Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

IMAGINACIÓN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA IMAGINACIÓN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA IMAGINACIÓN en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 de JUNIO

Relatos

Cuentos de la corrala

Mientras se abrían las puertas de la Feria, recordó con ternura el bautizo de Clarita: aquella lluvia de caramelos y monedas que, caída de las nubes, sorteaba tendales y relucía sobre el patio cual patrulla de luciérnagas en busca de pareja. Entre risas y empujones, reunió calderilla suficiente para comprarse algunos cromos y un tebeo; pero al llegar la noche y callarse el organillo, se escuchó el inquietante llanto de la pequeña y, al amanecer, una neblina amenazante detuvo el trajín de las galerías. Cuando preguntó por Clarita, respondieron que, como era tan linda y tan buena, se la había llevado el Ángel de la Guarda a vivir al cielo. Alarmada, añadió al ángel a su lista de temores, junto al Sacamantecas y Camuñas. Y, por si acaso, se volvió respondona y desaliñada. Hasta que se mudó a la corrala una chiquilla de mirada distraída que solía invitarla a merendar y a jugar con sus muñecas. Entonces, para no ser menos y porque no tenía más, correspondía contando historias que imaginaba, como la del bautizo de Clarita…

Un cohibido carraspeo la devolvió a la realidad y, bolígrafo en mano, se dispuso a firmar ejemplares de su último libro de cuentos.

57. RESET (Juan Manuel Pérez Torres)

Fue todo un acontecimiento. Estaba datada dos siglos antes.
Cuando abrieron aquella cápsula del tiempo, todas las cosas volvieron a ocupar su espacio. Curiosamente, de la tierra surgieron brotes verdes que poblaron de huertos los arenales. En los cielos se disiparon los nubarrones y lucieron los azules. Las aguas marinas volvieron a mecer sus olas bailando cadenciosamente en la orilla. La fauna y la flora sincronizaron sus tempos con el tic tac del mundo. Los días y las noches se sucedían de nuevo con respeto a los astros y los planetas. Se desconfiguraron los smartphones, se apagaron las tabletas y se colgaron los pecés. Se borró la nube. Simultáneamente, todos los fusiles se encasquillaron y los civiles volvieron a sus quehaceres. Los países eliminaron sus fronteras. Las familias se convocaron.
Y todos los hijos regresaron al amor de sus madres.

 

56. VIOLETA

La profesora de cultura emprendedora encomendó a la clase un trabajo en aras de socavar qué ideas se instalaban en aquellas mentes jóvenes que van a ser el futuro de nuestra sociedad.

Violeta, una de esas alumnas, tiene la imaginación suficiente como para crear un mundo de funkos en el que TikTok e Instagram serían los paisajes vividos, pero obviamente no era un tema a tratar en esta ocasión, así que decidió mirar a su alrededor y saltó la chispa en la cotidianidad sin recurrir a extravagantes ocurrencias intentando rebuscar la más original.

El título del trabajo “PLAN B” y el lema “aprender a vivir también debería enseñarse”. A Violeta le preocupa salir de la rueda educacional con muchos conocimientos teóricos, pero con poca práctica en la vida diaria: «¿Cómo entender una nómina?», «¿cómo arreglar una pequeña avería en el hogar?», «¿cómo enfrentarse a una entrevista de trabajo?», «¿cómo cocinar platos básicos?»…

Lo que no esperaba ella es que su proyecto fuera gratamente acogido por el profesorado, hasta el punto de tener que defenderlo ante un jurado universitario que aplaudió su ingenio y la hizo justa ganadora de la convocatoria.

Violeta y profesora, tándem perfecto y esperanzador.

 

55. Yo de mayor quiero ser… (Rosy Val)

Parloteando y parloteando, así todo el viaje hasta que llegamos a la casa del pueblo. Mónica estaba feliz. Lucía, su más amiga del cole, aceptó encantada pasar el finde con nosotros. 

No se pusieron de acuerdo ni con hambre. Que si nocilla, que si jamón. Que si zumo de naranja o melocotón… ¡Menos mal que son mejores amigas!, nos consolamos. 

Desde el porche oíamos sus risas. De repente, cesaron y una charla subidita de tono, nos obligó a poner la oreja. 

—Pues entonces… seré enfermera para cuidar a niños enfermitos. 

—Pues… yo médico porque operan y todo.

—No, mejor maestra para enseñar a leer y escribir a todos los niños. 

—Pues yo… compraré todo el cole donde trabaja mi papá.

—No, no, mejor cogeré el coche de mi mamá y recogeré a perritos abandonados.

—Pues yo con un camión porque caben más.

Tras un sospechoso silencio, la voz de Mónica sonó fuera de sí:

—¡Pues yo cogeré mi mochila y viajaré por todo el mundo!

