Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

IMAGINACIÓN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA IMAGINACIÓN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA IMAGINACIÓN en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 de JUNIO

Relatos

21. Tremens

La luz de la bombilla del techo filtrándose entre sus párpados y el frío de las baldosas pegado a sus huesos le hacen suponer que, otra vez, se halla tendido en el suelo.

Agita los dedos entumecidos de una mano, se frota las legañas, pestañea. Recorre con la lengua la boca y reconoce el sabor de siempre: a tabaco rancio, a vómito de ginebra, a aguarrás. No le resulta extraño, a veces da un trago al frasco equivocado. Del gusto metálico a sangre y los dientes rotos deduce que, esta vez, ha caído de frente.

Percibe entonces algo nuevo, un cosquilleo que va del tobillo a la nariz. Al llegar a los ojos, distingue una hilera de hormigas que se cuelan por los lagrimales y desaparecen dentro, rumbo al cerebro. Ahí escarban, trituran y arrancan tejido, después emprenden el camino inverso.

Mientras los insectos mordisquean sus últimas neuronas, eleva la vista al caballete. Allí, un vendaval agita las ramas retorcidas de un sauce que recorta el ocaso como un espectro. Concentra su mirada en una grieta del tronco y una mueca de espanto deforma su rostro al divisar la marabunta de hormigas entrando y saliendo, alborotadas por tanto alimento.

20. Cuenta la leyenda… (A. Parada)

— …llegó por el sendero, perdiendo las huellas de sus pies desnudos tras la niebla. En la oscuridad de la noche, consiguió encontrar la llave y erró tres veces en la cerradura antes de abrir la puerta. Cerró por dentro y bajó a este sótano, mareada. Se tocó el costado y notó su sangre, caliente, bajando por sus piernas. Buscó desesperada la vieja escopeta de su abuelo y la agarró con fuerza al encontrarla. Se oyeron disparos, dicen, hasta cuatro y sus gritos espantaron a los pájaros de la zona. Quienes encontraron el cadáver hablan del horror impreso en su rostro. Todos los perdigones fallaron. Estos agujeros… —Dijo pasando la yema de los dedos sobre la pared con teatralidad— son la prueba.

Buscó con media sonrisa la expresión aterrada de su pareja, que se arrebujaba cada vez más en su abrigo. Entonces, en la planta de arriba, se escucharon pisadas y el crujir de una puerta.

Él se estremeció.

—¿Has oído eso?.

—Serán imaginaciones tuyas— Escuchó en su oído.

Dudó un segundo pero se aferró a su escepticismo: —Sí… eso será.

Ella se agarró más fuerte a él, temblando, y susurró con un hilo de voz: —Yo no he dicho nada…

19. Amor por la lectura

Todas las mañanas saluda a la bibliotecaria, sonríe y se dirige a un anaquel distinto al del día anterior. Coge un libro al azar, siempre con un ligero temblor. Observa la portada, la acaricia e intenta sentir el título en las yemas de los dedos. Lo abre por cualquier página y lo huele con los ojos cerrados. Si le devuelve un olor seco, rancio, fantasea con una detective peligrosa, un pasado peliagudo, una melena pelirroja, carreras, una pistola, un amor. Cuando el libro desprende alguna esencia química, metálica, imagina una hermosa astronauta, una nave espacial, otros mundos, otros seres, un cuásar, un amor. Si tiene aromas dulces, de madera, de vainilla, piensa en una heroína de ojos de miel, de lágrima fácil, entre sombras, entre luces, una ruptura, un amor. Se sienta en uno de los sofás y pasa las hojas poco a poco. Cuando llega al final, lo cierra, suspira y lo deja donde lo encontró, con cuidado. Al salir, sonríe de nuevo a la bibliotecaria e imagina cómo podrían ser sus días si supiera leer.

18. Por el camino a Ranigami

Las tres niñas reinas de Ranigami marchan en cabeza. Tras ellas, un centenar de niños las siguen. Avanzan como avanzan los niños: unos saltando, otros corriendo, otros agachándose a coger piedras, otros miran las nubes…

Una pequeña de largo cabello corre hacia las reinas, agitando un papel.

—¡Esperad! —grita a punto de darles alcance—. Con un seis y un cuatro he dibujado un pinogato. —Con las dos manos estira el papel a la altura de su rostro, mostrándoselo a sus majestades—. ¿Qué os parece?

—No merece ser guardado —sentencian las reinas de Ranigami a coro—. Ahora, hazte a un lado.

La niña se aparta, arruga el papel y lo lanza al viento.

