando a las visitas, y me ha dado el tiempo suficiente de ocultar lo que estaba haciendo.
Mientras finjo coser y seguir la charla, pienso en el título perfecto… ¿»Primeras impresiones»? … No, no me convence… Mejor, «Orgullo y prejuicio».
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