—Pues yo cogeré la mía y… 

Lucía no acabó su réplica porque Mónica nos llamó a voz en grito:

—¡Mamá!, ¡papá!, ¡dice Lucía que quiere irse a su casa! ¿Podéis acompañarla a la puerta?

54. Afantasía

—Vamos, chico —se impacientaba el genio—, que no tenemos todo el día.

Pero él no necesitaba nada. Ahora, incluso, disponía de cama propia. Había dejado la deslomante recogida de fruta por un trabajo cómodo en el almacén. Aquí, sentado, solo debía abrillantar un montón de herrumbrosas lámparas de aceite. ¿Por qué narices tuvo que salir el gigantón de una de ellas? Y encima exigiendo no uno, sino dos.

—Ah, ya sé por qué callas —prosiguió todavía envuelto en humo—. Tendré que elegir yo mismo el primero. No hay otro remedio. Ea, concedido. Mañana pedirás el segundo y quedaré libre.

El muchacho pedaleó de vuelta al piso compartido, olvidando en su camino aquel encuentro. Durante la noche ocurrió algo extraño: soñó por primera vez. Al despertar, imaginó que vivía en una mansión. Mientras subía la cuesta sobre la bicicleta de segunda mano, su mente se inundó con lujosos deportivos. Y el salitre del mar entró en sus pulmones desbancando al olor putrefacto de los contenedores callejeros. Con la mirada hirviente, entró en el local buscando al genio hasta encontrarlo.

—Chico, ahora que ya tienes imaginación, ¿cuál es tu último deseo?

—Dejar de tenerla —respondió de inmediato.

53. Borrar la realidad

No supe calibrar el alcance de esa primera decisión, de ese experimento que empezó como un descubrimiento curioso, casi un juego, y acabó convirtiéndose en una pulsión adictiva con consecuencias irreparables. Cuando me hablaron de la aplicación ignoraba que la tenía, pero en cuanto la descubrí empezó mi perdición. Al principio la usaba con fines meramente estéticos pero después lo hacía compulsivamente. Borraba y borraba de las fotos objetos y personas, como un niño que emborrona un dibujo. Un día, viendo fotos de un viaje a París, borré por error un cuadro del Louvre. Escuché en la radio cómo daban la noticia de su desaparición y la conmoción que causó. Saber que lo que yo borraba desaparecía de la realidad me produjo tal borrachera de poder que comencé a hacer fotos de todo lo que me disgustaba. Fotografiaba las noticias y borraba a personajes que detestaba, políticos que hacían la guerra, ciudades destruidas y empobrecidas. Pero se me fue de las manos. El mundo no mejoró y el caos por las desapariciones se desató. Asumo mi craso error y por eso he decidido hacerme un selfie y borrarme. Quizás cuando yo desaparezca se reviertan las demás desapariciones.

52. EL CALOR DE LA LECTURA

Ya no encuentra formas en las nubes como antaño, cuando no dejaba pasar una sin emparejarla con algo o alguien. Parece que los años han secado su imaginación, pues ahora solo percibe la cruda realidad, y donde quiera que dirija la mirada, le invade la tristeza. Recuerda aquellos tiempos en los que todo lo entusiasmaba y se sabía entretener solo, cuando soñaba despierto y pintaba un futuro colorido sin esfuerzo.

Sin ocupación alguna, con fuerzas mermadas y escasas habilidades sociales, descubrió un método para escapar de ese frío baño de realidad que ahogaba su soledad: ir a la biblioteca. Allí, rodeado de jóvenes que estudiaban para forjarse un futuro, tomaba un libro y, en un ambiente de silencio y concentración —y, no menos importante, cómodo y cálido— se sumergía en la lectura, aislándose de su entorno.

Cuando se adentraba en una historia, se dejaba acunar por una imaginación vicaria que lo transportaba a otros mundos, haciéndole olvidar su triste existencia. Quedaba tan absorto que el aviso de cierre siempre lo sobresaltaba, y le costaba entender su entorno al volver de otras civilizaciones, otras épocas u otros ambientes.

51. El lenguaje de las nubes

Miles de lunas surcaron el cielo. El ser humano se adaptó para sobrevivir. Solo utilizaba el índice; el resto de los dedos se había apelmazado en una especie de muñón al que estaba adherido el móvil, como una prolongación natural de la mano. Los individuos interactuaban a través de unas gafas oscuras conectadas a la red. La complejidad del lenguaje, en cualquier idioma, se había simplificado a gruñidos. En función del estado de humor, variaban de intensidad. Cuando se reían, una ruidosa carcajada salía de sus fauces sin dientes porque solo se alimentaban a base de pastillas y comprimidos.