Donde cae, germina un pinogato.

—No te preocupes —le dice un niño—. Empiezan a ser grandes. Tampoco aceptaron mi dragilla: mitad dragón, mitad silla. Y mira, sí que sirvió. —Silba y la dragilla aterriza en su hombro; esta extiende sus alas de mimbre y señala en la lejanía. Allí, unas siluetas se esconden entre los arbustos: son los Jóvenes Encontrados.

Artistas mendigos que siguen el peregrinar de los Niños de Ranigami, con la esperanza de recoger migajas de imaginación.

17. La voluntaria

El tiempo en la residencia transcurre tan despacio que me ofrecí a organizar una pequeña biblioteca. Enseguida la llené. Algunos compañeros leían el periódico; otros, novelas que nos regala la gente que viene de visita. Las mañanas se sucedían tranquilas hasta que llegó ella con sus pejigueras: que si la novela era larga, que si aburrida, que si demasiado amarga. Harta de aguantarla, terminé prestándole un libro encuadernado en piel azul y con las páginas en blanco que apareció entre las donaciones. A partir de entonces venía a diario y se sentaba muy derecha, como embebida en la lectura. Viéndola sonreír, derramar alguna lágrima o colocar el marcapáginas antes de devolvérmelo, me ponía cada vez más nerviosa. Pero conste que lo de quemar el libro en la chimenea lo hice por su bien, para que no perdiera del todo la cabeza.

No imaginé que me quedaría sin clientela. Ahora se coloca ufana en el centro del salón, rodeada de residentes que escuchan sus palabras como si las pronunciara el mismísimo Jesucristo. Si les pregunto qué les cuenta, me hablan de unas historias maravillosas que ella asegura haber leído en un libro de tapas azules que había antes en la biblioteca.

16. IA

Cuando se levantó, el ínclito Pelida comprobó que se había convertido en un insecto despreciable que devoraba una jugosa magdalena empapada en una infusión de tila. Aquella guerra había durado demasiado y todo olía a podrido en algún lugar de la Mancha.

15. Jackpot

El cursor parpadeaba en la pantalla. La página del banco tardaba en cargar y Jacinto Potes golpeteaba la tecla enter una y otra vez. Estaba a punto de entrar en pánico cuando, por fin, los dígitos aparecieron, la cuenta corriente estaba en números rojos. Entonces, entró en pánico. Visualizó a un hacker sentado frente al ordenador, bebiendo un refresco con gas y vaciándole su vida desde el otro lado del mundo. Preso de una rabia ciega, abrió el detalle de los movimientos para rastrear al ladrón. Encontró varias transferencias inmediatas, la primera a una casa de apuestas virtuales; las siguientes, al mismo destinatario. Estupefacto, chequeó la firma digital. No había duda, era la suya, un J.P. sin florituras que le recordó el frenesí de unas horas antes, cuando se imaginó millonario.

14. CUÉNTAME UN CUENTO

IMPACIENCIA

—Érase una vez…

—No, mamá, otro, que ese ya me lo has contado.

Cuentos más, mejor

E. Härder Færø

 

 

Desde que mi madre me contaba cuentos siempre quise escribirlos yo, pero me sentía incapaz por mi falta de imaginación. Pronto aprendí las virtudes del plagio, y de mayor lo dominaba tan bien que una historia «original» mía llamó la atención de una famosa actriz con la que acabé rodando algo más que un guion (no revelaré su nombre: un caballero nunca lo haría y además tampoco me iban a creer).

Ahora ya he terminado con la lenta y tediosa reelaboración de originales. La IA es un auténtico descubrimiento. Qué rápido y qué bien escribe el algoritmo. Mejor que mis plagios. Y aunque a veces se equivoca y se repite, Y aunque a veces se equivoca y se repite, ni me molesto en corregirla. Todo le da autenticidad al texto. Es lista la condenada… Si hasta puedes pedirle un relato de doscientas palabras con conceptos aleatorios como «impaciencia», «anagrama», «imaginación», «mentira», «N. Portman», «IA», «metaliteratura», «ironía», «0,7 segundos» y es capaz de generar uno tan coherente que parece imposible que lo haya redactado ella. Y en menos de 0,7 segundos.