A pesar de todos los satélites que envolvían la Tierra, un enorme meteorito atravesó la estratosfera y fue a caer en el centro del Polo Norte. El impacto se sintió hasta el Polo Sur. La conectividad mundial se apagó. Los niños, tumbados en la playa, esperaban a que los mayores arreglasen el estropicio. Uno señaló una nube con forma de cara barbuda y dos orejotas y consiguió decir entre gruñidos: «Don Jo -sé». Risas infantiles acompañaban las primeras palabras que pronunciaban. «E-le-fan-te», dijo otro. «Mo-no», advirtió otra. Les surgió entonces una desesperada necesidad de usar ese antiguo lenguaje, versión 0.0.

50. Radio de acción

Alicia no puede creer que no vaya a ir al viaje de fin de curso.

—¿Tus padres no te dejan?

A mí me molesta que siempre que no puedo ir a algún sitio, Alicia piense que es culpa de mis padres. Ella sí que tiene un padre pesado. El mío siempre deja a que decida mi madre. No se mete como el suyo que hasta está en la AMPA.

Mi madre nunca me prohíbe que haga cosas, solo me pide que me lo piense bien.

—Imagina que en el viaje de fin de curso te marees en el autobús, como lo hacías en el coche cuando eras pequeña. O imagina que no te dejen compartir habitación con Alicia y que te toque hacerlo con otra que te dé la noche… Tú verás —me dijo. Solo quiere ayudarme a tomar mis propias decisiones.

Cuando se lo quiero explicar, Alicia opina que mi madre tiene demasiada imaginación.

—¡Vaya tontería! ¡Como si tener demasiada imaginación fuese malo! Ya le preguntaremos a la de lengua si…

Pero Alicia no me deja acabar la frase. Se va corriendo hacia la parada del bus escolar. A mí, mi madre me viene a buscar.

49. LA REINA DORMIDA

En su alcoba afronta la reina un largo sueño de crisantemos y cipreses. Debió de quedarse dormida durante mi regreso de la escuela, pues, al besarla, aún noté su rostro tibio. He lamentado, entonces, haberme entretenido buscando con mi lente a los minúsculos habitantes de musgos y líquenes.

Han venido seres de lejos y de cerca a admirar su sueño. La comitiva es tremendamente variopinta. Hay dos trolls del reino al norte y una familia de gnomos aficionada al hojaldre. También ha venido el viejo kraken de Tierra Húmeda, con sus dos sirenas y sus dos tritones. Han aparecido dos elfos silenciosos que, según dicen, son primos míos. Hadas y brujas ocupan las esquinas de los salones circulares, intentando encubrir sus susurros. Solo conozco a algunas. Los grifos mayores están fuera en la calle humeando y una ninfa se ha desmayado por el calor.

Por todo el castillo he buscado el viejo libro de hechizos y embrujos, sin encontrarlo, y comienzo a pensar que nunca existió. Así que regreso al dormitorio a mirarla un rato más.

Todo permanece igual. Papá aún no ha querido tirar las medicinas y su cuerpo, al que le sigue faltando un pecho, parece simplemente dormido.

48. Hombres mapa

Quizá sea por su buena orientación. Por su carácter unidimensional. Por la facilidad con que se pueden plegar. La cuestión es que los hombres mapa son la última moda. «¡Fácil de transportar!», «Si se pone pesado, ¡lo pliegas y listo!». Son algunos de los eslóganes que aparecen en televisión, radio y autobuses a todas horas. Suelen habitar en tiendas de aeropuertos o buzones de rellanos. Y cuando son adquiridos, pasan gran parte del tiempo viviendo en bolsos. Algunas veces, si encuentran un resquicio en una cremallera mal cerrada, los hombres mapa, impulsados por su naturaleza intrépida, huyen lejos del vecindario y ya no se vuelve a saber de ellos. Otras, sin embargo, permanecen allí: entre monederos, juegos de llaves tintineantes y muestras de perfume a la mitad. Hasta que les llega una nueva oportunidad y una mano los libera. Entonces, se despliegan perezosos, oliendo a jazmín, con los cantos mellados. Si tienen suerte, tropiezan con alguien en busca de nuevos rumbos. Los menos afortunados acaban desterrados más allá de las costuras.

47. Interestelar

Desde el interior de la nave gozan de una perspectiva privilegiada. Bólidos fugaces surcan el cielo como una exhalación y todas las gamas de matices cromáticos decoran las auroras boreales que tienen a su alcance. Si cierran los ojos, la música de las esferas los arrulla en un cálido sopor mientras levitan insensibles a las colisiones que jalonan su trayectoria. No les importa nada más. Aunque su cápsula sea un Ford Fiesta mal tuneado y el planeta que orbitan un descampado cubierto de escombros y terraplenes.

Cuando anochezca regresarán a su vehículo, con las luces apagadas para no ser descubiertos, y emprenderán de nuevo su huida tóxica hacia las estrellas.

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