13. ELIGE TU PROPIA AVENTURA (Mariángeles Abelli Bonardi)

Estás ante la reja: El jardín de senderos que se bifurcan se abre ante ti. En tu mano hay Un trocito de Cerdeña, esa piedra que aprietas y te hace sentir protegido…

Avanzas con cuidado: Los tramposos Eran viejos conocidos que te dieron desconfianza y prudencia, dos Hábitos inevitables que ahora son parte de ti. Llegas a una encrucijada… ¿Qué dirección tomar? «Un laberinto perdido es algo mágico» – dice Borges en tu mente -. «Es un lugar que se pierde y en el que uno se pierde…»

Perdido por perdido, sigues adelante; no te queda más que avanzar… Buscando el centro, persiguiendo tu Fama diferida, llegas al Final de mito, y entonces, en ese segundo previo a que el Minotauro embista, piensas en ellos, los senderos no tomados, y en esos simultáneos desenlaces donde sigues vivo, recorriendo el laberinto, eligiendo tu propia aventura…

12. LSD ( Fernando García del Carrizo )

Tengo el mejor trabajo del mundo: guionista de sueños. Acorde con mi locura, me ha permitido desarrollar sin límites mi faceta creativa. Historias descabelladas sin ningún sentido donde jugaba con los colores, personajes y sentimientos. Durante años me felicitaron en la empresa por la variedad, riqueza y originalidad de los contenidos. Mis clientes se despertaban encantados y con ganas de contar a sus parejas lo que habían soñado. “ He volado. Di un salto desde una escalera gigante y noté que mi cuerpo flotaba”. Si habían perdido a alguien querido, presentaba a esa persona radiante, generando una alegría inmensa y la posibilidad de despedirse propiamente. A los que se comportaban como cretinos, les inventaba unas pesadillas terribles.

Ahora todo ha cambiado. Me aburro y me faltan ideas, por lo que tiendo a repetir. “ ¡Qué raro, otra vez lo mismo!”. Sin imaginación, recurro a los tópicos: caídas al vacío, salir desnudo a la calle o presentarse a un examen sin preparar. Ya me han dado un toque. O cambio, o a la calle. Un compañero me ha dado la solución para que vuelvan Los Sueños Disparatados. Una pastilla con un nombre raro.

11. Ancha es Castilla (Francisco Javier Igarreta)

Se acercaba el ocaso y, cansado su espíritu, Teresa ya comenzaba a flaquear. Tras unas extenuantes jornadas finalmente tenía ante sus ojos la villa de Consuegra. Apenas divisó su silueta recostada en el cerro, tuvo el pálpito de que aquel sería un lugar propicio para la nueva fundación. Algo le dijo que no era una de aquellas corazonadas que otrora le sobrevenían al amparo de su incansable divagar entre lo divino y humano. Gracias a Dios y a la férrea disciplina carmelitana casi había conseguido domeñar a “la loca de la casa”.

Absorta en tan cruciales consideraciones, de pronto se sintió atraída por el quejumbroso traqueteo de un molino cercano cuyas aspas giraban a merced del viento. Dejando a rebufo del mismo cualquier atisbo de quijotescos desvaríos, tuvo ocasión de columbrar la gigantesca obra que se perfilaba en su mente. Mas, ahora era preciso tener los pies en el suelo. La comitiva del Santo Oficio, con su farfolla y sus antorchas estaba a pocas leguas. Conocedores de sus andanzas seguían de cerca sus pasos. Aquella manera tan suya de entender los dogmas, amén de sus antecedentes familiares, la delataban. A fe que no era santa de su devoción.

10. Regresión

Se sentó y conectó los sensores. Imaginó un paisaje de la infancia y de inmediato apareció en la pantalla uno ideal con reflejos dorados y golondrinas de diseño. Pensó en su escuela, y sin más tuvo ante los ojos los pupitres añosos, la pizarra garabateada, la cara pecosa de Paquito, y hasta los haces de luz con polvo en suspensión donde quedaba absorto hasta que la bronca voz del maestro le golpeaba con la contundencia de lo real. Apenas cruzaba algo por su mente se materializaba sin remedio.

Tuvo esta vez la sensación de estar colonizado por una conciencia ajena y poderosa. ¿Por qué no podía sentir directamente las imágenes?  Necesitaba, plasmar de algún modo sus pensamientos sin intermediarios. Tener la certeza de que sus recuerdos eras suyos y no fruto de un algoritmo traicionero alimentado por millones de píxeles sin alma.

Salió a la calle y recorrió varios comercios. No le fue fácil, pero regresó con una caja de pinturas de palo y unos folios. A media tarde tenía ya el bosquejo de aquella temprana novia de verano. Y a la noche, un dibujo de la primera vez que fue a París.

No eran buenos, pero le parecieron verdaderos.

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